viernes, 22 de mayo de 2020

Capítulo 16: Que Se Vayan Todos


- Nos encontremos en mi oficina, en la calle Callao.
- ¿Seguro, “Marciano”? ¿No habrá mucha gente?
- No, voy a mandar a todos los de mi oficina al tema ése del FreNaPo. ¿Vos venís solo?
- Siempre me muevo solo. No sé qué es eso del FreNaPo.
- Una cosa que armaron contra la pobreza. Juntan firmas para cambiar la política económica...
- Ustedes no aprenden más.
Llegué a las oficinas de Moreau en pocos minutos, porque yo estaba en el Congreso. Allí estaban el presidente de los industriales, el gobernador Ruckauf y Sergio Berni, a quien recordaba como uno de los últimos “carapintadas”, el que se levantó en un regimiento perdido en Santa Cruz. Era casi una remake del grupo Olleros: los mismos nombres buscando derrocar a un presidente radical. Sólo que ahora también había radicales en la mesa. Comenzó la reunión cuando llegó el jefe de Clarín.
- Bueno -comenzó Moreau-, ahora que estamos todos les refresco la situación. Creo que la convertibilidad está enterrando al gobierno, que está emperrado en no moverse de ahí. La situación social explota y habrá que contenerla. Compartimos esta visión con el Doctor Duhalde, que no pudo venir.
- Leopoldo, vamos al grano: ¿qué piensan hacer con las deudas privadas? Nosotros estamos hasta las manos con los créditos en dólares. Me parece bien tocar la convertibilidad si vamos a exportar con mejores precios, pero a la vez nos funde si nos multiplican las deudas.
- Estamos pensando en un esquema en que el Estado garantice la diferencia. Ustedes pagarían la suma en pesos uno a uno, y el Estado compensa a los bancos.
- ¿Pero quién va a firmar eso? El Estado no tiene plata, está fundido...
- Mirá, “Vasco”, eso no es problema. Vamos a emitir lo que haga falta, aunque no tengamos respaldo. Hoy con la ley de convertibilidad no podemos emitir, por eso hay que derogarla. Emitiendo pesos vamos a contener la situación social y generar consumo, y vamos a pagarles con bonos a los bancos.
De Mendiguren, el jefe de los industriales, parecía convencerse. Magnetto preguntó más sobre las deudas en dólares, que parecían obsesionarlo.
- Podemos armar una ley que licúe las deudas, ya veremos cómo. Si lo vendemos como protección de los medios de expresión, o medios culturales, o algo así, no tendremos problemas. El tema es que Cavallo quiere aprobar el presupuesto ya, y me está costando mucho dar vuelta a los legisladores radicales. Vos Carlos me podrías ayudar con los peronistas...
- Me pidió Cavallo que lo acompañe con el presupuesto, ¿cuál es el problema con eso?
- Que es la segunda parte del canje de deuda. Si se aprueba el presupuesto, el Fondo Monetario les dará 45.000 millones de dólares, y con esa plata De la Rua es Gardel...
- Che, pero es mucha plata, ¿no podremos conseguir algo de eso para la industria?
- No, esa plata ya está empeñada con los bancos. Es para calmar a los bancos. No irá un sólo centavo a la industria o a las provincias...
La última frase de Moreau impactó fuertemente en De Mendiguren y en Ruckauf, que se miraron entre ellos. Completó la frase:
- ...y así como está la cosa, vendrán los bancos a comprar todo. Las fábricas, los diarios, todo. Y el próximo presidente es Cavallo. Muchachos, si De la Rua consigue el presupuesto nos quedamos afuera de todo.
Silencio. Hasta que habló Berni.
- ¿Hay algún operativo programado? ¿O hacemos como en el ochenta y nueve?
- Acá el amigo Carré puede ayudar.
Me puse de pie y caminé lentamente alrededor de la mesa. Después de unos segundos me paré detrás de Moreau, rocé el respaldo de su silla y comencé a hablar reanudando la marcha.
- Por lo que veo necesitamos operar en tres ámbitos: el político, el económico y en la calle. No hay que permitir que De la Rua tenga un plan de contingencia. Por ahora sirve que los radicales en el Congreso no lo acompañen, porque así divididos como están, los vamos esmerilando a todos juntos. Pero el peronismo tiene que prometerle apoyo hasta el último momento, así podemos jugar con el factor sorpresa cuando lo dejemos solo. No le prometan hacer todo lo que les pide porque va a oler la trampa: estúpido no es, y menos el “Coti”. Por el lado económico, depende de cuántos actores sumemos. ¿La Sociedad Rural qué va a hacer?
- Acompaña -dijo Moreau-, también necesitan licuar deudas y empezar a exportar.
- Bien, pero deberían haber venido. Les pido total discreción con los operadores financieros, porque ellos tratarán de acompañar al gobierno hasta el final. Está claro que si el gobierno sobrevive ellos se quedarán con la torta, ¿no? Cuando se complique la cosa ustedes les van a ofrecer algún tipo de protección para que no se queden sin depósitos, salvo que lo haga Cavallo antes. Sé que Mingo mandó a traer un especialista en gestión de quiebras del Banco Mundial, hace cuatro meses ya, así que seguramente están previendo el escenario más grave y actuando en consecuencia. Vamos a la calle. Necesitamos que el PJ desde las bases promueva el quilombo, que coordine las protestas. ¿Se podrán armar saqueos de nuevo?
- Claro, si la gente está cagada de hambre. Si alguno en una villa propone ir a reventar un supermercado se van a sumar todos los demás. Yo me puedo encargar de armar la parte logística.
- Gracias Sergio. Los saqueos serán importantes para confundir al gobierno. No lo van a poder resistir. Carlos, vos garantizale a Berni que se pueda mover por la provincia sin problemas. Con que se levanten tres o cuatro puntos del conurbano, y La Plata, el resto va a surgir espontáneamente. Pero también vamos a necesitar que se levante Santa Fe o Rosario, y Córdoba. Don Héctor, vamos a necesitar que cuando comience el operativo ustedes estén ahí con las cámaras prendidas.
- Pero Julio, no podemos aparecer de la nada en un supermercado de barrio, nadie se va a creer que llegamos de casualidad. Un saqueo dura unos pocos minutos...
- Entonces los haremos cerca de autopistas o avenidas, que sea creíble que puedan llegar rápido. Diremos que se filtró información de los piqueteros, o algo así. De paso les echamos la culpa a ellos.
- De avisarle a otros medios me encargo yo. Hablo con “Chupete” y le pido que sus medios nos cubran.
- ¿”Chupete”?
- Manzano, no De la Rúa...
La coincidencia de apodos fue festejada con carcajadas unánimes, como una señal del destino. Me tocó hablar con la gente de Córdoba y Santa Fe, porque presentí que Ruckauf trataría de imponerse sobre De la Sota y Reutemann.
El cordobés asintió entusiasta: no podía disimular la ansiedad por proyectarse a nivel nacional. Reutemann fue parco y cauteloso como en sus años en la Fórmula Uno. Cuando le comenté que Rosario podía ser el escenario de un conflicto creí ver un destello de asentimiento en sus ojos: mientras la bomba les estallara a los socialistas, él miraría para otro lado. Le prometí que la capital de la provincia no tendría muertos. Sospeché que no querría ser parte de esta operación, pero que no impediría a sus subalternos que se integren a nuestro trabajo.
El plan estaba en marcha, y sólo nos quedaba definir el sucesor. Duhalde no podía ser porque había sido derrotado en las elecciones por De la Rua, no podíamos ponernos tan en evidencia. De la Sota se puso insistente porque tenía su propia agenda con los industriales brasileños que no podríamos controlar. Necesitábamos un gobernador carismático, que pudiera exhibir una buena gestión en su provincia, y que pudiéramos manejar con facilidad. Pensé en San Luis, pero Duhalde desconfiaba. Berni propuso a Kirchner, pero nadie conoce Santa Cruz. “Allá manejamos todo”, aseguró; pero a pesar de que trabajábamos juntos desde la dictadura, no parecía un actor confiable.
Después tuve problemas para sacarme de encima a Moreau, que quería usarme para resolver sus rencillas con Nosiglia. Me prometió mil negocios, me prometió la SIDE, llegó a la ridiculez de ofrecerme un ministerio.
- No me rompas las pelotas, “Marciano”, si querés ganarle al “Coti” probá con salir a juntar votos. Y asegurate de que el bloque de diputados y los senadores se mantengan afuera del baile. Si alguno de ellos le da quórum al presidente para el presupuesto, vamos a estar todos en el horno. Otra cosa: ¿el Alfonso está al tanto?
- De algunas cosas, no sabe todo.
- Mejor, ni se te ocurra contarle. A ver si en un ataque de civismo se le da por tratar de salvar a De la Rua.
- Jamás va a intentar salvar a De la Rua.
- Esperemos. Y mientras tanto, seguí con eso del gobierno de salvación, así se comienza a instalar la idea.
El 8 de diciembre los católicos celebran el día de la Virgen. Ese día Cavallo volvió de Washington con la orden de aprobar el presupuesto lo antes posible. Habló con los gobernadores peronistas, que le prometieron su apoyo, y con los dirigentes radicales, que se lo negaron. Duhalde le prometió que la comisión de Hacienda de la Cámara de Diputados convocaría a sesión el 19 para tratar el presupuesto al día siguiente. A cambio logró asistencia financiera para Ruckauf, para que la provincia de Buenos Aires no estallara antes de tiempo. Esto aceleró nuestros tiempos porque queríamos comenzar las operaciones para Navidad, de modo de comenzar el año con otro gobierno. Ya había algunos saqueos esporádicos, pero no eran los nuestros: la situación todavía estaba bajo control del gobierno.
El 18 de diciembre Cavallo comenzó a percibir algo raro, e invitó a almorzar a funcionarios nacionales y legisladores peronistas, junto al funcionario del Fondo que venía a monitorear el programa de financiamiento. Moreau cumplió su parte: se encargó de que el diputado radical Horacio Pernasetti nunca llegara a ese almuerzo. Le inventó un viaje urgente y lo sacó de Buenos Aires.
