viernes, 22 de mayo de 2020

Capítulo 17: De Frente a la Tormenta


Mi suegra no quería volver a Punta del Este ni a La Pedrera. Las playas uruguayas le traerían el recuerdo amargo de mi suegro, fracturado por la tristeza y resentido con la vida, con su mente enajenada por el dolor y el Alzheimer. Tampoco queríamos ir a Pinamar, donde los políticos iban a posar como modelos en celo para justificar el salario de los periodistas. De todos modos no queríamos permanecer en Argentina, y tampoco queríamos sumergirnos en esa ficción empobrecida en que se habían transformado las playas brasileñas. Roxy encontró una oferta para ir a la isla Margarita, y allí fuimos con los chicos y mi suegra. Corcho se sumaría más tarde, porque estaba haciendo negocios no muy lejos de allí.
Nos quedamos en Argentina hasta el 3 de enero: en esos días se anunciaría la salida de la convertibilidad y yo no tenía ningún interés en estar presente en ese momento. Algunos lo celebrarían, otros harían sus cálculos, para la mayor parte de la gente significaba un miedo espantoso: asomarse a otra espiral de inflación.
Me llamó la atención encontrarme en el aeropuerto a Alicia Castro, una mujer que había llegado a ser diputada después de su paso como líder del gremio de las azafatas. Ella no me reconoció, estaba conversando con un grupo de venezolanos.
Subimos al avión casi juntos, y la intuición me dictó que debía prestar atención a ese grupo. A los pocos minutos ella hablaba del presidente Hugo Chávez con una familiaridad extraña para una diputada extranjera, y los hombres que la rodeaban la trataban con deferencia, como si fuera un personaje importante también para ellos. No pude seguir prestando atención porque Esperanza comenzó a llorar y Robbie estaba inquieto también. La mujer se quedó en Caracas, nosotros seguimos nuestras vacaciones.
Al tercer día de nuestra estadía llegó Corcho, que se alojó en una cabaña pegada a la nuestra. Por delicadeza no había traído ninguna amiguita, pero no tardaría en dedicar las noches a perseguir a jovencitas ávidas de diversión y cocaína. Durante el día se reunía con tipos que llegaban al hotel con guardaespaldas de traje negro, y cuando se desocupaba jugaba al fútbol con mi hijo en la playa. No me gustaba que mezclara sus negocios con mi familia.
- Estos ñatos son los que fabrican la pasta base. Están buscando por dónde entrar a la Argentina. ¿Vos no estabas buscando algo así?
- No sé qué es eso de la pasta base, pero con más razón, no los mezcles con mi hijo...
- Son los residuos de la merca, que se cortan y se mezclan con otras cosas. El saque es muy barato, lo podés vender a uno o dos pesos. Si agarramos, en dos meses nos quedamos con el mercado en el conurbano y capital, y en cuatro lo manejamos en todo el país.
- No quiero quilombos con nadie, Corcho.
- No vas a tener quilombos, porque no te metés en el mercado de nadie. El que toma merca o pastillas no comprará esto, y el que fuma, menos. Esto va a un mercado en el que no había nada, o merca muy cortada. Y esto es mucho mejor, más potente y más barato. Y como no se usan los precursores de la merca, es más fácil fabricarlo. Los precursores ahora están carísimos porque los quiere controlar la DEA.
- Ahá...
- Si vos querés, ahora nos traemos un par de kilos y vemos qué onda. Con eso tiramos para fabricar un montón de “paco”. De la venta me encargo yo.
- Estás loco, Corcho, ¿vos creés que voy a meter dos kilos de merca con mi familia?
- No Roger, no entendés. Garantizame que nadie me va a mirar cuando entre a Ezeiza y listo, yo me encargo. Si podés arreglar eso, con una llamada ya tengo todo listo. Pero después vamos a necesitar otras cosas...
- ¿Qué cosas?
- ¿Vos me podés conseguir pasaporte diplomático? ¿O valija diplomática, al menos? No necesitamos más que uno o dos viajes por mes para venir a comprar la base. Con una valija alcanza.
- Estás loco. Pero te puedo conseguir una valija.
Volvimos a Buenos Aires hacia fines de enero. Discretamente me encargué de que Corcho tuviera pasaporte y valija consular con un nombre supuesto. Un mes más tarde me anunciaba que tenía ya dos “cocinas” en la Villa 31 y otra en Lugano. Por cada dólar invertido ganaba ocho, descontando los costos de pasajes, los sueldos de los tipos que trabajaban para Corcho y el porcentaje para la policía federal. No hacía falta siquiera contratar matones privados para sacar la base de Ezeiza y llevarla a las villas: de la distribución se hacían cargo los patrulleros, como siempre.
En esos meses reservé una parte de mis ingresos para seguir comprando inmuebles a precio de saldo: la crisis había terminado de fracturar a miles de endeudados que eran ejecutados por los bancos, que a su vez intentaban salvar del naufragio lo que quedara. Compraba tres o cuatro departamentos o negocios por semana; muchos de ellos seguían deshabitados, pero los gastos eran cubiertos por los que sí tenían inquilinos. Con el remanente engrosaba el fondo con el que compraba más departamentos. El negocio de ropa para bebés que había iniciado Claudia seguía sobreviviendo, pero más que nada por la cantidad de fondos que yo le inyectaba, igual que la cadena de heladerías de Roxi: no eran más que un lavadero cada vez más chico para todo lo que teníamos que lavar en Argentina.
Por lo demás, no podía imaginar de dónde sacarían nuestros clientes el dinero para las drogas baratas que les vendíamos, pero tuvimos éxito casi desde que comenzamos a filtrarlas en las villas. Lo sabríamos poco tiempo después, cuando comprobamos que la masa de pobres había iniciado una revolución silenciosa y a mano armada. La explosión de robos violentos aún en barrios que habían sido tranquilos empezaba a ser preocupante. Me acordé de los chicos que había visto en la comisaría de Liniers cuando entraron a robar a mis suegros. Esos chicos estarían ahora revolviendo basura para encontrar algo para comer, o estarían aprendiendo el oficio de “salir de fierro” para sobrevivir.
En esos días el gobierno enfrentaba la presión de los norteamericanos, que querían ejecutar las deudas de varios grupos económicos pero las leyes dejadas por Cavallo se lo impedían. Nos pedían que derogáramos esa protección, porque de otro modo no ingresaría un centavo más a la Argentina. Sabíamos que esa amenaza estaba acompañada de otra, apenas sugerida, que involucraba a la DEA y el tráfico en la frontera con Paraguay y Brasil. Para nosotros era un disparo en la sien. Pero tampoco resultaba fácil aprobar lo que querían.
Logramos persuadir a los radicales, pero gran parte del Frepaso (o de lo que quedaba de ellos) se oponía con virulencia a favorecer a los bancos americanos. Finalmente llegamos a una mayoría abrumadora, pero lo que debió ser una victoria discreta y silenciosa se convirtió en un espectáculo grotesco. Alicia Castro, la diputada a la que había visto meses antes en un avión a Venezuela, se levantó de su banca para depositar una bandera norteamericana en el escritorio del presidente de la Cámara de Diputados, ante los ojos atónitos de sus colegas. Dijo que ya que el Congreso era una mera escribanía de la embajada norteamericana, el Presidente de la Cámara haría bien en reemplazar la bandera argentina por la otra.
El escándalo dejó debilitada nuestra posición, porque hasta ese momento el gobierno intentaba un discurso nacionalista. Esta mujer me había metido en un brete, y tendría que ubicarla en algún momento.
El otoño terminó con estos incidentes, el dólar ya estaba a cuatro pesos, parecía no haber salida a la crisis y todos los días la televisión nos mostraba a los hambreados del país. De a poco la Argentina me estaba dando asco. Habíamos llegado al poder, de donde en realidad nunca nos habíamos ido, pero ni siquiera quedaban buenos negocios por hacer. Sólo quedaba esquivar esos homúnculos que erraban ente la basura buscando algo para comer: Buenos Aires se había llenado de perros callejeros con rostro humano.
Tuve que ayudar a la mujer del presidente a poner un poco de orden entre sus “manzaneras” porque la pelea por los planes asistenciales comenzaba a tener ribetes de ferocidad. Se disputaban a balazos la entrega de los planes, y en el mejor de los casos los punteros del conurbano los intercambiaban por cocaína o autos robados. En el peor de los casos las tensiones terminaban con algún muerto, pero nos estábamos habituando a la muerte. Los diarios chorreaban sangre, y el Conurbano también.
La miseria, pensándolo bien, había resultado ser un negocio estupendo. En esos meses que preludiaban el invierno hubo una insólita reactivación económica: los caciques de Morón o Ramos Mejía transaban planes “Jefes y Jefas de Hogar” por cocaína y “paco”; los remiseros y maestras transaban mermeladas por cortes de pelo; la gente bien y los estudiantes de la UBA intercambiaban ropa usada por trabajos de plomería o asistencia psicológica.
No había un peso en la calle, pero el trueque se había convertido en una festividad pagana y masiva. Porque era eso o la nada: la mermelada o los bonos. Lecor, Lecop, Patacones. Estábamos llenos de papelitos que no significaban nada, más que la mera pretensión del gobierno de recrear una normalidad ficticia en la que la gente usaba esos billetes dudosos para comprar comida.
No nos iría tan mal fingiendo esa normalidad, a pesar de todo el gobierno parecía encaminar algunas cosas, y de a poco la heterodoxia del ministro de Economía comenzaba a surtir efecto. En realidad, el fenómeno que vivíamos no era muy difícil de comprender: una vez que se destruye una casa hasta sus cimientos, cualquier ladrillo que se coloque estará por encima del que se puso el día anterior, y todos ellos estarán por encima de los cimientos. De todos modos el discurso épico de la reconstrucción siempre resultaba efectivo, aun cuando los bomberos tenían todavía las manos llenas de kerosén.
En ese clima algunos empresarios comenzaron a fabricar cosas que se habían vuelto carísimas desde la devaluación. La calidad de la industria argentina no solía ser buena, y ahora era directamente horrible, pero los industriales tenían un país cautivo. De Mendiguren integraba el gabinete y comandaba feliz a los nuevos y viejos empresarios, que en realidad eran siempre los mismos.