El ministro comenzó a desesperarse, y al día siguiente pidió almorzar con los radicales, pero sólo fueron los jefes de diputados y senadores, Jesús Rodríguez y Raúl Baglini. Rodríguez le dijo que el gobierno no podía continuar, porque no tenía el apoyo de ningún partido con poder parlamentario, ni del pueblo, ni de las fuerzas armadas. “Están en bolas, Mingo, se van a tener que ir.”
Contra todos los pronósticos el gobierno logró abrir la comisión de Hacienda en Diputados con los legisladores peronistas y del partido de Cavallo. Pero los radicales habían vaciado la comisión y festejaban en La Biela, con los industriales, el fin de la Convertibilidad. No habría presupuesto del gobierno.
El ministro de Economía irrumpió furioso en el despacho del presidente, que lo invitó a participar en una reunión con Pernasetti, que había vuelto de su viaje sorpresivo. Estaban en el despacho Alfonsín y el Senador Carlos Maestro. Los visitantes le plantearon que el gabinete entero debía renunciar. Alcancé a ver la cara descompuesta de Cavallo a través de una de las cámaras de seguridad, que había hackeado.
En ese momento intercepté una comunicación del Secretario de Seguridad. Enrique Mathov intentaba ordenarle a la policía federal que mantuviera el orden, que no permitiera que los manifestantes llegaran hasta la Casa Rosada y que evitaran saqueos en la Plaza de Mayo. Silencié por un momento su voz, que se parecía a la mía, y después grité “son extremistas y están armados, ¿me oye? Son los del movimiento todos por la patria; repito: son extremistas y están armados. Actúe en consecuencia, ¿me oye?” Luego restablecí la comunicación, en el momento en que Mathov le decía a Santos, el jefe de la policía, que seguiría en contacto y que obrara con prudencia.
El Comisario Santos tenía un hermano policía que había muerto en el intento de copamiento del cuartel de La Tablada, diez años atrás. Fue acribillado por militantes del Movimiento Todos por la Patria cuando se bajaba de su patrullero, sin siquiera alcanzar a desenfundar su arma. Yo sabía que la mención del MTP bastaría para desequilibrar a Santos. Mientras tanto, el Secretario de Seguridad de la Provincia de Buenos Aires había equipado dos grupos de la policía bonaerense con uniformes y armas de la Federal, que era la única fuerza que podía intervenir en el conflicto. Ese día se limitaron mayormente a apalear a los manifestantes, y la situación comenzó a estallar en todo el país. Comenzaron nuestros saqueos con una precisión suiza: Berni y Ruckauf habían hecho un buen trabajo.
Cuando cayó la noche De la Rua ordenó el estado de sitio y habló por la cadena nacional de radio y televisión, impostando una seguridad y autoridad que no tenía. Y nunca tuvo. La reacción fue un cacerolazo espontáneo, que nunca logramos saber de dónde surgió. Esas cosas nunca se generan solas, pero lo cierto es que antes de terminar el discurso del presidente ya había gente golpeando las cacerolas. Los medios que cubrían el discurso saltaron sin solución de continuidad a los “caceroleros”, y en unos minutos el país entero se plegó a la protesta.
Cuando llegué a casa, muy tarde esa noche, encontré una olla vieja completamente abollada, y un cucharón vencido por el esfuerzo. Si la protesta llegó hasta el Le Parc, hasta mi propia casa, significaba que todo había salido como estaba planeado. Sólo que De la Rua no renunciaba.
A la mañana siguiente los gobernadores peronistas se atrincheraron en La Rioja, para analizar sus pasos. De la Rua envió a un suplicante Chrystian Colombo para persuadirlos de que volvieran a Buenos Aires y compartieran la hecatombe con él. Prometió un cogobierno, y llegó a ofrecer ministerios como si fueran caramelos. La situación me recordó a cuando llegó Terragno a avisarnos que Alfonsín renunciaría a la presidencia antes de lo que esperábamos, sólo que ahora podíamos devolver esa afrenta con nuestra propia negativa. Estábamos en el mismo salón que diez años atrás, varios gobernadores lo sabían y lo recordaban, pero no Colombo, que fue agotando sus recursos, promesas y presiones.
Reutemann estuvo a punto de flaquear. Hice una llamada telefónica y segundos más tarde el avión de la gobernación de Santa Fe estallaba en llamas. El santafesino intentaba negociar un ministerio con Colombo cuando lo llamó su custodia para avisarle del atentado. Lívido, se levantó de la mesa y miró a los contertulios, tratando de adivinar quién habría sido el responsable de la voladura de su avión.
- Me va a tener que llevar a Santa Fe alguno de ustedes. Me acaban de incendiar el avión...
No hizo falta explicitar el significado de ese ataque ni de identificar a su autor. Los gobernadores comenzaron a mirarse entre ellos recelosos y asustados. Colombo comprendió que ninguno de ellos osaría salir siquiera de ese salón. Cuando llegó al aeropuerto riojano para volver a Buenos Aires con las manos vacías los bomberos terminaban de apagar lo que quedaba del avión de Reutemann. No era lo único que ardía.
Desde el día anterior los saqueos ocupaban todos los medios y ya había un par de muertes en las provincias: algún policía desmadrado, algún comerciante intentando evitar el saqueo. Desde la mañana la represión había aumentado en violencia y extensión, y en todas las provincias las masas hambreadas seguían a los punteros peronistas hacia algún supermercado ante la impavidez de las policías. Los medios comenzaron a mostrar el inicio mismo de los saqueos: no comenzaban hasta que llegara la prensa.
Berni era torpe pero el efecto fue dramático y eficaz. La imagen de un lumpen del conurbano llevándose un arbolito de Navidad recorrería el mundo, al igual que la de un coreano o chino que lloraba desesperado frente a los restos de su negocio. Lloraba, y balbuceaba en coreano, o en chino. No hacía falta entender sus palabras.
Esa misma tarde renunció Cavallo, quien tuvo que salir disfrazado de su casa en Belgrano porque cientos de manifestantes golpeaban sus cacerolas en su vereda. La renuncia no calmó a nadie, y en cambio alimentó la idea de que el gobierno estaba cayendo. Caían también las personas en la Plaza de Mayo, baleadas por los hombres que había infiltrado Juanjo Álvarez con uniformes de la Federal. La violencia salió de control y los policías a caballo comenzaron a cargar contra los manifestantes que protestaban pacíficamente sentados en el suelo, incluyendo a familias con niños y hasta a las Madres de Plaza de Mayo. Cada vez más gente salía a las calles y los grupos de izquierda se mostraban más violentos, respondiendo con piedras y palos a las balas de goma y los gases de la policía.
Detectamos un grupo de activistas de organizaciones barriales que venían complicando a los punteros peronistas con denuncias sobre el ingreso de drogas baratas en el conurbano. Los hombres de Álvarez se ensañaron con ellos: secuestraron tres o cuatro, los llevaron a unas Traffic de la Federal y los torturaron hasta matarlos. Cuando la cuenta de cadáveres en la plaza llegó a los 50, nos avisaron que De la Rua estaba firmando su renuncia. En ese momento dimos la orden de aliviar la represión.
El presidente apareció por cadena nacional otra vez, anunciando su renuncia para pacificar el país, acusando al peronismo de no colaborar con el gobierno para superar la crisis pero sin tener el coraje para denunciar lo que era tan evidente que hasta un radical se daría cuenta: estaba viviendo un golpe de estado. Poca gente vio ese discurso por televisión, estaba todo el mundo en la calle. Cuando se vio despegar al helicóptero de la Presidencia todo el mundo pareció comprender que De la Rua se iba de la Casa Rosada para siempre. En pocos minutos comenzó a reinar la paz. La violencia ahora ya no era necesaria.
Pactamos con Alfonsín que nunca se conocería la cifra real de muertos, a cambio de que apoyaran sin dobleces lo que propusiera Duhalde. Moreau se enfureció tanto por la cantidad de muertos como por el consejo de quedarse callados.
- ¿Vos me estás amenazando?
- No “Marciano”. Te estoy explicando por qué a tu jefe no le conviene sacar los pies del plato. Ustedes querían sacar a De la Rua, ¿no? Bueno, ahí tienen.
- ¡Pero eso no implicaba la matanza que hicieron!
- No me hagas escenitas que estamos grandes y vos no venís de una guardería. ¿Cómo creías que iba a ser, como una pelea de comité? ¿Vos te olvidás que me pediste que te ayude a bajarlo a “Chupete”? Vos me viniste a buscar, vos me llevaste a tu oficina y vos tenías bien atado el paquete para tus socios. Yo organicé el trabajo sucio nada más, pero el negocio político es tuyo. Hacete cargo. Y no me rompas las pelotas porque voy a mostrar mis filmaciones en cada comité radical de la Argentina, y después en cada escuela. Y en cada juzgado.
- ¿Qué filmaciones? ¿De qué mierda estás hablando?
Cuando salí de esa oficina todavía había gente que corría por Callao, entre las cubiertas quemadas y los cascotes. Moreau ya estaba pálido y temblaba.
La ley establecía que ante la renuncia del presidente y el vice, el presidente provisorio del Senado debía asumir la Presidencia. Apenas asumió su banca el senador por Misiones, Ramón Puerta, lo convertimos en el Presidente Provisional del Senado. Era el candidato perfecto, porque sus intereses económicos en la provincia y sus cuestionadas preferencias sexuales lo hacían manejable. Su amistad íntima con Mauricio Macri permitía anudar un eslabón más en nuestra cadena. Once días después de asumir como Senador quedaba a cargo del Ejecutivo.