Por otra parte, el precio de la soja subía sin detenerse, y se volvía cada vez más rentable. Facilitamos la exportación de granos tal como quería la Sociedad Rural, y siguiendo sus pedidos eliminamos los límites legales para el monocultivo. Se sabía que la siembra extensiva de soja a mediano plazo degradaba la tierra, pero eso sería preocupación de otros, dentro de quince o veinte años. Para mediados de año comenzaba a ingresar mucho dinero legal, y mantendríamos eso a como diera lugar.
Los piqueteros lo sabían, hacía rato que veníamos usándolos subterráneamente, y los flujos de información que manejaban algunos de ellos nos habían ayudado a aliviar a tiempo algunas tensiones. Algunos cientos de bolsones de comida para ciertos dirigentes, chapas o colchones para otros, efectivo para algunas organizaciones.
Los Duhalde habían hecho un gran trabajo, porque además estos grupos nos permitían saber exactamente qué pasaba en cada barrio y en cada villa de emergencia, y más de una vez nos sirvió para detener a tiempo el liderazgo de algún vecino más avispado. Pero se estaban volviendo demandantes, y tendríamos que buscar la forma de que entendieran quién mandaba en las calles. Sobre todo, porque cierta clase media tendía a mirarlos con simpatía. El desprecio del resto de la clase media nos era útil, porque aislaba a los piqueteros. Pero por todos los medios teníamos que evitar que se les ocurriera inventar la pólvora.
- Hacélos cagar, Fanchiotti. Estos zurdos quieren cortar los ingresos a Capital. Cagálos bien a palos, que entiendan de una vez quién manda.
El comisario miró al Ministro de Justicia, como queriendo entender hasta dónde quería llegar. Habían revistado juntos en los grupos de inteligencia, Álvarez como personal civil y Fanchiotti como cabo de la Policía Federal, pero esta era la primera vez que operaban juntos.
- Señor Ministro, ¿usamos gases y balas de goma, no?
- Usá lo que quieras, tenés carta blanca. Pero no uses fierros registrados. Vamos a decir que se cagaron a tiros entre ellos. Me llama el Presidente, que le vaya bien, Fanchiotti...
El comisario habló con dos de sus allegados, y marcharon hacia el puente Pueyrredón en autos separados. No tenían tiempo de ir a buscar armas “sucias”, así que les entregué dos escopetas que había comprado en un juzgado. Era más barato comprárselas a los jueces que las tenían secuestradas que a la policía, porque los comisarios las alquilaban por día a los delincuentes para hacer la “caja” chica de las comisarías.
- Usá estas, Alfredo. Pero después me las devuelven. Y no le des mucha pelota a Juanjo, necesita hacerse el duro ante los medios.
No tenía ganas de quedarme a ver cómo defendían el puente de esa masa de desocupados que se acercaban por las avenidas Mitre y Maipú con palos y el rostro cubierto. Además, siempre detesté Avellaneda. Le entregué al asistente del comisario el bolso con las armas y volví a Buenos Aires.
Tres horas más tarde me llamaron para que fuera urgentemente al despacho del Ministro de Justicia. El ministro estaba desencajado y alternaba gritos con golpes en su escritorio, el comisario al que le había dado las armas lo miraba sin decir palabra, Berni desde un rincón lo miraba con abierto desprecio. Ninguno de ellos me vio entrar, sólo Álvarez reparó en mí segundos más tarde. Había un incierto olor a pólvora, o azufre, en el aire.
- ¡¿Pero vos sos pelotudo?! ¿Cómo que había un periodista y no sabés quién es?
- Bueno señor ministro, en ese momento estábamos en pleno operativo, no podíamos andar preguntando de dónde era cada uno...
- ¿Cómo cada uno, había más de uno?
- No, bueno, no. Había uno sólo. Yo lo vi de pasada nomás, cuando salimos al andén. Pero no sé si alcanzó a sacar fotos.
- ¡La puta madre que te remil parió, Fanchiotti! ¿Te das cuenta de lo que me estás diciendo? ¿Vos sabés el quilombo que se nos puede armar si esa foto se publica?
- ...
- Carré, urgente filtráme todos los medios para saber quién mierda era el que sacaba fotos. Si eso sale en un diario se nos incendia todo. Pero todo. Y vos Fanchiotti, andá preparándote porque te voy a quemar vivo, hijo de puta. ¡Rajá de acá antes de que te cague a trompadas!
Álvarez estaba enfurecido y fuera de sí, el comisario Fanchiotti estaba pálido y temblaba como un lavarropas viejo, y yo tendría mucho trabajo por delante. Llamé a la redacción de Página 12, que solían cubrir a los piqueteros. No habían ido a Avellaneda, habían cubierto otros cortes. Tampoco la gente de La Nación sabía nada. En cada diario mediano, grande o chico me encontraba con negativas. No sirvieron ni las ofertas de comprar las fotos ni la advertencia de consecuencias difíciles para el fotógrafo que nos ocultara esas imágenes. Llamé a Clarín al caer la tarde, sin esperanzas.
- Sí Julio, son nuestras.
- Bueno, quemálas.
- No, no. Tenemos otros planes. Las fotos se publican, pero si querés podemos discutir el titular y el contenido.
- Héctor, con todo respeto: no me jodas. Las fotos las borrás.
- Me parece que no me entendés, Julio. No están en condiciones de exigirme nada, porque hasta ahora no me han dado nada. Y no van a querer tener problemas. Te repito la oferta: veníte y charlamos sobre el contenido. Algún acuerdo vamos a encontrar. Y te perdono el exabrupto.
Hay un momento en el que uno tiene que aceptar que el poder que tiene es limitado, o al menos relativo. Si lograba una buena negociación podría minimizar los daños.
Eso fue lo que ocurrió. El titular de Clarín sólo mostró una foto borrosa en la que no se veía a nadie disparándole a los piqueteros, y tanto el titular como los copetes generaban un manto de duda y ambivalencia: “La crisis causó 2 nuevas muertes. No se sabe aún quiénes dispararon contra los piqueteros”. Pero la imagen, con toda su ambigüedad, mostraba a un policía con una escopeta en la mano. No era de las mías, tuve buen cuidado de que el arma que mostraran fuera de las que usan balas de goma.
Con lo que no contaba era con la ferocidad de otros medios, y del resto de la dirigencia política, que quisieron arrojarse sobre el cadáver de Duhalde cuando aún estaba latiendo. Durante días no dejaron de insistir en la responsabilidad del gobernador bonaerense y del presidente. No servía de nada argumentar que la policía bonaerense dependía de Felipe Solá, porque todo el mundo sabía que no era más que un testaferro bien parecido de un poder que se alojaba en otro lado. Otra vez los piqueteros querían copar la Plaza de Mayo, y hasta los radicales salieron de abajo de la alfombra para repudiar la muerte de esos dos chicos.
- Tengo que descomprimir, Julio, no me queda otra. Llamar a elecciones para el año que viene, pero seis meses antes de octubre. Y entregar el poder antes de tiempo. Si no, vamos a tener dos muertos por semana. Y así no llego a septiembre... Encima con el mal humor que hay después del Mundial el horno no está para bollos.
Me parecía mala idea que anunciara su renuncia porque en ese caso Duhalde quedaba como el único responsable político de esas muertes, pero no pude convencerlo de otra cosa. Por otra parte era cierto que si algo faltaba para la depresión colectiva, fue el resultado espantoso de la Selección Argentina en el Mundial de fútbol de Japón y Corea: un rejunte de sombras humanas que llegaba destilando soberbia pero fue incapaz de pasar a la segunda ronda. Toda una metáfora de nuestra realidad, que yo había pasado por alto porque seguía sin interesarme el fútbol. Duhalde demostraba tener un oído agudo para esas cuestiones que a mí me resultaban invisibles, y el tiempo le daría la razón.
Cuando anunció el cronograma de elecciones, y fundamentalmente que no sería candidato, se abrieron las anchas alamedas del peronismo y los gobernadores dejaron de conspirar para liquidarnos. Fue a partir de ese momento que la corrosión permanente se detuvo, y tanto los piqueteros como los gobernadores nos dejaron respirar un poco.
La presencia de Lavagna operó como otro bálsamo que aquietó las aguas de la especulación y el vaciamiento, y algunos de los barones de la industria decidieron ponerse a trabajar. El pobre Remes Lenicov se había inmolado tratando de abuenarse con el Fondo Monetario, pero le pidieron cosas imposibles de cumplir en el estado en el que estábamos. Lavagna fue más inteligente: optó por ignorarlos.
No dejaba de ser curioso que tuviéramos que irnos cuando habíamos pacificado a la fiera, pensé cuando salí de la reunión. La quinta de San Vicente lucía mustia, lejana al triunfalismo que había ostentado sólo un par de meses atrás. También ese caserón que compendiaba las manías de nuevos ricos se identificaba con la estética derrotada de la selección nacional de fútbol.
Subí al Mercedes con la sensación de que Argentina era un armatoste inmanejable, que ni siquiera un prestidigitador de la talla de Duhalde podría encaminarla. Por momentos pensé si no habría sido un error pasar a Menem a cuarteles de invierno, porque parecía el único que había podido domesticar el país. ¿Pero qué estoy diciendo? -pensé- Al tipo le mataron un hijo y no pudo hacer nada... y siguió manteniendo a los asesinos en sus ministerios.
- ¡Bajáte o te quemo!
- ¿Eh?
- ¡Bajáte o te quemo, gato!
Levanté las manos lentamente y comencé a abrir la puerta con cuidado. El chico no tendría más de dieciocho años, los ojos enrojecidos, la nariz también. El revólver calibre 38 que empuñaba con manos temblorosas estaba despintado y parecía oxidado, pero yo no tenía ningún interés en comprobar si funcionaba.
- Es automático, flaco, acelerás y listo.
El chico se subió, intentó acelerar pero el auto no se movió. Finalmente acertó a poner el cambio en D y se alejó quemando caucho. Esperé que doblara la esquina y accioné el control remoto que paralizaba el motor. El auto me importaba mucho, pero más me importaban los documentos que estaban en mi portafolios, a disposición de este sub-humano del conurbano. Cualquier policía avispado podría notar lo que tenía entre manos, y las consecuencias podrían ser desastrosas.
Me acerqué agazapado y con la Beretta en la mano. El chico se debatía desesperado para darle arranque de nuevo, pero el Mercedes no se movería. Lo podría haber dejado encerrado adentro, pero lo último que necesitaba era que llegara la Federal a meter la nariz. El chico se bajó del auto, miró sin ver, en mi dirección, y salió corriendo hacia la otra esquina. Tenía mi portafolios en la mano.
El disparo fue certero y le abrió la cabeza como un melón. El impacto de la bala lo arrojó hacia adelante. Cuando llegué hasta él, aún temblaba. Le saqué el portafolios, subí al Mercedes y desaparecí de allí. Tendría que olvidarme de volver a Lugano por un tiempo, y guardar el auto que me había regalado Yabrán para que vientos propicios lo cubrieran de olvido. El sur desahuciado de la ciudad se había habituado a escenas de este tipo: todos los días chicos como éste, endurecidos por el hambre y el “paco”, salían a robar autos para los desarmaderos que regenteaba la Federal. A veces algún dueño se resistía a que le roben el auto, y lo mataban como a un perro. A veces los mataban porque sí. A veces los que morían eran estos chicos. Así es la vida.
Llegué a casa con pocas ganas de seguir trabajando, pero aproveché que estaba Roxi para plantearle comprar un auto más económico, que no llamara tanto la atención en estos tiempos de hambre como un Mercedes de cinco metros de largo y dos toneladas de ostentación. Comenzó a burlarse de mi ataque de civismo, preguntándome desde cuándo me importaban esas cosas.
- Roxi, no entendés. Con ese auto soy un blanco móvil. Todos nosotros somos un blanco móvil. Acá me dicen que están robando autos importados para desarmarlos por los repuestos, porque el precio se cuadruplicó. Y ya no mandan a ladrones profesionales, mandan a estos pibes drogados que sólo saben agarrar un arma...
- ¿Pero entonces el mío tampoco lo puedo usar?
- Diría que no, o que trates de no exponerte. No andes por lugares jodidos.
- Si es por eso no se puede andar por ningún lado, acá vi en la tele que mataron a un tipo para robarle el auto en pleno Palermo. No en una villa, en Palermo.
- Bueno, los podemos guardar y mientras tanto usar otros que no llamen tanto la atención. Sobre todo, que no sean importados. Hasta que el tema se tranquilice.
- ¿Y por qué no hacés algo, vos que estás en el gobierno?
- Estamos en eso, mi amor, pero no es fácil.
- No es fácil, no es fácil. O están en el tongo de los autos robados o son unos incapaces...
Así fue como compré un Fiat Palio para Roxy y un Renault Megane para mí, ambos rigurosamente controlados para evitar cualquier tipo de falla mecánica. Antes de retirar cada auto de la agencia les hice polarizar los cristales. Anónimos, anodinos y oscurecidos. Así aprendimos a vivir ese año, casi bajo tierra, como disculpándonos.
Con Duhalde autoexcluido de las elecciones del año siguiente se reactivó la interna entre los gobernadores para disputar la presidencia. Si bien esa medida había permitido descomprimir la oposición de los gobernadores, abría las puertas para que el poder comenzara a escurrirse hacia otras manos, hacia quien surgiera como previsible candidato. Los nombres en danza eran los mismos: De la Sota, Reutemann, Rodríguez Saá que venía por su revancha. Ninguno era confiable para nosotros, cada uno de ellos tenía una agenda distinta y no estábamos en ninguno de sus planes. Lo crucial era que todos ellos creían poder llegar sin nosotros, y obviar el enclave del conurbano bonaerense.
En septiembre casi detienen a Corcho en Ezeiza, en uno de sus viajes trayendo pasta base. A pesar de todos nuestros cuidados una empleada de la Aduana quiso revisar su valija, y ante la negativa de Corcho, llamó a sus jefes y al personal de seguridad para revisarlo. Los documentos que le había armado estaban en regla (o eso parecía), y por una vez Corcho tuvo sangre fría para actuar como un agente diplomático y no como un matón. También él había madurado. Sin embargo nos quedó claro que no siempre tendríamos la misma suerte, y mucho menos si llegaban al poder los mismos hombres a los que una y otra vez habíamos postergado.
De la Sota tenía todas las razones para odiarme, aunque no sabía exactamente quién era yo. Rodríguez Saá podía identificarme en cualquier momento, y eso sería desastroso. Reutemann tenía demasiados negocios con Menem como para ser confiable.
- Berni, ¿quién maneja los puertos en Santa Cruz?
- ¿Qué necesitás?
- Entrar unas cajas, una vez por mes.
- ¿Qué tienen?
- Preguntás demasiado, Sergio.
- Usá Puerto Deseado. Pero quiero que hablemos de las elecciones. Nosotros estamos listos para gobernar.
- ¿Ustedes? ¿Ustedes quiénes?
- Gobernamos hace doce años, Carré, y nos conocés desde siempre. Manejamos todo, ¿querés venir a ver?
- Sergio, a ver si entendés. Una cosa es gobernar una provincia chica con buena caja, y otra, gobernar este quilombo que tenemos en las manos. Acá te explota una bomba cada diez minutos...
- ¿Cómo te creés que mantenemos el orden en Santa Cruz? Para que entiendas, allá está lleno de mineros y portuarios. Al más cagón lo dejás en la Villa 31 y la descula a cadenazos. No sabés lo que es controlar a esos nenes. Los infiltré todos, manejamos todo, desde las radios hasta los micros. No entra ni sale nadie sin que nosotros sepamos. Eso es lo que hace falta acá. El “Cabezón” es muy bueno manejando el aparato, y nosotros tenemos la misma línea.
Comprobé que lo que decía Berni era cierto. Estos tipos estaban acostumbrados a jugar duro y trabajaban las veinticuatro horas. No tenían prontuarios, en primer lugar porque conducían la Justicia, pero además hacían bien las cosas. Y me daban una excelente plataforma para seguir trayendo pasta base sin tener que pasar por Ezeiza.
- Tiene que ser Néstor.
- Julio, la última vez que me viniste con un candidato se armó un despelote de novela...
- Sí, pero tenés que reconocer que resolví el tema. Lo sacamos de pista en una semana. Y en el sillón de Rivadavia te sentaste vos, Eduardo. Pero no vine a hablar de eso. Me parece que estos tipos nos garantizan varias cosas, en primer lugar, que sigamos conduciendo. Ellos no tienen estructura. Van a seguir con todos tus ministros. ¿Vos creés que De la Sota o el “Lole” te los van a respetar?
- Pensaba en Salta...
- Olvidate, Romero sigue siendo socio de Menem. Puede cerrar con vos, pero a corto plazo te va a cagar.
- En eso tenés razón. Dejemos el tema de las candidaturas para más adelante, y vemos.
Era claro que Duhalde quería reservarse la decisión de su sucesor, y también era claro que quería marginarme de ella. No podría arriesgarme a que invistiera a tipos que me podrían hacer la vida imposible por la razón que fuera, pero tampoco podía imponerle un candidato. No abiertamente.
Por otra parte él sabía que mis negocios personales necesitaban de una alianza con Kirchner y su gente, y eso también condicionaba mi posibilidad de influir abiertamente para favorecerlos. Lo urgente era sacar del mapa a Reutemann, porque era quien más cerca estaba de cerrar con Duhalde.
Hombre pragmático, el “Lole” había sabido desembarazarse de sus amigos y familiares cuando eran descubiertos robando para él, y su alianza con Magnetto lo había instalado como la esperanza blanca de las clases medias. Yo no podía atacarlo directamente, ni en este momento. Pero comencé a seguirlo.
El verano fue pródigo con mi familia: había terminado la casa en Nordelta y estábamos comenzando a equiparla con la esperanza de pasar allí las fiestas y las vacaciones, ya que yo no podría salir del país a tan poco de las elecciones. Las esperanzas se diluyeron el 28 de diciembre, cuando Duhalde me encargó que organizara una reunión reservada con los gobernadores. Que me lo pidiera a mí solamente significaba que en esa reunión estaba previsto que pasara cualquier cosa, y que se negociaran las cosas más inverosímiles. Lamenté que no fuera una broma por el día del inocente.
- No puede ser en Pinamar. Y te diría que tampoco puede ser en Argentina. Van a estar todos los servicios de Menem revoloteando.
- ¿Y dónde, si no?
- Tengo la casa de un amigo en Uruguay, a quince kilómetros de Punta. No la conoce nadie.
- Ahá, ¿y es segura?
- Totalmente. Si me das tres días armo el operativo de seguridad. Y el traslado. Desde luego, yo no me voy a dejar ver en esos días.
- ¿Tenés cuentas pendientes con alguno?
- No. Pero no quiero que me asocien con esa casa. Cuestión de negocios nomás.
- Perfecto, armá todo para estar dos o tres días. Saldríamos el dos de enero desde acá.
- Por separado. Saldrán por separado, y si es posible, tabicados. ¿Vos podés convencer a los muchachos?
- Estás exagerando, Julio, ¿para qué los querés tabicar?
- Para que sepan que están en tus manos. Y para que no sepan que yo estoy en esto.
- Como quieras, pero me parece que es mucho.
Dos horas más tarde dejé en su escritorio el plan de tareas. Saldríamos desde el aeródromo de Morón, y durante el vuelo encapucharíamos a los doce pasajeros: los gobernadores y una sola persona de confianza de cada uno, a su elección. Usaríamos dos Lear Jet de empresarios amigos. Aterrizaríamos en un aeródromo cercano a La Barra, y de allí los llevaríamos, todavía encapuchados, hasta mi casa. Yo llevaría provisiones argentinas para que ninguno sospeche que estábamos en Uruguay.
Fui y volví en un día, para asegurarme de que el operativo era viable. “El Entrevero” estaba espléndido. Hacía al menos dos años que no volvía a esta casa, y nuevamente Corcho me había hecho un gran favor sin pedir nada a cambio. Se cercioró de que las cámaras y micrófonos funcionaran, y que la sala de controles estuviera operativa. También llevó yerba Rosamonte para reemplazar la Sarita que todavía quedaba en la despensa.
Decidimos que Corcho funcionaría como mayordomo, porque era desconocido para todos ellos, incluso para Duhalde. Compartiríamos la habitación de la guardia interna, contigua a la sala de controles. Compartíamos además el entusiasmo adolescente de nuestra misión, la austeridad de nuestra habitación y el juego de espejos que habíamos aprendido a dominar.