Ramón Puerta convocó de inmediato a la asamblea legislativa que debía elegir a quien continuara el período iniciado por De la Rua, pero en esas pocas horas de descontrol absoluto tuve acceso a los archivos más íntimos de la SIDE y la inteligencia naval. Antes de ir a la asamblea que elegiría a Rodríguez Saá encontré, casi de casualidad, el legajo con mi nombre original. Listaba la razón de mi detención, mi paso por la ESMA, por el Centro Piloto, y mi retorno a Argentina previo paso por México.
Comprobé que en aquél invierno de 1977 no había sido entregado por Adriana, que era agente de la Marina infiltrada en Montoneros. Supe, con cierto asco, que Adriana en realidad huía de los Montos, que habían descubierto su filiación y querían matarla, y que habían sido ellos quienes me habían entregado a la Marina para vengarse de ella. No encontré su legajo, pero tampoco descansaría hasta obtenerlo. En la cocinita de mi monoambiente de Belgrano quemé todos los archivos vinculados a mis actividades, las de Corcho y los bienes de Roxi. Éramos, ahora, más fantasmas que nunca- No llegué a tiempo a la Asamblea.
Rodríguez Saá asumió con toda la pompa y la fanfarria de un líder providencial. Anunció en su discurso que suspendería el pago de la deuda externa, ante la algarabía de los mismos legisladores que solamente una semana antes habían ofrecido el país como un banquete ante el Fondo Monetario. La escena era delirante: senadores y diputados revoleaban sus sacos cantando la marcha peronista y festejaban el fin de una política que los había alimentado en los últimos doce años.
- Cabezón, el Adolfo nos cagó. Cerró con los españoles.
- ¿Qué decís, Carré?
- Se acaba de reunir con Felipe González, y le prometió que la convertibilidad no se toca. Que al salvataje económico lo va a hacer él a favor de los bancos.
- ¿Pero, de dónde sacaste eso? Quedamos en otra cosa con el Adolfo...
- No importa en qué quedamos, ni de dónde sale mi información. Te digo que se cerró un acuerdo y ahora los españoles le están armando el plan económico. Eso que dijo en la asamblea, de mantener el uno a uno y crear otra moneda era cierto, no era para la galería. Si devalúa, las empresas españolas pierden rentabilidad en Argentina, que es el único lugar del mundo desde donde mandan remesas en dólares. Se les caen los bancos, Telefónica, Repsol, se les cae todo. Quieren esas monedas o bonos para contener la situación mientras se siguen llevando los dólares. Le prometieron mucha plata para sortear la presión del Fondo.
- ¡Pero es un tarado!
- No. Es un hijo de puta. Nos usó de forros, esto ya lo tenía cocinado. Lo tenemos que voltear urgente o se nos cae todo. Si este tipo dura un mes, se convierte en el mesías de Argentina. O el nuevo virrey de España. En cualquier caso, nos deja afuera de todo.
- Sos un pelotudo, Carré, te dije que el Adolfo me daba mala espina...
- Sí. Es cierto. Yo traje al loco y yo me lo llevo. Necesito que armemos urgente al grupo con los gobernadores.
- ¿Con qué motivo, si el tipo viene prometiendo el oro y el moro a todo el mundo?
- Cayó muy mal lo de los bonos. Y piensa nombrar como ministros a “Chupete” Manzano y a Carlos Grosso.
- ¡Pero son impresentables ésos dos!
- Está tan infatuado que cree que la gente le va a dejar pasar todo. Yo le dibujé una encuesta que le da imagen altísima, quiero que crea que le van a permitir hacer cualquier estupidez. Si hasta las Madres de Plaza de Mayo fueron a abrazarlo como si fuera Camilo Cienfuegos... Por otra parte tenemos que armarle cacerolazos ya. Yo ya arreglé con Magnetto que apenas nombre a Manzano y a Grosso largamos con las cacerolas. Ya está armando informes sobre estos dos tipos y los desastres que hicieron. Yo mismo le di la información.
- Mirá Carré, espero que te estés equivocando. Y si no, que todo lo que decís funcione.
- Yo espero lo mismo, Eduardo.
El nombramiento de estos dos tipos fue indigerible para los que habían querido ver en Rodríguez Saá a un tipo distinto. Quedó claro que más allá del discurso demagógico, representaba a lo peor de la política. Magnetto cumplió su parte, y apenas asumió la caterva de corruptos que integraba ese gabinete, comenzaron las críticas de los periodistas y los formadores de opinión. A los pocos minutos la televisión insistía sobre el pasado de cada uno de ellos y sus cuentas pendientes con la Justicia. Previsiblemente, a poco de terminar el discurso del presidente se empezaron a sonar las cacerolas. Nuevamente.
El 26 de diciembre llegó el ministro de Relaciones Exteriores de España directamente para presionar al nuevo presidente. Ante cierta demora para implementar nuevos ajustes, dos días más tarde el funcionario español apareció en todos los medios amenazando al gobierno argentino para el caso de que osara cambiar las reglas del juego. Rodríguez Saá reaccionó a las presiones, haciendo casi todo lo que los españoles le pedían. En su carrera contra el tiempo el nuevo presidente había prometido demasiadas cosas que no podía cumplir, algunas de ellas directamente contradictorias entre sí.
El 28, cuando se conoció el nombramiento de Manzano y Grosso los cacerolazos volvieron a resonar con más fuerza que nunca, y el presidente comenzó a sospecharse rodeado. Desalojó la Plaza de Mayo de los manifestantes que estaban allí, y esta vez el operativo fue incruento porque no tuvimos tiempo de organizar ninguna operación. De todos modos no fue necesario: al día siguiente renunciaron todos sus ministros. Desesperado, el presidente convocó a los gobernadores peronistas a una reunión de urgencia en la residencia presidencial de verano, en la localidad de Chapadmalal. Apenas logró reunir un par de gobernadores, y el cordobés fue directamente a increparlo para que renuncie a la presidencia. Pero Rodríguez Saá no cedía, y mi paciencia se agotaba.
La mañana del 30 de diciembre llegué a San Luis. Entré a la residencia fortificada de los Rodríguez Saá con las tarjetas magnéticas y las órdenes fraguadas que había elaborado durante el vuelo. La habitación de su hijo estaba a oscuras, se escuchaba solamente la respiración pesada del muchacho. Esperé hasta las once, y le puse suavemente una mano en el hombro.
- Flaco, despertáte, me manda tu viejo a buscarte.
- ...
Entreabrí las persianas sólo lo suficiente como para que se filtraran algunos rayos de luz.
- Vamos loco, tenemos que ir a Chapadmalal, tu papá te necesita ahí con él.
- ¿Eh? ¿Qué le pasó a mi viejo?
- Nada, chango. Necesita que lo ayudes urgente. Vamos, arriba. Te espero en el comedor.
El personal de servicio estaba anonadado. Al principio por mi soltura para desenvolverme en esa casa desactivando la parafernalia de seguridad, luego, al constatar que ningún teléfono de la casa funcionaba, y finalmente al enterarse de que mi Beretta estaba cargada y plenamente operativa. Diez minutos más tarde el chico bajó al comedor, con el rostro aún abotagado por el sueño.
- Vamos en mi auto, ése que está ahí.
Minutos después nos desviamos del camino al aeropuerto, y entramos en una fábrica que le pertenecía a la familia. El chico notó, extrañado, que estaba vacía. Entramos a la sala de reuniones, donde habíamos instalado una cámara de video escondida entre biblioratos vacíos.
- Me parece que mejor le avisás que estamos yendo, ¿lo querés llamar desde tu teléfono, o usamos el mío?
- No, dejá, uso el mío.
La cámara comenzó a registrar en el mismo momento en que el chico marcó el número de teléfono de su padre, el Presidente de la Nación. Del otro lado el hombre ingresaba al microcine del complejo presidencial, en el momento en que se encendía la pantalla y su teléfono comenzaba a vibrar.
- Hola, ¿viejo?
- Hijo, ¿qué hacés ahí, dónde estás?
- Estoy acá, en la fábrica. Me vino a buscar un amigo tuyo...-me miró- ¿cómo me dijo que se llamaba?
- Garrido, me llamo Garrido. De Córdoba.
- Tu amigo Garrido, de Córdoba. Ya estamos yendo para allá, ¿vos estás bien?, ¿está todo bien?
Lo que el muchacho no podía ver es que mientras hablaba con su padre yo le apuntaba discretamente a la cabeza. Desde donde yo estaba ubicado sabía que el presidente no me podía ver la cara. Tan sólo mi mano, apuntando con la Beretta a su hijo. A la cabeza de su hijo.
- Quedáte tranquilo hijo, yo estoy renunciando a la presidencia y vuelvo a San Luis. Voy a grabar allá el discurso de renuncia.
En ese momento guardé el arma.
- Se suspendió el viaje, flaco, te llevo a tu casa nomás.
- Bueno señor, muchas gracias.
Dejé al chico en el camino de ingreso, y debió presentir algo raro cuando los empleados corrieron a abrazarlo, desesperados, como cuando se recibe de vuelta a alguien que ha regresado de la muerte. Cuando se dio vuelta para mirar mi auto, recién entonces notó que no tenía patentes. Le parecía igual al Peugeot 405 que tenía su tío, pero sin las patentes. Nunca recordaría que tenía un raspón, el mismo raspón, casi invisible, en la puerta del acompañante; pero las cosas cotidianas son así: se nos vuelven invisibles.
Dejé San Luis con un calor abrasador, y llegué a Buenos Aires con el mismo calor, agravado por la humedad agobiante de la siesta de verano. En el momento en que subía a mi Mercedes alcancé a ver a la comitiva presidencial que se atropellaba para subir al avión de la Gobernación de San Luis. El Adolfo iba demacrado, y podría jurar que incluso estaba pálido. Esperé a que la avioneta de los puntanos despegara, y llamé a Duhalde.
- Ya está Eduardo, avísale a Camaño que vaya sacando el traje porque tendrá que convocar a otra asamblea.
- ¿Qué pasó, Carré?
- Esta noche, o mañana a más tardar, renuncia el Adolfo.