La salida de los aviones fue un poco desordenada, porque a último momento preferimos reemplazar a los pilotos por los hijos de un brigadier amigo de Duhalde. Debían volar a escasa distancia entre ellos, y dar un rodeo para esquivar los radares uruguayos. Diez minutos antes de cruzar el Río Uruguay les pusimos a nuestros pasajeros una capucha. En mi avión volaban cuatro gobernadores y un senador nacional, cada uno con su asesor, cada uno de ellos encapuchado.
Caminé despacio por el pasillo escueto del avión, sintiendo sus respiraciones nerviosas, las sutiles inclinaciones de cabeza para tratar de detectar algún ruido que los oriente. Recordé mis meses en “capucha”, en el moridero infame de la ESMA. Recordé cuando los militares caminaban entre nosotros, que estábamos encapuchados y atados. Recordé ese miedo. Nunca me sentí tan poderoso.
El aterrizaje fue perfecto, y también el ingreso a la casa. Corcho les fue sacando las capuchas uno a uno cuando estuvieron todos en el hall de ingreso. Les repartió las habitaciones y les mostró someramente la casa, y después vino a la sala de controles a disfrutar de la función.
- ¡Mirá boludo, mirá!
Corcho me atrajo del brazo hacia uno de los monitores. La cámara estaba ubicada en la ducha de una de las habitaciones.
- ¿Ese no es el “Lole”?, ¿me podés conseguir un autógrafo de él? Yo lo seguía mucho cuando estaba en la Fórmula Uno...
- ¿Qué hace ese otro tipo?
- Es el asesor. Se querrá bañar también. Pero... ¿qué están haciendo ahí los dos?
- ¡Grabá, boludo, grabá todo!
- No te puedo creer... ¿el “Lole”?
- Vos grabá. Ya tengo lo que necesitaba.
El rostro de Corcho viraba de la incredulidad a la repulsión.
Decidieron suspender las internas del peronismo, y autorizar a que cada uno de los candidatos fueran por su lado, con permiso para usar los símbolos partidarios. El PJ estaba intervenido y no habría forma de destrabarlo porque la jueza que lo había congelado pertenecía a la servilleta de Corach. De este modo podíamos presentar nuestros candidatos sin tener que desangrarnos en una interna que además alimentaría el desprecio de la gente. El resto de los partidos estaba fragmentado y también los radicales irían divididos. De ese modo cualquiera de nosotros que ganara, no tendría necesidad de enfrentarse a nadie más. Por las dudas me aseguraría de que los radicales tuvieran un candidato imposible.
- Marciano, tenés que ser vos.
- ¿Y desde cuándo tanto amor?
- Necesitamos una oposición previsible y con la que podamos dialogar. Vos decinos cuánto vas a necesitar.
Moreau se fijó una cifra demasiado alta considerando su realidad política. Logró que parte de los radicales se fueran del partido por derecha, acompañando a López Murphy, el ministro del incendio que avivó Cavallo. Otra parte se fue por izquierda, con Elisa Carrió, la pitonisa de las denuncias y profecías. Moreau se sentía dueño de la UCR y se imaginaba construyendo un frente que en pocos años lo hiciera presidente. Se cotizaba demasiado alto, pero ya habría tiempo para mostrarle su verdadero valor.
Duhalde se había decidido por De la Sota. Cuando lo midió en las encuestas encontró que estaba peor de lo que imaginaba, y que tenía un par de escándalos en puerta que podían tomar dimensión nacional. Había filmaciones que mostraban a una de sus legisladoras exigiéndole a sus empleados una parte de su sueldo y que trabajaran como domésticos en su casa. También, había filtrado fotos de la casa de su vocero, que tenía conexiones de electricidad clandestinas.
El gobernador cordobés había creado una fiscalía para investigar casos de corrupción, pero el tipo que había puesto allí malinterpretó su rol y se lo tomó en serio. Contribuyó a eso que le entregamos al fiscal una suma consistente y varios nombramientos en Buenos Aires. El funcionario, un hombre locuaz y deslenguado, denunció hasta a la esposa de De la Sota poco después de que éstos disolvieran su matrimonio de apariencias.
Tomé nota de dos cosas: este hombre, Luis Juez, podía sernos útil más adelante; pero también, que no tenía límites ni medía sus palabras. Resultó ser una excelente adquisición, porque ante la amenaza de nuevas investigaciones el gobernador lo echó de la función. Juez se encargaría de exhibir la miseria moral de su anterior jefe, y con eso le amputó su desangelada proyección nacional.
Apenas comenzó a circular el nombre de Reutemann en los pasillos de la quinta de San Vicente, le hice llegar a Duhalde uno de los videos que habíamos obtenido en el baño de mi casa en Uruguay. Lo hice a través de Gustavo Beliz, que también tenía expectativas presidenciales. Realista o no, Beliz contaba con el apoyo del Opus Dei y de gran parte de la derecha argentina, y aparecía como un hombre relativamente impoluto. Beliz también tenía contactos con los servicios de inteligencia, a través de los cuales accedió al video.
- ¿Quién carajo te dio esto, Gustavo?
- No importa. Ahí lo tenés a tu candidato. ¿Vos creés que esto no se va a conocer? En Santa Fe se hablaba de estas cosas, pero nunca lo creí. Te juro que ahora que vi ese video tampoco lo puedo creer. No te puedo decir el asco que me dan estas inmoralidades. ¿Quién creés que lo va a votar a este degenerado, ahora? ¿Fernando Peña?
Duhalde estaba furioso pero sabía que Beliz tenía razón. Me llamó a los gritos, y le juré en mil idiomas que yo no tenía nada que ver, que si al video lo llevó Beliz bien podía venir de los servicios que aún le reportaban al menemismo. Y que el mismo Beliz, tan atildado, era un quintacolumnista que a la primera de cambio podía traicionarlo. Le detallé la larga lista de lealtades que para este hombre eran más importantes que un presidente que nadie había votado y que se iría del gobierno sin pena ni gloria.
- Si querés tengo videos del suegro de Beliz recibiendo coimas. El coronel Miatello era el cajero de Matilde Menéndez, ¿te acordás? En el Ministerio de Salud...
- Andáte a la puta que te parió. Nadie me va a sacar de la cabeza que esto es cosa tuya.
Supuse que no me creyó, pero a sus íntimos les hizo saber que la extorsión era obra de Menem. Cuando le mostró el video a Reutemann. el santafecino se quedó demudado. La imagen duró sólo unos segundos, y el protagonista del video (uno de ellos, en realidad) salió del microcine de la quinta de Olivos descompuesto.
- El turco sigue siendo el mismo psicópata.
Asentí, sumiso como un monaguillo.
A pocos días del comienzo formal de la campaña finalmente Duhalde acogió a Kirchner. Le hizo prometer fidelidad absoluta, y la continuidad de la mayoría de sus funcionarios. El hombre del sur asintió a todo, en parte porque no podía rechazar la oferta y en parte porque tampoco tenía un equipo propio. Yo hacía rato que utilizaba los puertos patagónicos, y habíamos comenzado a invertir juntos en hoteles en el sur. Eran una magnífica plataforma para blanquear los dólares que tenía escondidos en mil lugares distintos, sobre todo porque el turismo internacional comenzaba a inundar la Patagonia de euros y dólares. Berni en persona me llevó a la residencia del gobernador en El Calafate. Estaban exultantes.
La campaña duró poco y fue deslucida. Nadie tomaba demasiado en serio lo que decía cada candidato, parecía que elegir un presidente era una molestia que había que tomarse cada tanto, como ir a comprar papel higiénico. Y del mismo modo, tanto uno como otro daban casi exactamente lo mismo.
Menem prometía volver a los noventa, Kirchner prometía un estado presente que no existía ni siquiera en Santa Cruz, Rodríguez Saá volvía como la reencarnación de un Mesías incomprendido y providencial. Por el radicalismo, Moreau logró espantar hasta a sus propios militantes, y cuando se dio cuenta de la trampa en la que había entrado quiso renunciar a la candidatura, pero era tarde. López Murphy prometía orden y progreso pero sin la alegría brasileña, y Carrió pretendía ser el Ganges que purificaría la nación. Todas las encuestas decían cosas distintas, y verdaderamente no se sabía qué podía pasar. El resultado estaba abierto, y uno podía tranquilamente apostar por cualquiera de ellos.
- Un asado a que gana la gorda.
- Vos vivís entre Punta del Este y Recoleta, Corcho. En el conurbano no la conoce nadie, y los votos están ahí.
- Sí, pero ahí los perucas van partidos en tres. La gorda en Capital se los morfa a todos.
Ambos perdimos, porque para nuestra sorpresa Menem ganó las elecciones con 24 puntos. Era evidente que los argentinos seguían creyendo en los salvadores de la patria, y votando por la nostalgia o las cuotas. Kirchner sacó 22 puntos, casi todos ellos en el conurbano y Santa Cruz. López Murphy y Carrió sacaron más de treinta puntos entre los dos, y sorprendieron a todo el mundo. Incluso el economista ganó en Córdoba, donde Menem parecía imbatible. Moreau rompió un récord infame: sacó apenas dos puntos, y firmó el certificado de defunción del radicalismo.
La segunda vuelta sería dentro de pocas semanas, el 18 de Mayo. Todos los pronósticos indicaban que los votos opositores a Menem se concentrarían en Kirchner. En un movimiento desesperado el riojano intentó pactar con Rodríguez Saá, pero el puntano creía, por alguna razón, que aquél tuvo algo que ver con el breve secuestro de su hijo que culminó en su renuncia a la presidencia un año antes. Las desconfianzas crecieron, y no hubo acuerdo. Cuatro días antes del ballotage, y después de versiones, rumores y desmentidas, Menem confirmó que renunciaba a la segunda vuelta. De este modo pretendería condicionar a Kirchner, que asumía con apenas el veintidós por ciento de los votos.
El traspaso del mando ocurrió el 25 de Mayo. Duhalde tenía que disimular su retirada vergonzante, y Kirchner necesitaba mostrar alguna imagen de alegría y esperanza, en un momento en que nadie creía en nadie. Me asomé a una de las ventanas del Congreso, desde donde se veían las oficinas de Moreau: estaban cerradas y a oscuras, como de luto. Me asomé a otra, que daba a la Plaza de los Dos Congresos: había banderitas por todos lados.

Capítulo 18: Un País en Serio


- ¿Vos no estabas con Grosso?
- ¿Y vos sos buchón o pelotudo?
Estaba a punto de trompearme con este tipo de bigotes prolijos que me estaba por presentar De Vido, hasta que el mismo anfitrión intercedió para calmar los ánimos.
- ¡Che, che, paren! ¡Parecen bataclanas, viejo! Dejensé de joder. Julito, mirá, éste es Guillermo. Un compañerazo que estaba retirado y el “Negro” Moyano volvió a traer al Movimiento. Guille, éste es Julio, un amigo que nos ayudó en varias. Ya te voy a ir contando. A ver si se toman un vino y calmamos los ánimos, che.
Así comenzó mi relación con Guillermo Moreno. Yo conocía a De Vido porque era quien manejaba los puertos de Santa Cruz, y quien me había permitido continuar con mis negocios sin tener que renegar con la gente de Ezeiza. De este modo, y asociándome a él, había contribuido a la campaña del flamante presidente. La recepción en la quinta de San Vicente era relativamente austera porque así lo había pedido Kirchner. Quería sondear la gente que tenía a su disposición y por eso no quería que los invitados se distrajeran comentando la calidad del champagne o de las ostras. La única muestra de cierta distinción fueron los platos de exquisita centolla patagónica que había ordenado Cristóbal, el empresario que se sentía dueño del toro campeón.
- ¿Te acordás cuando te dije que íbamos a llegar? Vos no me diste pelota...
- Te dije que entonces no era el momento, no que no iban a llegar. Y no me equivoqué. Ahora, ¿quién es ese imbécil que me presentó Julio? Me bardeó apenas le pregunté quién era.
- No sé bien, no es “pingüino”. Pero si lo trajo De Vido será por algo. Ahora acompáñame que te quiero comentar algo.
Nos apartamos hacia un rincón del parque, lejos del ruido y los brindis. Esperamos que invitados y anfitriones comenzaran a cantar la marcha peronista. Por enésima vez.
- Estamos preocupados, necesitamos repuntar rápido si no queremos ser un títere de Duhalde.
- Cristóbal, ¿vos te das cuenta de con quién estás hablando? ¿Para quién creés que trabajo?
- Julio, sos un tipo inteligente y entendés este juego mejor que nadie. Sabés que Duhalde nunca tuvo el control que tuvo el “Turco”, y si no se corre lo vamos a llevar puesto. El jefe va a ser Nestor, esto es así. Y vos lo sabés. Tomará un año, dos. Al “Cabezón” le vamos a respetar sus espacios y a “Chiche” también, pero él también sabe que se va a tener que correr. ¿Vos viste lo que le dan las encuestas? Está muerto. Ya está muerto.
- ¿Y vos qué querés?
- Que labures para nosotros. Canuto, como siempre. No vamos a romper ahora, es más, vamos a mantener a casi todos los ministros. Vas a tener los negocios que quieras.
- Llamame el lunes.
El presidente Kirchner asumía como apenas una marioneta de Duhalde, y era cierto que debía reinventarse si quería comenzar a construir poder. Aunque no lo aceptara frente a López, yo debía admitir que el empresario tenía razón, y hasta el caudillo bonaerense sabía que le esperaba un letargo y la paulatina extinción de su poder; a lo sumo podía demorar ese proceso algunos años. El problema consistía en cómo demostrar ante los argentinos desahuciados que el hombre de Santa Cruz no era más de lo mismo. Iba a tener que buscar nuevos socios.
- Julio, nosotros no tenemos nada que ver con todo eso, ¿de qué me estás hablando?
- No hay muchas opciones, Cristóbal. Si Nestor se muestra tal como fue en Santa Cruz, no llega al año de gobierno. No creo que la gente se banque que el gobierno se mueva un paso más a la derecha. Así que te queda un sólo camino si querés lavarle la cara. Lo que te ofrezco es tratar de acercar a los piqueteros, y a esa gente que está con ellos. Estructurarles un plan que los saque de las calles y permita decir que el tipo les generó trabajo y además eliminó los piquetes. Sumás por izquierda y por derecha, y sobre todo, gobernás tranquilo, sin quilombos.
- Pero no tenemos a nadie con contactos ahí.
- Sí tenés. Berni operó con un montón de organizaciones los quilombos del 19 de diciembre. Llamalo y armemos una agenda para ir a ver a estos tipos. No te conocen ni a vos ni a mí, ¿cuál es el problema? ¿Que nos digan que no? Los cagamos a palos...
- …
- Pero hay más. Tendría que mostrarse con la gente de los derechos humanos, de los desaparecidos, esa gente. Son los únicos dirigentes que no están golpeados y tienen buena imagen. O por lo menos no tienen mala imagen.
- Nah, lo que faltaba... que llamemos al zurdaje para sacarnos una foto.
- Cristóbal, no entendés. Ustedes llegaron sin votos y de la mano de un tipo que el ochenta por ciento de la gente repudia. Los sindicalistas están partidos y son una mafia sin conducción. El peronismo partido en mil pedazos. Ustedes no manejan la policía ni el ejército. ¿Me querés decir de dónde carajo van a construir poder? Está todo licuado. Hay que empezar de cero. Inventar otra cosa, otra fuente. Si te quedás con la foto de siempre estás perdido, porque es una foto del pasado.
- ¡Ah!, ¿y vos me decís que sacarme una foto con las Madres de Plaza de Mayo es el futuro?
- Sí, ¿o conocés otro dirigente que pueda salir a la calle sin custodia para que no lo linchen? Además están regaladas, viejo. ¿Te acordás cuando se juntaron con el Adolfo? ¡Semejante payaso, y lo trataron como a un duque! Tirales unos mangos para su fundación o para lo que puta sea, y te aseguro que se juntan para la foto. Que Nestor les dé un abrazo, les prometa boludeces, lo que sea, pero que se saquen la foto. Ahí nomás de arranque tenés adentro a la pendejada que sale a romper las bolas todos los 24 de Marzo. Ese día es el cumpleaños de mi hija, no hay una puta vez que podamos hacer algo tranquilos sin tener que bancarnos las marchas y esas boludeces.
- Pero ya dijeron que Nestor le parecía la misma mierda que los demás...
- ¿Y a vos qué te importa? Si les ofrecés algo concreto y les das un poco de espacio, te van a adorar. Y sumás por todos lados. ¿O vos creés que esa gente no sabía qué tipo de sorete era Rodríguez Saá? Y lo abrazaron igual.
- Pero pará, ¿vos no habías laburado para los milicos?
- ¿Y? ¿Vos creés que alguna vez alguien me miró el currículum?
- Digo, por si tenés amigos ahí...
- A mí nadie me preguntó si quería laburar para ellos. Y tampoco hablo de mi pasado ni de mis amigos.
- Bueno, no sé. Esas cosas hablalas con el “Chino” Zanini, el bolche de la pingüinera era él, no yo...
Hablé con Zanini. Era un tipo astuto y con una formación analítica muy precisa. Lo había visto alguna vez en Santa Cruz, pero le gustaba mantenerse como un monje negro y cultivaba el misterio aun cuando había sido un funcionario relevante. Y además era el único que podía discutir sobre algo más que roscas y negocios. Sin sorprenderse, acordó que debían crear una imagen distinta de la que tenía el gobierno hasta ese momento, y que había un espacio vacante en el “campo progresista”. Después de la caída de De la Rua, los progres que quedaban en el Frepaso se habían escondido debajo de la cama o habían migrado a otros espacios; habían dejado ese espacio vacío para que lo ocupe cualquiera. Literalmente cualquiera.
Llamé a Schocklender, me presenté como un flamante funcionario interesado en los derechos humanos. “Sé quién sos, Carré. ¿Qué querés”. Así comenzó nuestra conversación, lo que me evitó tener que dar largos tanteos y usar eufemismos.
Me escuchó en silencio, fumando un cigarrillo negro detrás de otro. Solía tirarme el humo en la cara, nunca supe si por descuido o por desprecio. Le expliqué sobre la necesidad de dar un viraje en el gobierno y comenzar a apartarnos de algunos actores que hasta ese momento monopolizaban el tablero político. Después de un rato de mirarme en silencio, habló. Puso un precio, y exigió además que lo recibieran Nestor y De Vido.
- Queremos hacer casas en las villas, pero sin intermediación de los gobernadores ni la mafia de la obra pública.
Me explicó en detalle su plan para construir casas con materiales y procesos más económicos y de mejor calidad que los que se usan habitualmente para las viviendas sociales, y me dijo qué necesitaba. Me levanté de la mesa cuando se encendían las luces de la plaza del frente, y casi simultáneamente, en el bar de la fundación de las Madres de Plaza de Mayo. Cuando lo despedí supe que este hombre, tosco y antipático, era uno de los tipos más inteligentes con los que había negociado.
Era imposible en ese momento gestionarle una entrevista con el presidente, pero sí logramos que atendiera a Hebe de Bonafini, la conductora de la fundación y dueña de los pañuelos. De Vido, en cambio, recibió a Schocklender. Éste tenía un plan decidido, pero carecía del capital para concretarlo. Le ofrecí asociarnos, siguiendo un impulso de intuición y curiosidad: armaríamos una empresa juntos, yo pondría el capital inicial y él las ideas y el desarrollo. Después, la fundación de las Madres lo contrataría como proveedor de materiales, con fondos provistos por De Vido.
El día que fuimos a la escribanía para buscar el contrato de nuestra sociedad, Schocklender lucía desgarbado como de costumbre, pero con un brillo de optimismo casi infantil en sus ojos. Nos cruzamos en la puerta con dos ancianas que guardaban en sus carteras, cada una, un billete de cien pesos. Eran las socias y accionistas que habíamos alquilado para constituir la empresa. Dos mujeres que sacamos de una unidad básica, nos prestarían sus nombres por unos pesos, y volverían al barro. Noté, cuando finalmente pasamos al despacho de la escribana, que tenía sobre su escritorio una foto con un rostro que me pareció vagamente familiar. Reconocí de inmediato al hombre que sonreía a su lado. “Carajo”, pensé, “esta mina es la esposa de Moreno”.