- ¿Qué pasó, qué hiciste?
- No importa, Cabezón. Lo persuadí. Te dije que el que trajo el loco, se lo tiene que llevar. Y cumplí.
- Espero que esta vez funcione...
- Va a funcionar. Ahora nos pongamos a juntar porotos para la asamblea. Vas a ser presidente, Eduardo.
Llegué a casa a darme una ducha y cambiarme. A las seis de la tarde lo llamé a Moreau.
- Va a renunciar el Adolfo. Quiero que en la asamblea, que será mañana o pasado, los radicales voten todos al Cabezón. Pero todos, ¿eh? No quiero sorpresas. Y me lo convencés al “Chacho” para que los del Frepaso también acompañen.
- ¿Pero vos te volviste loco? ¿Sabés cuánto hace que no hablo con “Chacho”?
- Hace quince minutos, “Marciano”, lo llamaste desde tu oficina. Hablaron once minutos.
Me reuní con Magnetto y De Mendiguren para acordar cómo se difundiría la noticia y cuál sería la línea editorial en ese momento y al día siguiente. Y necesitaba a los industriales, a la Sociedad Rural y a la CGT acompañando a Duhalde en su juramento.
Esa noche vino Corcho a cenar, y después de acostar a Esperanza y de que Robbie saliera con sus amigos propuse tomar un champagne en el balcón. Llevé hasta allí el televisor del living, un aparato enorme y chato que había traído de Miami. Mientras les comentaba algunas cosas sin importancia comenzó a transmitir la cadena nacional de radio y televisión. Rodríguez Saá, aún demacrado y con el mismo traje que tenía puesto a la mañana, anunciaba su renuncia a la Presidencia de la Nación, acusaba al gobernador cordobés de impedirle concretar los apoyos necesarios y prometía retornar al poder algún día. Algún día.
Dedicamos el día siguiente a confirmar los apoyos de todo el peronismo, porque algunos querían alterar el acuerdo que habíamos logrado para terminar el mandato en el 2003, y que la asamblea legislativa convocara a elecciones de inmediato. Al gobernador de Córdoba le mostré algunas fotos suyas celebrando junto a personajes que decoraban las paredes de Interpol. Entendió que había más, y firmó la declaración de apoyo. El resto de los gobernadores rebeldes entendió que no tenían más margen para intentar nada: firmaron todos.
Llegué a Buenos Aires a tiempo para ayudar a Roxi a armar la mesa para la cena de fin de año. Cenamos con mis suegros y con Cristóbal López, que en un momento de la cena quiso persuadirme de que la asamblea legislativa debía votar a un gobernador joven, a una cara nueva de la política, a un tipo que pudiera mostrar buena capacidad para gestionar.
- Todavía no, Cristóbal. Van a tener que esperar un poco. Hoy el único que maneja este quilombo es el Cabezón. Va a ser presidente y va a apagar el incendio. Después veremos.
Salimos a ver los fuegos artificiales, que fueron pocos esa noche. En demasiados lugares de Argentina aún se lloraba a la gente que había muerto en estos últimos días, y la angustia era una presencia tan palpable como este pesado aliento del río, caliente y ligeramente fétido. Creo que nadie lo había querido, pero ése era el costo de la política real.
De todos modos éramos optimistas, porque la hecatombe de estas dos semanas le liberaba las manos a quien se atreviera a conducir este país. El único que podía hacerlo, porque tenía las llaves de todas las puertas del infierno, era Duhalde. También tenía las del purgatorio. Y si de algo estaba completamente seguro, es de que en Argentina no existía algo así como el cielo, porque siempre aparecería en algún momento alguien con las manos llenas de banderitas manchadas de sangre. Siempre aparecería alguien para arruinar la película.
A veces, algunos de sus protagonistas escapan al libreto que tenían asignado, y entonces uno debe improvisar para salvar el relato. Poco antes de la renuncia de Rodríguez Saá el senador Ramón Puerta renunció, precavido, a la presidencia provisoria del Senado, que quedaba acéfalo. Según la ley, correspondía que lo reemplazara el presidente de la Cámara de Diputados, Eduardo Camaño. Puerta había intentado algún requiebro durante el interinato del puntano, y me enteré de que estuvo presente en la reunión con los españoles. Aún más, fue él quien intentó convencer a los gobernadores para que apoyaran a Rodríguez Saá en cualquier aventura. Era un quintacolumnista. Hasta que le hice llegar un par de fotos, y decidió apartarse del juego. Pero eso había ocurrido el día antes de mi viaje a San Luis, es decir, décadas atrás.
Despertamos con un poco de resaca, pero aun así fuimos a almorzar con mi familia a una parrilla en el Tigre. Aprovechamos el paseo para dar una vuelta por Nordelta, donde mi familia no sabía que había comprado un terreno. Quedaron fascinados con el lugar, y les propuse que tuviéramos una casa de fin de semana. Roxi estaba encantada con la idea. Aparte, sería importante contar con otro espacio reservado para las reuniones que tendríamos en esta etapa. Escuchamos por la radio que la Asamblea había sido convocada para el día siguiente, y al regreso me acerqué hasta la oficina de Duhalde para entregarle la nota que me había firmado De la Sota unos pocos días antes.
- No sé qué hiciste, pero el Gallego está enfurecido.
- No importa, Cabezón. Que se enoje. Vos ya tenés su compromiso firmado, y si algún cordobés quiere sacar los pies del plato los corremos con esa nota. Ahora hablemos de negocios. Quiero que trabajemos juntos.
- Vos dirás...
- Quiero volver a traer cosas. Decíme vos dónde no me meto, y lo voy a respetar. Pero esto se está llenando de mexicanos y colombianos, y ellos se la están llevando toda. Aparte vamos a necesitar armar caja para disciplinar a los gobernadores, porque la caja del Estado está fundida. De paso, hay varios de ellos que se están cortando solos.
- Estoy de acuerdo, pero ¿por qué creés que voy a darte participación?
- Porque sólo no vas a poder manejarlo todo, y se te van a abrir mil fisuras, y en seis meses tendrás a los tres o cuatro gobernadores del norte asociados para mejicanearte, y con operaciones para bajarte de un hondazo. Todo eso mientras necesitás a esos gobernadores y sus senadores y diputados. Alguien tendrá que manejar eso por vos, mientras vos gobernás.
- Vos sabrás que esto no se comparte...
- No te pido que me compartas nada, te pido que me dejes entrar donde vos no manejes. Y yo te ayudo con la logística del resto. No pisarnos el negocio del otro. Es más, vos seguí con lo que vos entrás, yo quiero fabricar otra cosa más barata.
- Oí algo, pero en esa no me quiero meter.
- Ya sé. Por eso me meto yo. Yo armo las cocinas y tu gente reparte. Y vamos a medias.
Duhalde lo pensó un poco. La idea de tener que enfrentar al resto de los peronistas sin la chequera de un estado solvente lo angustiaba. Pero si podía contar con un flujo regular de fondos para pagar la fidelidad de los punteros, y además asegurarse el control del territorio, entonces no habría mayores problemas para mantenerlos a raya. El Congreso estaría domesticado, la Iglesia adentro y mirando para otro lado, los medios apoyando lo que sea y los poderes fácticos decididamente comprometidos con él. Nada podía salir mal.
- Dale para adelante. Pero con cuidado.
Volví a cenar a casa. El año comenzaba auspicioso. Esa noche le pedí a Roxi que se encargara del proyecto de una casa en Nordelta, porque pronto tendríamos un lote. Mi suegra estaba encantada con la idea de tener plantas para ella. Corcho disfrutaba la idea de tener una quinta tan cerca de Buenos Aires, porque se estaba aburriendo de Uruguay. Por lo demás, su exilio ya tampoco era necesario, porque nadie lo buscaba ni quedaban registros de sus negocios. Finalmente, le daba la excusa perfecta para comprarse un yate. Con ciertas instrucciones, nos podríamos asegurar de que nadie lo molestaría para navegar entre Punta del Este o Montevideo, y Nordelta.
Duhalde asumió la presidencia el 2 de enero de 2002. No hubo desfiles ni celebraciones, era más bien el momento de comenzar a encarrilar el país en algún rumbo plausible. Apuntábamos a una recuperación rápida para buscar la reelección en octubre del año siguiente. Teníamos veintidós meses para acumular el poder necesario, Duhalde solamente quería reivindicarse en las urnas. No había nadie más en el tablero de juego. Estábamos solos, listos para jugar.

Capítulo 17: De Frente a la Tormenta


Mi suegra no quería volver a Punta del Este ni a La Pedrera. Las playas uruguayas le traerían el recuerdo amargo de mi suegro, fracturado por la tristeza y resentido con la vida, con su mente enajenada por el dolor y el Alzheimer. Tampoco queríamos ir a Pinamar, donde los políticos iban a posar como modelos en celo para justificar el salario de los periodistas. De todos modos no queríamos permanecer en Argentina, y tampoco queríamos sumergirnos en esa ficción empobrecida en que se habían transformado las playas brasileñas. Roxy encontró una oferta para ir a la isla Margarita, y allí fuimos con los chicos y mi suegra. Corcho se sumaría más tarde, porque estaba haciendo negocios no muy lejos de allí.
Nos quedamos en Argentina hasta el 3 de enero: en esos días se anunciaría la salida de la convertibilidad y yo no tenía ningún interés en estar presente en ese momento. Algunos lo celebrarían, otros harían sus cálculos, para la mayor parte de la gente significaba un miedo espantoso: asomarse a otra espiral de inflación.
Me llamó la atención encontrarme en el aeropuerto a Alicia Castro, una mujer que había llegado a ser diputada después de su paso como líder del gremio de las azafatas. Ella no me reconoció, estaba conversando con un grupo de venezolanos.