- Ah, seguramente lo conoce a Guillermo, mi marido.
- Sí, señora, he tenido el gusto.
Salimos de la escribanía con las escrituras de Meldorek, el nombre que alguien había elegido para nosotros, y un poder para gestionarla. De inmediato comenzamos a buscar un lugar para construir la fábrica de paneles que usaríamos para construir las casas. Gestioné con De Vido un “adelanto” para instalar la fábrica y comenzar a capacitar a los trabajadores, pero a pesar del ímpetu de Sergio las viviendas no estarían listas hasta dentro de bastante tiempo.
Mientras tanto habíamos logrado lo que pretendimos: el gobierno de Kirchner comenzó a dar sus primeros pasos referenciándose en la agenda de derechos humanos, aprendiendo rápidamente un discurso que les había sido prolijamente ajeno durante toda su vida. Ayudaba mucho que su esposa tuviera buena oratoria, y podía defender con igual convicción tanto el indulto para los militares como la necesidad de iniciarles nuevos juicios. De hecho, en algunos juzgados volvieron a citar a algunos militares de pasado escabroso.
Llamé a Escudero -que había vuelto a ser Astiz para allegados y ajenos- para ponerlo a resguardo, pero en lugar de exiliarse en “El Entrevero” prefirió quedarse y convertirse en un mártir de los marinos y de la patria procesista. Además, me insultó por formar parte de este gobierno “lleno de Montoneros”. Allá él, si creía en lo que decían los diarios...
El invierno nos atenazaba entre cortes de energía y las primeras internas palaciegas. El gas y la electricidad escaseaban, y me preguntaba cómo haría la gente que depende de los suministros del Estado para sobrellevarlo. “Alguien debería hacer algo con eso, pensé, pero es área de De Vido”.
Roxi protestaba por los aumentos en los gastos comunes de nuestro piso, porque los generadores de electricidad funcionaban todo el día para suplir la falta de energía. Mi mujer no tuvo ningún interés en pensar cómo lo podría estar pasando la gente que no tenía generadores. A decir verdad, yo tampoco tenía mucho tiempo para pensar esas cosas.
Comenzó a llamarme Magnetto, con insistencia, y me sacó de mis cavilaciones. Me decía que el gobierno no le estaba dando lo que había prometido y los bancos le mordían los talones. La ley de quiebras permitía que los acreedores pudieran quedarse con parte del capital de sus deudores como pago de la deuda, aunque eso implicara desarmar grupos empresarios y admitir que extraños se metieran en los directorios de sus empresas. Tuve que retomar un proyecto de ley que en su momento había garabateado Moreau para congraciarse con el jefe de Clarín, y prometer que lo estudiaría con cuidado. No había mucho para hacer.
O sí. Logramos aprobar la ley de preservación de bienes culturales, que en lo sustancial impedía que los medios de prensa cayeran en manos extranjeras. Este nacionalismo de cotillón servía en realidad para frenar a los bancos foráneos que veían nuevas oportunidades en el mercado argentino, y de paso nos permitía conservar el control sobre los medios.
Siempre se habían girado sobres suculentos a los diarios y canales de televisión, y esa práctica quedaría dificultada si los administradores de los medios comenzaban a responder a las normas europeas y norteamericanas sobre transparencia de la prensa. En verdad, todos los medios reportaban a los gobiernos o las empresas, pero por alguna cuestión mitológica en Argentina mantenían una pretensión de neutralidad e independencia en la que casi nadie creía.
Después de la promulgación de la ley hubo una recepción en Olivos. Magnetto estaba exultante y prometía fidelidad y amor eterno a Kirchner; Escribano, el director de La Nación, incluso acompañó con su cucharita de helado los acordes de la marcha peronista que entonaron los comensales. Yo no recordaba una escena así desde la época en que Menem había incorporado a los Alsogaray al peronismo. Lo cierto es que en aquél momento, casi quince años antes, hasta el patriarca de la oligarquía argentina siguió son sus manos esos mismos acordes que cantaban ahora los funcionarios del gobierno.
Tampoco resultaba fácil recordar un momento en que la prensa haya sido tan benévola con un gobierno. O sí: durante los primeros años de la Convertibilidad, Menem fue algo así como un Mesías iluminado. Todo tiene que ver con todo, pensé, y algunas cosas son siempre las mismas. Algunos rostros, también.
Hasta ese momento Duhalde creía tener parte del control del gobierno, porque yo estaba conteniendo los impulsos de los kirchneristas de salir a comprar dirigentes del Conurbano. Entendieron que hasta que no tuvieran una buena cantidad de dinero para comprar a diez o doce intendentes importantes, sería contraproducente generar un enfrentamiento en el que Duhalde aún podía hacerles mucho daño.
Además yo tampoco podía saltar tan abiertamente de un espacio al otro, porque mis negocios con el “paco” eran conocidos por Duhalde y sobre todo por su esposa, que seguía manejando a las “manzaneras”. De a poco fuimos renovando el plantel de proveedores, de modo de que pareciera el retiro de una organización y la llegada de otra. Aprovechamos la situación para fingir un enfrentamiento entre bandas y liquidar a un par de vendedores que se habían vuelto adictos y nos comenzaban a robar.
Los remates de propiedades habían comenzado a secarse, pero para fin de año yo ya había acumulado casi doscientos inmuebles en pocos años, lo suficiente como para poder blanquear ingresos sólidos. Armé otra sociedad anónima, nuevamente con la firma de la esposa de Moreno, certificando mi condición de empresario inmobiliario.
Ese año volvimos a Punta del Este, a la casa de Corcho. Nadie más sabía de mi casa en José Ignacio, más que él. Quería estar cerca para preparar algunas entrevistas con dirigentes opositores, yo tenía una idea en mente y necesitaría tiempo para concretarla. El año nuevo se presentaba venturoso y por primera vez en mucho tiempo parecía haber expectativas serias de que el país comenzaría a funcionar regularmente, pero había que aventar cualquier riesgo de inestabilidad que pudiera poner en peligro ese crecimiento.
De vuelta en Buenos Aires comencé a tener problemas con Gustavo Beliz, de quien ya me había liberado una vez. Ahora estaba en el Ministerio de Justicia, y desde allí intentaba indagar acerca de mis movimientos. Por alguna razón creía que yo tenía algo que ver con el ministro de Salud, quien había lanzado un plan de medicamentos genéricos para facilitarle al gobierno la compra de remedios. Esta movida había enfurecido a los laboratorios, que presionaban a Beliz y lo amenazaban con dejar de financiarlo.
Pero fundamentalmente lo irritaba la posición abiertamente proclive a despenalizar el aborto y promover la educación sexual que intentaba llevar adelante su colega Ginés García. Beliz había intentado aplacar los ímpetus de su formación católica, pero ahora, además de los laboratorios lo presionaban sus amigos del Opus Dei.
- ¿Sabés cómo le decíamos en los ´90? “Zapatitos blancos”. Nunca quiere pisar el barro, y patalea desde afuera.
El ministro de Salud me miraba risueño. Me simpatizaba ese gordo bonachón, era un tipo al que uno intuitivamente invitaría a comer un asado. Me había pedido que lo ayudara a contrarrestar los embates de su colega en el Ministerio de Justicia, y de alguna manera me daba una excusa para buscar la forma de sacármelo de encima.
Mientras tanto, teníamos problemas para instalar la imagen de un presidente que se tomara en serio las cuestiones de derechos humanos, y tuve que viajar dos o tres veces a silenciar a opositores santacruceños que amenazaban con contar la historia de los Kirchner durante la dictadura. Necesitábamos un gesto urgente, que fuera más allá de los discursos.
El 24 de Marzo estaba pautado que el presidente iría al Colegio Militar a dar un discurso relativo al golpe de Estado de 1976. Al atravesar la Galería de Directores, donde se exhibían los cuadros de todos los que habían conducido el Colegio, se detuvo frente a dos de ellos. En ese momento, ante los fotógrafos y camarógrafos oficiales, el presidente le pidió al Jefe del Ejército que descolgara los cuadros de Videla y de Bignone.
El encuadre de las fotos fue perfecto, y la filmación, elocuente. En menos de diez minutos estaban en las ediciones de internet de los principales diarios, veinte minutos después el hecho se comentaba en los noticieros de televisión, y los diarios de esa tarde y los días siguientes no dejarían de propalarlo sin tregua, junto con fragmentos del discurso presidencial.
Nadie se preguntó cómo es que justo había en ese lugar una escalerita a la que se subió el General Bendini para poder descolgar los cuadros, ni la naturalidad con la que éste cumplió la orden. Tampoco nadie se preguntó por qué Kirchner decidió dar un rodeo entre la entrada del edificio y el patio donde daría su discurso, para atravesar ese pasillo que le quedaba a trasmano. Ni por qué las cámaras siguieron al presidente en esos pocos metros irrelevantes, ni cómo es que lograron ubicarse para lograr encuadres perfectos de manera tan rápida, como si hubieran previsto lo que ocurriría.
La operación fue perfecta, y hasta los editoriales hablaron del gesto “espontáneo” del Presidente. La gente de Página 12 puso algunos reparos para usar ese término porque la puesta en escena era demasiado burda, pero una llamada oportuna a su dueño terminó de clausurar esos pruritos.
Solamente Alfonsín se había ofendido cuando Kirchner pidió perdón por el silencio del Estado durante esos treinta años, pero para ese momento lo único que se remarcaba de la gestión del radical eran las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, obliterando convenientemente el Juicio a las Juntas.
Alfonsín, esa molestia incombustible, intentó algún pataleo afirmando que su afamado juicio había sido una gesta inédita y solitaria, enfrentando la hostilidad del peronismo que rápidamente se plegó a la reacción “carapintada”. Razón no le faltaba, y tuve que trabajar horas extras para evitar que le dieran espacio en la televisión. Nosiglia solamente pudo comprar algunos recuadros en un par de diarios, pero para cuando lograron publicar la diatriba del radical, ya había pasado el momento y todo el mundo hablaba de otra cosa. Todo el mundo hablaba de los gestos de Kirchner.