Subimos al avión casi juntos, y la intuición me dictó que debía prestar atención a ese grupo. A los pocos minutos ella hablaba del presidente Hugo Chávez con una familiaridad extraña para una diputada extranjera, y los hombres que la rodeaban la trataban con deferencia, como si fuera un personaje importante también para ellos. No pude seguir prestando atención porque Esperanza comenzó a llorar y Robbie estaba inquieto también. La mujer se quedó en Caracas, nosotros seguimos nuestras vacaciones.
Al tercer día de nuestra estadía llegó Corcho, que se alojó en una cabaña pegada a la nuestra. Por delicadeza no había traído ninguna amiguita, pero no tardaría en dedicar las noches a perseguir a jovencitas ávidas de diversión y cocaína. Durante el día se reunía con tipos que llegaban al hotel con guardaespaldas de traje negro, y cuando se desocupaba jugaba al fútbol con mi hijo en la playa. No me gustaba que mezclara sus negocios con mi familia.
- Estos ñatos son los que fabrican la pasta base. Están buscando por dónde entrar a la Argentina. ¿Vos no estabas buscando algo así?
- No sé qué es eso de la pasta base, pero con más razón, no los mezcles con mi hijo...
- Son los residuos de la merca, que se cortan y se mezclan con otras cosas. El saque es muy barato, lo podés vender a uno o dos pesos. Si agarramos, en dos meses nos quedamos con el mercado en el conurbano y capital, y en cuatro lo manejamos en todo el país.
- No quiero quilombos con nadie, Corcho.
- No vas a tener quilombos, porque no te metés en el mercado de nadie. El que toma merca o pastillas no comprará esto, y el que fuma, menos. Esto va a un mercado en el que no había nada, o merca muy cortada. Y esto es mucho mejor, más potente y más barato. Y como no se usan los precursores de la merca, es más fácil fabricarlo. Los precursores ahora están carísimos porque los quiere controlar la DEA.
- Ahá...
- Si vos querés, ahora nos traemos un par de kilos y vemos qué onda. Con eso tiramos para fabricar un montón de “paco”. De la venta me encargo yo.
- Estás loco, Corcho, ¿vos creés que voy a meter dos kilos de merca con mi familia?
- No Roger, no entendés. Garantizame que nadie me va a mirar cuando entre a Ezeiza y listo, yo me encargo. Si podés arreglar eso, con una llamada ya tengo todo listo. Pero después vamos a necesitar otras cosas...
- ¿Qué cosas?
- ¿Vos me podés conseguir pasaporte diplomático? ¿O valija diplomática, al menos? No necesitamos más que uno o dos viajes por mes para venir a comprar la base. Con una valija alcanza.
- Estás loco. Pero te puedo conseguir una valija.
Volvimos a Buenos Aires hacia fines de enero. Discretamente me encargué de que Corcho tuviera pasaporte y valija consular con un nombre supuesto. Un mes más tarde me anunciaba que tenía ya dos “cocinas” en la Villa 31 y otra en Lugano. Por cada dólar invertido ganaba ocho, descontando los costos de pasajes, los sueldos de los tipos que trabajaban para Corcho y el porcentaje para la policía federal. No hacía falta siquiera contratar matones privados para sacar la base de Ezeiza y llevarla a las villas: de la distribución se hacían cargo los patrulleros, como siempre.
En esos meses reservé una parte de mis ingresos para seguir comprando inmuebles a precio de saldo: la crisis había terminado de fracturar a miles de endeudados que eran ejecutados por los bancos, que a su vez intentaban salvar del naufragio lo que quedara. Compraba tres o cuatro departamentos o negocios por semana; muchos de ellos seguían deshabitados, pero los gastos eran cubiertos por los que sí tenían inquilinos. Con el remanente engrosaba el fondo con el que compraba más departamentos. El negocio de ropa para bebés que había iniciado Claudia seguía sobreviviendo, pero más que nada por la cantidad de fondos que yo le inyectaba, igual que la cadena de heladerías de Roxi: no eran más que un lavadero cada vez más chico para todo lo que teníamos que lavar en Argentina.
Por lo demás, no podía imaginar de dónde sacarían nuestros clientes el dinero para las drogas baratas que les vendíamos, pero tuvimos éxito casi desde que comenzamos a filtrarlas en las villas. Lo sabríamos poco tiempo después, cuando comprobamos que la masa de pobres había iniciado una revolución silenciosa y a mano armada. La explosión de robos violentos aún en barrios que habían sido tranquilos empezaba a ser preocupante. Me acordé de los chicos que había visto en la comisaría de Liniers cuando entraron a robar a mis suegros. Esos chicos estarían ahora revolviendo basura para encontrar algo para comer, o estarían aprendiendo el oficio de “salir de fierro” para sobrevivir.
En esos días el gobierno enfrentaba la presión de los norteamericanos, que querían ejecutar las deudas de varios grupos económicos pero las leyes dejadas por Cavallo se lo impedían. Nos pedían que derogáramos esa protección, porque de otro modo no ingresaría un centavo más a la Argentina. Sabíamos que esa amenaza estaba acompañada de otra, apenas sugerida, que involucraba a la DEA y el tráfico en la frontera con Paraguay y Brasil. Para nosotros era un disparo en la sien. Pero tampoco resultaba fácil aprobar lo que querían.
Logramos persuadir a los radicales, pero gran parte del Frepaso (o de lo que quedaba de ellos) se oponía con virulencia a favorecer a los bancos americanos. Finalmente llegamos a una mayoría abrumadora, pero lo que debió ser una victoria discreta y silenciosa se convirtió en un espectáculo grotesco. Alicia Castro, la diputada a la que había visto meses antes en un avión a Venezuela, se levantó de su banca para depositar una bandera norteamericana en el escritorio del presidente de la Cámara de Diputados, ante los ojos atónitos de sus colegas. Dijo que ya que el Congreso era una mera escribanía de la embajada norteamericana, el Presidente de la Cámara haría bien en reemplazar la bandera argentina por la otra.
El escándalo dejó debilitada nuestra posición, porque hasta ese momento el gobierno intentaba un discurso nacionalista. Esta mujer me había metido en un brete, y tendría que ubicarla en algún momento.
El otoño terminó con estos incidentes, el dólar ya estaba a cuatro pesos, parecía no haber salida a la crisis y todos los días la televisión nos mostraba a los hambreados del país. De a poco la Argentina me estaba dando asco. Habíamos llegado al poder, de donde en realidad nunca nos habíamos ido, pero ni siquiera quedaban buenos negocios por hacer. Sólo quedaba esquivar esos homúnculos que erraban ente la basura buscando algo para comer: Buenos Aires se había llenado de perros callejeros con rostro humano.
Tuve que ayudar a la mujer del presidente a poner un poco de orden entre sus “manzaneras” porque la pelea por los planes asistenciales comenzaba a tener ribetes de ferocidad. Se disputaban a balazos la entrega de los planes, y en el mejor de los casos los punteros del conurbano los intercambiaban por cocaína o autos robados. En el peor de los casos las tensiones terminaban con algún muerto, pero nos estábamos habituando a la muerte. Los diarios chorreaban sangre, y el Conurbano también.
La miseria, pensándolo bien, había resultado ser un negocio estupendo. En esos meses que preludiaban el invierno hubo una insólita reactivación económica: los caciques de Morón o Ramos Mejía transaban planes “Jefes y Jefas de Hogar” por cocaína y “paco”; los remiseros y maestras transaban mermeladas por cortes de pelo; la gente bien y los estudiantes de la UBA intercambiaban ropa usada por trabajos de plomería o asistencia psicológica.
No había un peso en la calle, pero el trueque se había convertido en una festividad pagana y masiva. Porque era eso o la nada: la mermelada o los bonos. Lecor, Lecop, Patacones. Estábamos llenos de papelitos que no significaban nada, más que la mera pretensión del gobierno de recrear una normalidad ficticia en la que la gente usaba esos billetes dudosos para comprar comida.
No nos iría tan mal fingiendo esa normalidad, a pesar de todo el gobierno parecía encaminar algunas cosas, y de a poco la heterodoxia del ministro de Economía comenzaba a surtir efecto. En realidad, el fenómeno que vivíamos no era muy difícil de comprender: una vez que se destruye una casa hasta sus cimientos, cualquier ladrillo que se coloque estará por encima del que se puso el día anterior, y todos ellos estarán por encima de los cimientos. De todos modos el discurso épico de la reconstrucción siempre resultaba efectivo, aun cuando los bomberos tenían todavía las manos llenas de kerosén.
En ese clima algunos empresarios comenzaron a fabricar cosas que se habían vuelto carísimas desde la devaluación. La calidad de la industria argentina no solía ser buena, y ahora era directamente horrible, pero los industriales tenían un país cautivo. De Mendiguren integraba el gabinete y comandaba feliz a los nuevos y viejos empresarios, que en realidad eran siempre los mismos.
Por otra parte, el precio de la soja subía sin detenerse, y se volvía cada vez más rentable. Facilitamos la exportación de granos tal como quería la Sociedad Rural, y siguiendo sus pedidos eliminamos los límites legales para el monocultivo. Se sabía que la siembra extensiva de soja a mediano plazo degradaba la tierra, pero eso sería preocupación de otros, dentro de quince o veinte años. Para mediados de año comenzaba a ingresar mucho dinero legal, y mantendríamos eso a como diera lugar.
Los piqueteros lo sabían, hacía rato que veníamos usándolos subterráneamente, y los flujos de información que manejaban algunos de ellos nos habían ayudado a aliviar a tiempo algunas tensiones. Algunos cientos de bolsones de comida para ciertos dirigentes, chapas o colchones para otros, efectivo para algunas organizaciones.
Los Duhalde habían hecho un gran trabajo, porque además estos grupos nos permitían saber exactamente qué pasaba en cada barrio y en cada villa de emergencia, y más de una vez nos sirvió para detener a tiempo el liderazgo de algún vecino más avispado. Pero se estaban volviendo demandantes, y tendríamos que buscar la forma de que entendieran quién mandaba en las calles. Sobre todo, porque cierta clase media tendía a mirarlos con simpatía. El desprecio del resto de la clase media nos era útil, porque aislaba a los piqueteros. Pero por todos los medios teníamos que evitar que se les ocurriera inventar la pólvora.
- Hacélos cagar, Fanchiotti. Estos zurdos quieren cortar los ingresos a Capital. Cagálos bien a palos, que entiendan de una vez quién manda.
El comisario miró al Ministro de Justicia, como queriendo entender hasta dónde quería llegar. Habían revistado juntos en los grupos de inteligencia, Álvarez como personal civil y Fanchiotti como cabo de la Policía Federal, pero esta era la primera vez que operaban juntos.
- Señor Ministro, ¿usamos gases y balas de goma, no?
- Usá lo que quieras, tenés carta blanca. Pero no uses fierros registrados. Vamos a decir que se cagaron a tiros entre ellos. Me llama el Presidente, que le vaya bien, Fanchiotti...
El comisario habló con dos de sus allegados, y marcharon hacia el puente Pueyrredón en autos separados. No tenían tiempo de ir a buscar armas “sucias”, así que les entregué dos escopetas que había comprado en un juzgado. Era más barato comprárselas a los jueces que las tenían secuestradas que a la policía, porque los comisarios las alquilaban por día a los delincuentes para hacer la “caja” chica de las comisarías.
- Usá estas, Alfredo. Pero después me las devuelven. Y no le des mucha pelota a Juanjo, necesita hacerse el duro ante los medios.
No tenía ganas de quedarme a ver cómo defendían el puente de esa masa de desocupados que se acercaban por las avenidas Mitre y Maipú con palos y el rostro cubierto. Además, siempre detesté Avellaneda. Le entregué al asistente del comisario el bolso con las armas y volví a Buenos Aires.
Tres horas más tarde me llamaron para que fuera urgentemente al despacho del Ministro de Justicia. El ministro estaba desencajado y alternaba gritos con golpes en su escritorio, el comisario al que le había dado las armas lo miraba sin decir palabra, Berni desde un rincón lo miraba con abierto desprecio. Ninguno de ellos me vio entrar, sólo Álvarez reparó en mí segundos más tarde. Había un incierto olor a pólvora, o azufre, en el aire.
- ¡¿Pero vos sos pelotudo?! ¿Cómo que había un periodista y no sabés quién es?
- Bueno señor ministro, en ese momento estábamos en pleno operativo, no podíamos andar preguntando de dónde era cada uno...
- ¿Cómo cada uno, había más de uno?
- No, bueno, no. Había uno sólo. Yo lo vi de pasada nomás, cuando salimos al andén. Pero no sé si alcanzó a sacar fotos.
- ¡La puta madre que te remil parió, Fanchiotti! ¿Te das cuenta de lo que me estás diciendo? ¿Vos sabés el quilombo que se nos puede armar si esa foto se publica?
- ...
- Carré, urgente filtráme todos los medios para saber quién mierda era el que sacaba fotos. Si eso sale en un diario se nos incendia todo. Pero todo. Y vos Fanchiotti, andá preparándote porque te voy a quemar vivo, hijo de puta. ¡Rajá de acá antes de que te cague a trompadas!
Álvarez estaba enfurecido y fuera de sí, el comisario Fanchiotti estaba pálido y temblaba como un lavarropas viejo, y yo tendría mucho trabajo por delante. Llamé a la redacción de Página 12, que solían cubrir a los piqueteros. No habían ido a Avellaneda, habían cubierto otros cortes. Tampoco la gente de La Nación sabía nada. En cada diario mediano, grande o chico me encontraba con negativas. No sirvieron ni las ofertas de comprar las fotos ni la advertencia de consecuencias difíciles para el fotógrafo que nos ocultara esas imágenes. Llamé a Clarín al caer la tarde, sin esperanzas.
- Sí Julio, son nuestras.
- Bueno, quemálas.
- No, no. Tenemos otros planes. Las fotos se publican, pero si querés podemos discutir el titular y el contenido.
- Héctor, con todo respeto: no me jodas. Las fotos las borrás.
- Me parece que no me entendés, Julio. No están en condiciones de exigirme nada, porque hasta ahora no me han dado nada. Y no van a querer tener problemas. Te repito la oferta: veníte y charlamos sobre el contenido. Algún acuerdo vamos a encontrar. Y te perdono el exabrupto.
Hay un momento en el que uno tiene que aceptar que el poder que tiene es limitado, o al menos relativo. Si lograba una buena negociación podría minimizar los daños.
Eso fue lo que ocurrió. El titular de Clarín sólo mostró una foto borrosa en la que no se veía a nadie disparándole a los piqueteros, y tanto el titular como los copetes generaban un manto de duda y ambivalencia: “La crisis causó 2 nuevas muertes. No se sabe aún quiénes dispararon contra los piqueteros”. Pero la imagen, con toda su ambigüedad, mostraba a un policía con una escopeta en la mano. No era de las mías, tuve buen cuidado de que el arma que mostraran fuera de las que usan balas de goma.
Con lo que no contaba era con la ferocidad de otros medios, y del resto de la dirigencia política, que quisieron arrojarse sobre el cadáver de Duhalde cuando aún estaba latiendo. Durante días no dejaron de insistir en la responsabilidad del gobernador bonaerense y del presidente. No servía de nada argumentar que la policía bonaerense dependía de Felipe Solá, porque todo el mundo sabía que no era más que un testaferro bien parecido de un poder que se alojaba en otro lado. Otra vez los piqueteros querían copar la Plaza de Mayo, y hasta los radicales salieron de abajo de la alfombra para repudiar la muerte de esos dos chicos.
- Tengo que descomprimir, Julio, no me queda otra. Llamar a elecciones para el año que viene, pero seis meses antes de octubre. Y entregar el poder antes de tiempo. Si no, vamos a tener dos muertos por semana. Y así no llego a septiembre... Encima con el mal humor que hay después del Mundial el horno no está para bollos.
Me parecía mala idea que anunciara su renuncia porque en ese caso Duhalde quedaba como el único responsable político de esas muertes, pero no pude convencerlo de otra cosa. Por otra parte era cierto que si algo faltaba para la depresión colectiva, fue el resultado espantoso de la Selección Argentina en el Mundial de fútbol de Japón y Corea: un rejunte de sombras humanas que llegaba destilando soberbia pero fue incapaz de pasar a la segunda ronda. Toda una metáfora de nuestra realidad, que yo había pasado por alto porque seguía sin interesarme el fútbol. Duhalde demostraba tener un oído agudo para esas cuestiones que a mí me resultaban invisibles, y el tiempo le daría la razón.
Cuando anunció el cronograma de elecciones, y fundamentalmente que no sería candidato, se abrieron las anchas alamedas del peronismo y los gobernadores dejaron de conspirar para liquidarnos. Fue a partir de ese momento que la corrosión permanente se detuvo, y tanto los piqueteros como los gobernadores nos dejaron respirar un poco.
La presencia de Lavagna operó como otro bálsamo que aquietó las aguas de la especulación y el vaciamiento, y algunos de los barones de la industria decidieron ponerse a trabajar. El pobre Remes Lenicov se había inmolado tratando de abuenarse con el Fondo Monetario, pero le pidieron cosas imposibles de cumplir en el estado en el que estábamos. Lavagna fue más inteligente: optó por ignorarlos.
No dejaba de ser curioso que tuviéramos que irnos cuando habíamos pacificado a la fiera, pensé cuando salí de la reunión. La quinta de San Vicente lucía mustia, lejana al triunfalismo que había ostentado sólo un par de meses atrás. También ese caserón que compendiaba las manías de nuevos ricos se identificaba con la estética derrotada de la selección nacional de fútbol.
Subí al Mercedes con la sensación de que Argentina era un armatoste inmanejable, que ni siquiera un prestidigitador de la talla de Duhalde podría encaminarla. Por momentos pensé si no habría sido un error pasar a Menem a cuarteles de invierno, porque parecía el único que había podido domesticar el país. ¿Pero qué estoy diciendo? -pensé- Al tipo le mataron un hijo y no pudo hacer nada... y siguió manteniendo a los asesinos en sus ministerios.
- ¡Bajáte o te quemo!
- ¿Eh?
- ¡Bajáte o te quemo, gato!
Levanté las manos lentamente y comencé a abrir la puerta con cuidado. El chico no tendría más de dieciocho años, los ojos enrojecidos, la nariz también. El revólver calibre 38 que empuñaba con manos temblorosas estaba despintado y parecía oxidado, pero yo no tenía ningún interés en comprobar si funcionaba.
- Es automático, flaco, acelerás y listo.
El chico se subió, intentó acelerar pero el auto no se movió. Finalmente acertó a poner el cambio en D y se alejó quemando caucho. Esperé que doblara la esquina y accioné el control remoto que paralizaba el motor. El auto me importaba mucho, pero más me importaban los documentos que estaban en mi portafolios, a disposición de este sub-humano del conurbano. Cualquier policía avispado podría notar lo que tenía entre manos, y las consecuencias podrían ser desastrosas.
Me acerqué agazapado y con la Beretta en la mano. El chico se debatía desesperado para darle arranque de nuevo, pero el Mercedes no se movería. Lo podría haber dejado encerrado adentro, pero lo último que necesitaba era que llegara la Federal a meter la nariz. El chico se bajó del auto, miró sin ver, en mi dirección, y salió corriendo hacia la otra esquina. Tenía mi portafolios en la mano.
El disparo fue certero y le abrió la cabeza como un melón. El impacto de la bala lo arrojó hacia adelante. Cuando llegué hasta él, aún temblaba. Le saqué el portafolios, subí al Mercedes y desaparecí de allí. Tendría que olvidarme de volver a Lugano por un tiempo, y guardar el auto que me había regalado Yabrán para que vientos propicios lo cubrieran de olvido. El sur desahuciado de la ciudad se había habituado a escenas de este tipo: todos los días chicos como éste, endurecidos por el hambre y el “paco”, salían a robar autos para los desarmaderos que regenteaba la Federal. A veces algún dueño se resistía a que le roben el auto, y lo mataban como a un perro. A veces los mataban porque sí. A veces los que morían eran estos chicos. Así es la vida.