Ese mismo acto sirvió para transparentar la fractura inminente con los Duhalde y los gobernadores que aún les eran fieles, porque acordamos con los dirigentes de derechos humanos que mencionarían a la Triple A y la participación de la derecha peronista en la represión de los setenta. Alfonsín había restringido su revisión del pasado solamente a lo ocurrido a partir del inicio del Proceso, en un intento de negociar con el peronismo la inmunidad por gobernabilidad. Recién en 1986 logró extraditar a López Rega, cuando advirtió que todos sus gestos hacia el peronismo (hasta perdonarle las deudas a “Isabelita”) serían inútiles.
Pero ahora necesitábamos comenzar a reflotar esa parte de la historia, porque había una larga lista de dirigentes comprometidos en masacres varias que se habían “reciclado” en democracia y los teníamos enfrente. Duhalde encabezaba la lista. Nestor no estaba lejos, él mismo se había enriquecido gracias al ejército y los bancos, pero nos encargaríamos de esconder esas cosas bajo la alfombra.
Astiz me llamó indignado, y apenas pude calmarlo explicándole que el gobierno atacaría también a algunos peronistas que habían operado en aquella época. No era suficiente, me consideraba un traidor por trabajar para los Kirchner.
- Dejá de hablar boludeces, Alfredo. No sabés la cantidad de amigotes tuyos que están laburando acá adentro. Yo te ofrecí borrarte, y te lo ofrezco de nuevo. Si querés, te saco de ahí en dos horas, y desayunás en Miami.
- ¡Andate a la puta madre que te parió, Roberto!
Más no pude hacer. Sentí cierta pena por Astiz, a quien le habían diagnosticado un cáncer de páncreas, pero él también había jugado sus cartas. Y había perdido.
Comenzó a corroerme otra urgencia: saber dónde estaba Adriana, la mujer por la que me habían desaparecido en 1976. De las carpetas que pude robarme en esos días atormentados del interinato de Ramón Puerta no pude saber mucho más que su nombre en clave y el alias que usó en el diario. Necesitaba algún contacto que trabajara en Inteligencia Militar, una de las áreas más celosamente guardadas. Finalmente accedí a su legajo.
Esta mujer se había ido a Paraguay hacia finales de la dictadura, y regresó en algún momento para instalarse en la Patagonia. Había regenteado prostíbulos de lujo en Río Gallegos y Comodoro Rivadavia, desde donde obtenía información de calidad sobre los políticos, empresarios y curas que frecuentaban sus negocios. La extorsión había sido un trabajo redituable, pero había decidido volver a trabajar para inteligencia militar. Se había infiltrado ahora en las Madres de Plaza de Mayo pretendiendo ser la hermana de un desaparecido.
Se me heló la sangre. Esta mujer podía saber bien quién era yo. Caí en la cuenta de que yo había estado buscándola, pero que ella ya me podía haber encontrado. En las fotos más actuales se veía como tantas otras mujeres de mi edad que me había cruzado por los pasillos de la Fundación cuando iba a reunirme con Schocklender. Entendí que el pasado es un cuento mal contado, que vuelve a empezar una y otra vez, y cada versión es apenas un poco peor que la anterior.
Llamé a Sergio, haciendo un esfuerzo sobrehumano para tapar mi angustia. Me preguntó si ya había salido la aprobación de los planos de las casas. Le dije que no, pero que necesitaba hablar con él urgentemente, fuera de la Fundación. Le envié por mensaje de texto la dirección del café donde lo cité. Por primera vez me sudaban las manos al empuñar la Beretta.
- No sé cómo contarte esto. Hay una mina que creo que se les infiltró. Servicio naval, o del ejército. Es muy peligrosa, Sergio.
- ¿Quién es?
Le alcancé una fotocopia de su foto, su nombre y su rol actual. Schocklender me miró con los ojos gélidos. Después, simplemente largó una carcajada.
- ¿Me estás cargando? Es una broma, ¿no?
Me comenzó a correr un sudor frío por la espalda, adiviné que me había puesto pálido. Le retiré la fotocopia tratando de disimular el temblor de mis manos.
- Es mi tía. Negocios familiares. Esto queda acá.
Se levantó para irse. Antes de que yo dijera nada, me volvió a mirar con esa misma mirada helada.
- No pasa nada, Carré. Algún día me vas a contar por qué estás tan cagado. Como si hubieras visto un fantasma...
- …
- Avisame si sale la aprobación, ya tenemos placas para cien casas.
Volví a casa apesadumbrado. Roxi me esperaba para quejarse de la libreta de calificaciones de Robbie, pero quedaba claro que no se atrevía a retar a mi hijo de frente. Durante estos años habíamos ensamblado una convivencia razonablemente feliz, en la que cada uno hacía lo que le parecía sin preguntar demasiado y sin mirar al costado, pero había grietas ocultas que en algún momento deberíamos comenzar a explorar.
Mi hijo estaba recluido en su habitación, con llave. Llamé varias veces pero no me respondió: asumí que estaría abstraído con los auriculares de su equipo de música. Salió de la habitación un rato más tarde, y lo encontré en la cocina.
- Robbie, ¿se puede saber qué te pasa?
- Nada...
- Ahá, ¿y eso de encerrarte en tu cuarto y no responder a los llamados?
- No te escuché.
- Dejate de pavadas. ¿Qué pasó en el colegio?
- Nada.
- Roxi no opina lo mismo. Y yo tampoco. Tu libreta es un desastre. Te pregunto de nuevo, ¿se puede saber qué te pasa?
- No me rompas las bolas, viejo...
- Escuchame mocoso, vos a mí me vas a respetar, ¿está claro? Ahora explicame por qué esas notas. Yo no te pido que te saques diez en todo...
- Me tiene harto ese colegio.
- ¿Y se puede saber por qué? El señorito va a uno de los mejores colegios de Buenos Aires, tiene todo lo que quiere, pero está harto del colegio...
- Estoy harto de que me traten como el hijo del mafioso, eso pasa.
Me di cuenta de que iba a cachetear a mi hijo cuando ya lo había hecho. Robbie me miró azorado: jamás le había levantado la mano. Ni a él ni a nadie de mi familia. Corrió de nuevo a su habitación, yo me quedé temblando, pálido en la cocina, humillado. Apareció Roxi, que obviamente había escuchado la última parte de la conversación.
- Sos un pelotudo. Y tu hijo tiene razón, yo también me cansé de que me miren como a la mujer del mafioso...
Se fue a la habitación de Esperanza, que le pedía que le leyera un cuento.
Volví a sentirme como durante la adolescencia, cuando era un extraño perpetuo, el que nunca encajaba en ningún grupo. Volví a sentirme afuera de todo y ajeno a la gente que me rodeaba. Salí al balcón, para hermanar mi intemperie con la llovizna que agrisaba Buenos Aires.
Había vivido casi toda mi vida como un pasajero sin boleto, y a pesar de que ahora era uno de los dueños del tren, seguía siendo un polizón, un intruso. ¿Pero era acaso un dueño del tren?, ¿o era apenas el que limpiaba las letrinas de gente más poderosa, un amanuense armado de los señores que almorzaban con Mirtha y sonreían desde los afiches?
Me había acostumbrado a esto, acaso porque me sentí respetado. Pero, comprendo ahora, respetado como un sirviente fiel y eficiente. Acaso Corcho era el único que me veía como un par, un sobreviviente esforzado de esta farsa de sangre y mierda que los mapas llaman Argentina.
- Robbie, perdoname. Quiero que hablemos hijo, voy a estar en la biblioteca.
Esperé a mi hijo durante un par de horas, deambulando entre mi sillón de lectura de cuero Connolly y los estantes de nogal donde reposaban libros que en su mayoría jamás había leído. No al menos en esta vida, tal vez sí cuando era joven y tenía otro nombre y estudiaba periodismo. En algún momento me dormí, vencido por la culpa, la impotencia y el whisky. Al día siguiente hicimos de cuenta que éramos una familia normal: nadie estaba dispuesto a renunciar a la prosperidad provista por este mafioso, bastante nos había costado renunciar a los Mercedes.
El trabajo para consolidar el poder de los Kirchner nos obligó a todos los operadores a redoblar nuestra agudeza y nuestra capacidad de daño: yo aún reportaba a Duhalde pero sólo por tiempo parcial. Durante el resto del tiempo aprovechaba la llegada a su entorno político más íntimo para buscar las grietas y construir las fracturas. Duhalde nunca me había gustado, y no me molestaba ser uno más de los que lo traicionarían. Reconocí con gratitud su ayuda para mis negocios, pero era claro que el “Cabezón” nunca sería dueño de la Argentina como había sido Menem. Y como sería Kirchner.
Me llamó Aníbal.
- Carré, no te voy a andar con vueltas. Vos y tu suegro aparecen en todos los reportes sobre narcotráfico que tenemos acá en el ministerio. Las primeras movidas, la merca en las expendedoras de Coca, el “paco”.
- Ahá. ¿Y qué pensás hacer con esas carpetitas? Sabés que tengo un archivo prolijo de cómo me han ayudado los compañeros.
- No te estoy amenazando, Julio, así que metete tu respuesta en el orto.
- Qué fino, el Señor Ministro...
- Escuchame pelotudo, no te cité para estas boludeces. Ahora atendeme antes de que me arrepienta y te saque cagando.
- Soy todo oídos, Aníbal.
- El sarcasmo también metetelo en el orto. Mirá, yo tengo bien claro que estás serruchando al “Cabezón”, pero son las reglas del juego. Tarde o temprano iba a pasar. Pero acá tenés que entender que no podes ir a matar o morir como quieren los “pingüinos”. Ellos son una “orga”, son una mesa de cuatro o cinco y el resto somos verdurita. Vos también. Y yo también. Somos fusibles. Nos usan y nos tiran. Mientras tanto tenemos que bancar el gobierno con todos adentro porque si no esto se quiebra. En otras palabras: necesitamos un marco de racionalidad y que no nos caguemos a tiros entre nosotros. Los “pingüinos” contra el resto del gobierno.
- ¿Y qué necesitás de mí?
- Que no te prendas en cualquier pelotudez para torpedear a ninguno de los que venimos de la Provincia. Nuestras promesas de amor eterno acá no valen ni un chirlo en el culo. Por ahora seguimos de luna de miel, pero a la primera de cambio van a hacer volar cabezas. La mía, la de Alberto, hasta la de Lavagna. Yo te pido que a mí no me rompas las pelotas. Y de ser posible, a ninguno de nosotros.
- Ahá. Hasta ahora no estoy encuadrado, hice un par de cosas para De Vido porque...
- …ya sé qué negocios tenés con Julio, y no te los voy a cortar. Hacé la tuya. Pero políticamente no quiero puteríos. Quiero que labures para mí.
- ¿Y cómo es eso?
- Simple: hacé lo que se te cante, y cuando te pida una mano, quiero que lo hagas. No voy a pedirte que te pelees con Julio, al contrario: con él me llevo bárbaro. Y si en algún momento la cosa se pone jodida no te pondré a vos al medio. Pero necesito un tipo de confianza para algunas cosas.
- ¿Qué tipo de cosas?
- Vamos a la cochera y te cuento.
El negocio era más que interesante. Manejar los medicamentos y algunos químicos que podíamos exportar a México, como la efedrina. Un mercado creciente pero aún sin un dueño concreto. Había que armarlo, generar las organizaciones y los contactos y encontrar la gente adecuada. El Ministerio del Interior miraría oportunamente para otro lado. El Ministro del Interior, no.
Me dediqué laboriosamente a construir la organización, y el mismo Aníbal me contactó con un “sobrino del corazón” que sería sus ojos en la operatoria. Ricardo tenía sólo 26 años pero cierta experiencia trabajando para laboratorios que proveían al gobierno. En poco tiempo conectamos y monitoreamos toda la importación de efedrina que se trae desde la India, y establecimos a quién venderle y a cuánto. El chico era realmente listo.
Trabajar con dos productos a la vez, y sirviendo a dos jefes potencialmente enfrentados es la receta perfecta para el desastre, así que debería optar por retirarme de alguno de ellos. Uno era una mina de oro, el otro podía serlo, pero aún no estaba del todo instalado. Por el momento contaba con que De Vido no se enterara de mis acuerdos con Fernández, pero en algún momento próximo tendría que transparentarlo.
De todos modos, mientras siguiera acercando a los caciques del Conurbano, todo estaría en orden. Hacia fin de año ya teníamos una fuerza más que consistente, y confiaba en poder acrecentarla durante el año siguiente. Mis negocios con Schocklender iban maravillosamente bien, y finalmente logramos la bendición del Ministro de Infraestructura. Sin embargo, recién contaríamos con los fondos después de las elecciones. Acordamos destinar el año a planificar la compra de los terrenos y preparar al personal que trabajaría allí.
Mientras tanto adquirimos una empresa que hasta entonces había sido de Corcho, y que aún tenía a su nombre el avión con el que iba y volvía entre San Fernando y Punta del Este. También estaba su yate en el inventario. Corcho quería vender la empresa porque había usado ese nombre por varios años, y necesitaba comprar otra identidad cada tanto. Y de paso, renovar su avión por uno más grande. Yo comencé a arrepentirme de mezclar mis bienes con un socio fortuito: Sergio me había caído bien de inmediato y me inspiraba confianza, pero yo jamás seguía esos impulsos. ¿Sería que me estaba reblandeciendo?, ¿o que esta iniciativa de las casas para los pobres sería una forma de compensar otras cosas que me pesaban en la conciencia?
No. Simplemente quería tener algo decente para mostrarles a mi hijo y mi mujer, una forma de decirles que el poder y el dinero podían servir para esto, aunque uno tuviera que mirar hacia otro lado para no ver de dónde venía ese dinero, y por qué.
Les conté sobre el proyecto, tratando de calcar el entusiasmo que veía en Schocklender. Construir casas para gente pobre desde la fundación de las Madres de Plaza de Mayo. A Robbie le gustó la idea. A Roxi no tanto, porque detestaba a todo aquello que tuviera alguna relación con los guerrilleros que habían matado a su madre y convertido a su padre en un cazador de hombres. Pero decidió que por lo menos se trataba de una buena causa: esa noche volvimos a hacer el amor después de varios meses.
El año terminaba, y fuimos a pasar las fiestas al caserón de Nordelta. El día antes de fin de año Robbie me pidió plata para ir a un recital de rock con sus amigos del colegio; se suponía que ir a escuchar bandas mediocres y emborracharse con cerveza barata es parte de los rituales de iniciación de los adolescentes. Estuve tentado de decirle que no, pero no iba a querer tener una cena de Año Nuevo con un clima bélico. Además quería que mi hijo pudiera mostrar a sus amigos que su padre, el mafioso, era un tipo agradable. Los llevé, a los cuatro chicos, en mi auto. Mientras manejaba toleré, con paciencia budista, la música horrible de la banda que irían a ver.
Apenas había alcanzado a regresar a Nordelta cuando me llamó Robbie desesperado. Pensé que le habían robado, o que se habían peleado con alguien. A gritos, llorando, me dijo que el lugar se estaba incendiando, que él y dos de los chicos habían podido salir, pero que no encontraban al otro. Di vuelta sobre la misma avenida de acceso y volví a la Avenida Rivadavia. Manejé como un poseído, hasta que casi atropello un auto que se me cruzó en Libertador. El susto y los insultos de la gente del otro auto me ayudaron a reaccionar: mi hijo estaba bien, me había podido llamar por teléfono. Llegué a Once, a la misma esquina donde había dejado a Robbie una hora antes.
Donde antes había grupos de chicos cuidadosamente desharrapados, congregados en barras, tomando cerveza de la botella y fumando porros baratos, ahora había un caos de ambulancias, móviles de televisión, policías, y miles de chicos desesperados. Encontré a mi hijo con sus amigos, rodeando a un paramédico que se afanaba sobre otro chico tendido en la calle. No entendí lo que estaba pasando, hasta que el paramédico dejó de atenderlo y miró a su asistente. “Nada más que hacer, vamos al próximo”. Abracé como pude a los tres chicos, que dejaron de ser jóvenes arrogantes y volvieron a ser niños ateridos por la muerte cercana: su amigo tendido en el asfalto, inmóvil frente a ellos.
Un rato después saqué mi teléfono para llamar a Roxy, que me había llamado cincuenta y dos veces. Cincuenta y dos llamadas perdidas.
- Robbie está bien, mi amor, acá está conmigo. Pero uno de los chicos se murió. Esto es un quilombo y no entiendo nada.
Llamé a los padres del chico, que estaban buscándolo entre los que sacaban del teatro, o lo que fuera ese antro humeante. Nos encontraron, entre tanta gente. Por primera vez en mucho tiempo me desmoronaba la angustia de tipos como yo, gente a la que no le falta nada hasta que le falta un hijo. Nos quedamos junto a ellos, y junto a ellos nos encontraron los padres de los otros dos pibes. Creo que lloramos todos, junto a ese adolescente enfriándose en la calle Jean Jaurés. Lo retiraron a las tres de la mañana, apenas alcancé a lograr que no lo llevaran a la morgue y que esa gente pudiera hacer los trámites directamente en una sala velatoria. Cuando Robbie entendió que esa gente necesitaba estar sola volvimos a casa.
Salieron a recibirnos Roxy y mi suegra. Esperanza corrió a abrazar a su hermano, y hasta Corcho, que estaba en la casa, tenía los ojos enrojecidos. Amanecía en Buenos Aires, comenzaba uno de los días más tristes que yo recordara. No quisimos ver televisión, ni los diarios. No logramos dormir en absoluto, y esa misma tarde acompañamos a mi hijo al velatorio de su amigo. Algo se estaba quebrando, no podía soportar la idea de la muerte de un chico como Robbie, y menos de una manera tan absurda. No se trataba de un delincuente, o un mafioso, alguien que podría tomar su muerte como una mera incidencia laboral. Volvimos a casa cerca de las once. Comimos unas pizzas y nos fuimos a dormir.
El primero de enero me llamó Sergio, que creyó verme en algún paneo rápido de la televisión. Le pedí que no lo divulgara, pero que mi hijo había estado allí, que no le había pasado nada, pero que un amigo de él había fallecido.
- Tu hijo es un sobreviviente, Julio. Va a tener que aprender a vivir con eso, y no le va a ser fácil. A vos tampoco.
- Ya lo sé, Sergio, yo también soy un sobreviviente.
- …
- Nada, dejalo ahí. Me voy a prepararles un asado a los chicos, que hoy viene todo el curso de Robbie. Están destrozados los pendejos.
- Imagino. Che, si necesitás, mi mujer está disponible, es psicóloga. Es muy buena, no lo digo porque sea mi mujer. Pero te puede ayudar. Y sobre todo al pibe.
- Gracias viejo, lo voy a tener en cuenta.
- Mandale un abrazo fuerte al pibe...
- Gracias che, será dado. Te mando un abrazo.
- Abrazo, loco.
Miré a mi alrededor. Robbie, Roxi y Corcho, mi suegra. Todos habíamos perdido algún ser amado, de manera violenta o injusta. Éramos todos sobrevivientes, qué joder. Puta si era difícil serlo. Esperanza vino a abrazarme, y recién en ese momento me di cuenta de que estaba llorando de nuevo. La abracé y la alcé como cuando era una bebé, y salimos a la galería a preparar las hamburguesas. Mi hija era el último bastión de la inocencia, tendría que protegerla como no había logrado proteger al resto de mi familia. Media hora más tarde comenzaron a llegar los amigos de Robbie.
Unos días después del asado, Robbie y sus amigos se fueron a Pinamar. Les alquilé una casa inmenso donde dormirían entre ocho y diez adolescentes, y a su manera harían su duelo. Me aseguré de que no les faltara nada ni corrieran ningún riesgo, y mientras tanto con Roxi y Esperanza nos fuimos a dormir un par de noches a un hotel, el mismo hotel en el que ella se alojaba cuando la encontré de nuevo, tiempo atrás. Algunas vidas atrás.
También Pinamar nos parecía melancólica, en parte porque el pesar se había deslizado desde Buenos Aires como una mancha de humo tóxico, y en parte porque parte de nuestras vidas habían tenido un giro muy grande en ese lugar. Era el escenario de lo sublime y lo grotesco, ese equívoco en el que insistimos en buscar claridad. Volvimos a Buenos Aires, y de allí, casi sin cambiar las valijas, a Punta del Este. Sólo alcanzamos a buscar a mi suegra.