Llegué a casa con pocas ganas de seguir trabajando, pero aproveché que estaba Roxi para plantearle comprar un auto más económico, que no llamara tanto la atención en estos tiempos de hambre como un Mercedes de cinco metros de largo y dos toneladas de ostentación. Comenzó a burlarse de mi ataque de civismo, preguntándome desde cuándo me importaban esas cosas.
- Roxi, no entendés. Con ese auto soy un blanco móvil. Todos nosotros somos un blanco móvil. Acá me dicen que están robando autos importados para desarmarlos por los repuestos, porque el precio se cuadruplicó. Y ya no mandan a ladrones profesionales, mandan a estos pibes drogados que sólo saben agarrar un arma...
- ¿Pero entonces el mío tampoco lo puedo usar?
- Diría que no, o que trates de no exponerte. No andes por lugares jodidos.
- Si es por eso no se puede andar por ningún lado, acá vi en la tele que mataron a un tipo para robarle el auto en pleno Palermo. No en una villa, en Palermo.
- Bueno, los podemos guardar y mientras tanto usar otros que no llamen tanto la atención. Sobre todo, que no sean importados. Hasta que el tema se tranquilice.
- ¿Y por qué no hacés algo, vos que estás en el gobierno?
- Estamos en eso, mi amor, pero no es fácil.
- No es fácil, no es fácil. O están en el tongo de los autos robados o son unos incapaces...
Así fue como compré un Fiat Palio para Roxy y un Renault Megane para mí, ambos rigurosamente controlados para evitar cualquier tipo de falla mecánica. Antes de retirar cada auto de la agencia les hice polarizar los cristales. Anónimos, anodinos y oscurecidos. Así aprendimos a vivir ese año, casi bajo tierra, como disculpándonos.
Con Duhalde autoexcluido de las elecciones del año siguiente se reactivó la interna entre los gobernadores para disputar la presidencia. Si bien esa medida había permitido descomprimir la oposición de los gobernadores, abría las puertas para que el poder comenzara a escurrirse hacia otras manos, hacia quien surgiera como previsible candidato. Los nombres en danza eran los mismos: De la Sota, Reutemann, Rodríguez Saá que venía por su revancha. Ninguno era confiable para nosotros, cada uno de ellos tenía una agenda distinta y no estábamos en ninguno de sus planes. Lo crucial era que todos ellos creían poder llegar sin nosotros, y obviar el enclave del conurbano bonaerense.
En septiembre casi detienen a Corcho en Ezeiza, en uno de sus viajes trayendo pasta base. A pesar de todos nuestros cuidados una empleada de la Aduana quiso revisar su valija, y ante la negativa de Corcho, llamó a sus jefes y al personal de seguridad para revisarlo. Los documentos que le había armado estaban en regla (o eso parecía), y por una vez Corcho tuvo sangre fría para actuar como un agente diplomático y no como un matón. También él había madurado. Sin embargo nos quedó claro que no siempre tendríamos la misma suerte, y mucho menos si llegaban al poder los mismos hombres a los que una y otra vez habíamos postergado.
De la Sota tenía todas las razones para odiarme, aunque no sabía exactamente quién era yo. Rodríguez Saá podía identificarme en cualquier momento, y eso sería desastroso. Reutemann tenía demasiados negocios con Menem como para ser confiable.
- Berni, ¿quién maneja los puertos en Santa Cruz?
- ¿Qué necesitás?
- Entrar unas cajas, una vez por mes.
- ¿Qué tienen?
- Preguntás demasiado, Sergio.
- Usá Puerto Deseado. Pero quiero que hablemos de las elecciones. Nosotros estamos listos para gobernar.
- ¿Ustedes? ¿Ustedes quiénes?
- Gobernamos hace doce años, Carré, y nos conocés desde siempre. Manejamos todo, ¿querés venir a ver?
- Sergio, a ver si entendés. Una cosa es gobernar una provincia chica con buena caja, y otra, gobernar este quilombo que tenemos en las manos. Acá te explota una bomba cada diez minutos...
- ¿Cómo te creés que mantenemos el orden en Santa Cruz? Para que entiendas, allá está lleno de mineros y portuarios. Al más cagón lo dejás en la Villa 31 y la descula a cadenazos. No sabés lo que es controlar a esos nenes. Los infiltré todos, manejamos todo, desde las radios hasta los micros. No entra ni sale nadie sin que nosotros sepamos. Eso es lo que hace falta acá. El “Cabezón” es muy bueno manejando el aparato, y nosotros tenemos la misma línea.
Comprobé que lo que decía Berni era cierto. Estos tipos estaban acostumbrados a jugar duro y trabajaban las veinticuatro horas. No tenían prontuarios, en primer lugar porque conducían la Justicia, pero además hacían bien las cosas. Y me daban una excelente plataforma para seguir trayendo pasta base sin tener que pasar por Ezeiza.
- Tiene que ser Néstor.
- Julio, la última vez que me viniste con un candidato se armó un despelote de novela...
- Sí, pero tenés que reconocer que resolví el tema. Lo sacamos de pista en una semana. Y en el sillón de Rivadavia te sentaste vos, Eduardo. Pero no vine a hablar de eso. Me parece que estos tipos nos garantizan varias cosas, en primer lugar, que sigamos conduciendo. Ellos no tienen estructura. Van a seguir con todos tus ministros. ¿Vos creés que De la Sota o el “Lole” te los van a respetar?
- Pensaba en Salta...
- Olvidate, Romero sigue siendo socio de Menem. Puede cerrar con vos, pero a corto plazo te va a cagar.
- En eso tenés razón. Dejemos el tema de las candidaturas para más adelante, y vemos.
Era claro que Duhalde quería reservarse la decisión de su sucesor, y también era claro que quería marginarme de ella. No podría arriesgarme a que invistiera a tipos que me podrían hacer la vida imposible por la razón que fuera, pero tampoco podía imponerle un candidato. No abiertamente.
Por otra parte él sabía que mis negocios personales necesitaban de una alianza con Kirchner y su gente, y eso también condicionaba mi posibilidad de influir abiertamente para favorecerlos. Lo urgente era sacar del mapa a Reutemann, porque era quien más cerca estaba de cerrar con Duhalde.
Hombre pragmático, el “Lole” había sabido desembarazarse de sus amigos y familiares cuando eran descubiertos robando para él, y su alianza con Magnetto lo había instalado como la esperanza blanca de las clases medias. Yo no podía atacarlo directamente, ni en este momento. Pero comencé a seguirlo.
El verano fue pródigo con mi familia: había terminado la casa en Nordelta y estábamos comenzando a equiparla con la esperanza de pasar allí las fiestas y las vacaciones, ya que yo no podría salir del país a tan poco de las elecciones. Las esperanzas se diluyeron el 28 de diciembre, cuando Duhalde me encargó que organizara una reunión reservada con los gobernadores. Que me lo pidiera a mí solamente significaba que en esa reunión estaba previsto que pasara cualquier cosa, y que se negociaran las cosas más inverosímiles. Lamenté que no fuera una broma por el día del inocente.
- No puede ser en Pinamar. Y te diría que tampoco puede ser en Argentina. Van a estar todos los servicios de Menem revoloteando.
- ¿Y dónde, si no?
- Tengo la casa de un amigo en Uruguay, a quince kilómetros de Punta. No la conoce nadie.
- Ahá, ¿y es segura?
- Totalmente. Si me das tres días armo el operativo de seguridad. Y el traslado. Desde luego, yo no me voy a dejar ver en esos días.
- ¿Tenés cuentas pendientes con alguno?
- No. Pero no quiero que me asocien con esa casa. Cuestión de negocios nomás.
- Perfecto, armá todo para estar dos o tres días. Saldríamos el dos de enero desde acá.
- Por separado. Saldrán por separado, y si es posible, tabicados. ¿Vos podés convencer a los muchachos?
- Estás exagerando, Julio, ¿para qué los querés tabicar?
- Para que sepan que están en tus manos. Y para que no sepan que yo estoy en esto.
- Como quieras, pero me parece que es mucho.
Dos horas más tarde dejé en su escritorio el plan de tareas. Saldríamos desde el aeródromo de Morón, y durante el vuelo encapucharíamos a los doce pasajeros: los gobernadores y una sola persona de confianza de cada uno, a su elección. Usaríamos dos Lear Jet de empresarios amigos. Aterrizaríamos en un aeródromo cercano a La Barra, y de allí los llevaríamos, todavía encapuchados, hasta mi casa. Yo llevaría provisiones argentinas para que ninguno sospeche que estábamos en Uruguay.
Fui y volví en un día, para asegurarme de que el operativo era viable. “El Entrevero” estaba espléndido. Hacía al menos dos años que no volvía a esta casa, y nuevamente Corcho me había hecho un gran favor sin pedir nada a cambio. Se cercioró de que las cámaras y micrófonos funcionaran, y que la sala de controles estuviera operativa. También llevó yerba Rosamonte para reemplazar la Sarita que todavía quedaba en la despensa.
Decidimos que Corcho funcionaría como mayordomo, porque era desconocido para todos ellos, incluso para Duhalde. Compartiríamos la habitación de la guardia interna, contigua a la sala de controles. Compartíamos además el entusiasmo adolescente de nuestra misión, la austeridad de nuestra habitación y el juego de espejos que habíamos aprendido a dominar.
La salida de los aviones fue un poco desordenada, porque a último momento preferimos reemplazar a los pilotos por los hijos de un brigadier amigo de Duhalde. Debían volar a escasa distancia entre ellos, y dar un rodeo para esquivar los radares uruguayos. Diez minutos antes de cruzar el Río Uruguay les pusimos a nuestros pasajeros una capucha. En mi avión volaban cuatro gobernadores y un senador nacional, cada uno con su asesor, cada uno de ellos encapuchado.
Caminé despacio por el pasillo escueto del avión, sintiendo sus respiraciones nerviosas, las sutiles inclinaciones de cabeza para tratar de detectar algún ruido que los oriente. Recordé mis meses en “capucha”, en el moridero infame de la ESMA. Recordé cuando los militares caminaban entre nosotros, que estábamos encapuchados y atados. Recordé ese miedo. Nunca me sentí tan poderoso.
El aterrizaje fue perfecto, y también el ingreso a la casa. Corcho les fue sacando las capuchas uno a uno cuando estuvieron todos en el hall de ingreso. Les repartió las habitaciones y les mostró someramente la casa, y después vino a la sala de controles a disfrutar de la función.
- ¡Mirá boludo, mirá!
Corcho me atrajo del brazo hacia uno de los monitores. La cámara estaba ubicada en la ducha de una de las habitaciones.
- ¿Ese no es el “Lole”?, ¿me podés conseguir un autógrafo de él? Yo lo seguía mucho cuando estaba en la Fórmula Uno...
- ¿Qué hace ese otro tipo?
- Es el asesor. Se querrá bañar también. Pero... ¿qué están haciendo ahí los dos?
- ¡Grabá, boludo, grabá todo!
- No te puedo creer... ¿el “Lole”?
- Vos grabá. Ya tengo lo que necesitaba.
El rostro de Corcho viraba de la incredulidad a la repulsión.
Decidieron suspender las internas del peronismo, y autorizar a que cada uno de los candidatos fueran por su lado, con permiso para usar los símbolos partidarios. El PJ estaba intervenido y no habría forma de destrabarlo porque la jueza que lo había congelado pertenecía a la servilleta de Corach. De este modo podíamos presentar nuestros candidatos sin tener que desangrarnos en una interna que además alimentaría el desprecio de la gente. El resto de los partidos estaba fragmentado y también los radicales irían divididos. De ese modo cualquiera de nosotros que ganara, no tendría necesidad de enfrentarse a nadie más. Por las dudas me aseguraría de que los radicales tuvieran un candidato imposible.
- Marciano, tenés que ser vos.
- ¿Y desde cuándo tanto amor?
- Necesitamos una oposición previsible y con la que podamos dialogar. Vos decinos cuánto vas a necesitar.
Moreau se fijó una cifra demasiado alta considerando su realidad política. Logró que parte de los radicales se fueran del partido por derecha, acompañando a López Murphy, el ministro del incendio que avivó Cavallo. Otra parte se fue por izquierda, con Elisa Carrió, la pitonisa de las denuncias y profecías. Moreau se sentía dueño de la UCR y se imaginaba construyendo un frente que en pocos años lo hiciera presidente. Se cotizaba demasiado alto, pero ya habría tiempo para mostrarle su verdadero valor.
Duhalde se había decidido por De la Sota. Cuando lo midió en las encuestas encontró que estaba peor de lo que imaginaba, y que tenía un par de escándalos en puerta que podían tomar dimensión nacional. Había filmaciones que mostraban a una de sus legisladoras exigiéndole a sus empleados una parte de su sueldo y que trabajaran como domésticos en su casa. También, había filtrado fotos de la casa de su vocero, que tenía conexiones de electricidad clandestinas.
El gobernador cordobés había creado una fiscalía para investigar casos de corrupción, pero el tipo que había puesto allí malinterpretó su rol y se lo tomó en serio. Contribuyó a eso que le entregamos al fiscal una suma consistente y varios nombramientos en Buenos Aires. El funcionario, un hombre locuaz y deslenguado, denunció hasta a la esposa de De la Sota poco después de que éstos disolvieran su matrimonio de apariencias.
Tomé nota de dos cosas: este hombre, Luis Juez, podía sernos útil más adelante; pero también, que no tenía límites ni medía sus palabras. Resultó ser una excelente adquisición, porque ante la amenaza de nuevas investigaciones el gobernador lo echó de la función. Juez se encargaría de exhibir la miseria moral de su anterior jefe, y con eso le amputó su desangelada proyección nacional.
Apenas comenzó a circular el nombre de Reutemann en los pasillos de la quinta de San Vicente, le hice llegar a Duhalde uno de los videos que habíamos obtenido en el baño de mi casa en Uruguay. Lo hice a través de Gustavo Beliz, que también tenía expectativas presidenciales. Realista o no, Beliz contaba con el apoyo del Opus Dei y de gran parte de la derecha argentina, y aparecía como un hombre relativamente impoluto. Beliz también tenía contactos con los servicios de inteligencia, a través de los cuales accedió al video.
- ¿Quién carajo te dio esto, Gustavo?
- No importa. Ahí lo tenés a tu candidato. ¿Vos creés que esto no se va a conocer? En Santa Fe se hablaba de estas cosas, pero nunca lo creí. Te juro que ahora que vi ese video tampoco lo puedo creer. No te puedo decir el asco que me dan estas inmoralidades. ¿Quién creés que lo va a votar a este degenerado, ahora? ¿Fernando Peña?
Duhalde estaba furioso pero sabía que Beliz tenía razón. Me llamó a los gritos, y le juré en mil idiomas que yo no tenía nada que ver, que si al video lo llevó Beliz bien podía venir de los servicios que aún le reportaban al menemismo. Y que el mismo Beliz, tan atildado, era un quintacolumnista que a la primera de cambio podía traicionarlo. Le detallé la larga lista de lealtades que para este hombre eran más importantes que un presidente que nadie había votado y que se iría del gobierno sin pena ni gloria.
- Si querés tengo videos del suegro de Beliz recibiendo coimas. El coronel Miatello era el cajero de Matilde Menéndez, ¿te acordás? En el Ministerio de Salud...
- Andáte a la puta que te parió. Nadie me va a sacar de la cabeza que esto es cosa tuya.
Supuse que no me creyó, pero a sus íntimos les hizo saber que la extorsión era obra de Menem. Cuando le mostró el video a Reutemann. el santafecino se quedó demudado. La imagen duró sólo unos segundos, y el protagonista del video (uno de ellos, en realidad) salió del microcine de la quinta de Olivos descompuesto.
- El turco sigue siendo el mismo psicópata.
Asentí, sumiso como un monaguillo.
A pocos días del comienzo formal de la campaña finalmente Duhalde acogió a Kirchner. Le hizo prometer fidelidad absoluta, y la continuidad de la mayoría de sus funcionarios. El hombre del sur asintió a todo, en parte porque no podía rechazar la oferta y en parte porque tampoco tenía un equipo propio. Yo hacía rato que utilizaba los puertos patagónicos, y habíamos comenzado a invertir juntos en hoteles en el sur. Eran una magnífica plataforma para blanquear los dólares que tenía escondidos en mil lugares distintos, sobre todo porque el turismo internacional comenzaba a inundar la Patagonia de euros y dólares. Berni en persona me llevó a la residencia del gobernador en El Calafate. Estaban exultantes.
La campaña duró poco y fue deslucida. Nadie tomaba demasiado en serio lo que decía cada candidato, parecía que elegir un presidente era una molestia que había que tomarse cada tanto, como ir a comprar papel higiénico. Y del mismo modo, tanto uno como otro daban casi exactamente lo mismo.
Menem prometía volver a los noventa, Kirchner prometía un estado presente que no existía ni siquiera en Santa Cruz, Rodríguez Saá volvía como la reencarnación de un Mesías incomprendido y providencial. Por el radicalismo, Moreau logró espantar hasta a sus propios militantes, y cuando se dio cuenta de la trampa en la que había entrado quiso renunciar a la candidatura, pero era tarde. López Murphy prometía orden y progreso pero sin la alegría brasileña, y Carrió pretendía ser el Ganges que purificaría la nación. Todas las encuestas decían cosas distintas, y verdaderamente no se sabía qué podía pasar. El resultado estaba abierto, y uno podía tranquilamente apostar por cualquiera de ellos.
- Un asado a que gana la gorda.
- Vos vivís entre Punta del Este y Recoleta, Corcho. En el conurbano no la conoce nadie, y los votos están ahí.
- Sí, pero ahí los perucas van partidos en tres. La gorda en Capital se los morfa a todos.
Ambos perdimos, porque para nuestra sorpresa Menem ganó las elecciones con 24 puntos. Era evidente que los argentinos seguían creyendo en los salvadores de la patria, y votando por la nostalgia o las cuotas. Kirchner sacó 22 puntos, casi todos ellos en el conurbano y Santa Cruz. López Murphy y Carrió sacaron más de treinta puntos entre los dos, y sorprendieron a todo el mundo. Incluso el economista ganó en Córdoba, donde Menem parecía imbatible. Moreau rompió un récord infame: sacó apenas dos puntos, y firmó el certificado de defunción del radicalismo.
La segunda vuelta sería dentro de pocas semanas, el 18 de Mayo. Todos los pronósticos indicaban que los votos opositores a Menem se concentrarían en Kirchner. En un movimiento desesperado el riojano intentó pactar con Rodríguez Saá, pero el puntano creía, por alguna razón, que aquél tuvo algo que ver con el breve secuestro de su hijo que culminó en su renuncia a la presidencia un año antes. Las desconfianzas crecieron, y no hubo acuerdo. Cuatro días antes del ballotage, y después de versiones, rumores y desmentidas, Menem confirmó que renunciaba a la segunda vuelta. De este modo pretendería condicionar a Kirchner, que asumía con apenas el veintidós por ciento de los votos.
El traspaso del mando ocurrió el 25 de Mayo. Duhalde tenía que disimular su retirada vergonzante, y Kirchner necesitaba mostrar alguna imagen de alegría y esperanza, en un momento en que nadie creía en nadie. Me asomé a una de las ventanas del Congreso, desde donde se veían las oficinas de Moreau: estaban cerradas y a oscuras, como de luto. Me asomé a otra, que daba a la Plaza de los Dos Congresos: había banderitas por todos lados.