viernes, 22 de mayo de 2020

Capítulo 19: Entre la Paranoia y el Ego


Comenzó el año con la inercia de una tristeza mal curada; ya todos habíamos aprendido a vivir sin prender el televisor, aunque Robbie se esforzaba en procurarse cada detalle de la investigación por el incendio del teatro. Para distraerlo le pedí que me ayudara con los papeles de la inmobiliaria en los momentos que la escuela le dejaba libre.
Había mejorado mucho sus notas, y comenzaba a evaluar qué carrera estudiaría cuando terminara el secundario. Pero fue la tragedia que había vivido, fue Cromagnón lo que le dio ese aire de tristeza perenne, una extraña madurez, una distancia árida con el resto de las personas. Mientras tanto, en marzo rindió las asignaturas que debía en el colegio, y su vida parecía enderezarse en algún sentido. Otros de sus amigos no tendrían tanta suerte. Otra gente alrededor nuestro, tampoco.
- Julio, lo encontraron a Ricardo. Alguien lo hizo boleta a mi sobrino.
- ¿Qué? ¿Qué pasó?, ¿de qué me hablás?
- Lo mataron a Richard, boludo, a mi sobrino. Tenés que averiguarme quién fue. Por dios que tengo que saberlo, Julio.
Abracé al hasta ese momento invulnerable Ministro del Interior, que temblaba pálido de ira y dolor. Su sobrino, o ahijado político, y quien nos había estructurado el negocio de la efedrina, apareció muerto en lo que parecía un ajuste de cuentas. Había alguien más en algún lado que había visto el mismo negocio que nosotros, y no quería competidores. Acaso quien encargó esa muerte tampoco sabía quiénes estábamos detrás de ese muchacho que encontraron en una zanja en La Matanza. Mientras comenzaba a averiguar, persuadí a Aníbal de que Corcho debía asumir la conducción del negocio. Era absolutamente leal, conocía el terreno, y tenía un sexto sentido para detectar el peligro y neutralizarlo.
El negocio de Aníbal se extendía tanto como los tentáculos de sus militantes de Quilmes. Fui recorriendo el espinel completo de la gente que intervenía en ese negocio, pero nadie parecía conocer al que había matado al ayudante del ministro: o era alguien igual o más poderoso, o era un nuevo actor que estos muchachos desconocían.
“Es que vos no entendés”, me confió uno de ellos, “en un año pasamos de vender gilada en el barrio, a manejar una torta grande en todo el conurbano, hay mucha gente que nos quiere limpiar...” Estos muchachos parecían asustados, pero no dejaban de facturar y exhibir su riqueza como si eso les garantizara la inmunidad. Como si la opulencia desesperada les cuidara el cuero.
Cuando el rastro de las pistas me llevó hasta el RENAR, supe que no podría seguir haciendo preguntas. El Registro Nacional de Armas es la única entidad que puede autorizar el ingreso de efedrina al país, quien la controle manejará la fabricación de cocaína y pasta base, dejando en la marginalidad a quienes ingresen efedrina ilegalmente. El ministro se ocupaba de que eso no ocurriera: todo entraba por el RENAR, que manejaba Andresito Meiszner, otro de sus ahijados.
El clima había comenzado a espesarse, y ese invierno traería la llovizna pertinaz y la muerte de varios narcos en ataques inverosímiles. Comenzaron a matar colombianos en los bares, en allanamientos, y hasta en la playa de estacionamiento de un shopping. Algo estaba fuera de control, pero como no involucraba nuestros negocios preferí mantenerme al margen. Hasta que me llamó Corcho.
- Estos pendejos se quieren quedar con todo, Roger, no los puedo parar.
- ¿Cuáles pendejos?
- No sé a quién responden, o si se quieren largar por su cuenta y ocupar el vacío que dejó la gente de Quilmes. Unos pibes caretas, con droguerías.
- Mirá, no hagas nada porque no se sabe cómo viene la mano. Tenelos controlados nomás, marcalos de cerca pero no hagas nada.
- No sé dónde carajos nos metimos...
- Yo tampoco, por eso te digo que no hagas nada. Bajemos el perfil, y atendamos lo nuestro.
En esos días volví al monoambiente de Belgrano, donde guardé toda la información que había encontrado. A Aníbal se le fue pasando la inquina por los que habían matado a su sobrino, o se enfocó en hacer caja por otro lado. La cuestión es que además la Cumbre de los Pueblos lo tenía ocupado con las cuestiones logísticas y de seguridad. A nadie le gustaba tener que poner a tipos como Hugo Chávez o Fidel Castro en el mismo lugar que los otros presidentes, pero convencí a Aníbal que era importante mostrarse con ellos, sobre todo pensando en las elecciones de noviembre.
Para ese momento ya teníamos medianamente claro que gran parte de los intendentes del conurbano abandonarían a Duhalde y se acercarían a nosotros. En realidad seguirían con lealtad a la fuente del poder, donde quiera que ella se desplazara. Pero teníamos que sumar otros votos si queríamos tener otra fuente de legitimidad. Aníbal no estaba convencido, creía que bastaba con el PJ tradicional.
- No entendés. Hemos ido creando un relato que tenemos que mantener, no podemos aparecer ahora como lo mismo que Duhalde, o peor, como los hijos bastardos de Duhalde...
- Pero a mí tus cosas psicológicas me importan un rábano, Julio. Yo te hablo de votos, te hablo del poder en serio... y eso no está con Fidel o con las Madres. En el conurbano nos chupan bien un huevo las Madres.
- Y yo te hablo de que si no profundizamos esta imagen, a la primera de cambio nos vamos a comer operaciones que nos van a mostrar como más de lo mismo, y en ese escenario la Carrió nos pasa por encima. Hay una clase media que no nos votaría jamás, y son muchos votos.
- Vos estás loco si creés que la gorda nos puede ganar...
- No sé si ganar, pero si vamos con Duhalde, o peor, peleados con él y solamente con los intendentes, vamos a ir a un escenario en el que vamos a estar muy cerca de empatar con la Carrió, especialmente si se junta con los radicales.
- Pero no hables pelotudeces, si no se pueden ni ver.
- Pero ellos tampoco comen vidrio, saben que si van juntos atrás de la gorda pueden mantener algo y crecer en el Congreso, que es lo único que les importa. Yo por las dudas los estoy operando para que vayan todos separados.
- ¿Con el Marciano?
- Siempre.
Convencí a Aníbal de mantener la imagen que habíamos ido construyendo, y le prometí no exponerlo con Duhalde, a quien le debía mucho y quien conocía demasiadas cosas de él. Decidimos que caminaríamos la provincia con Cristina como candidata. Los pingüinos hablaban de un plan delirante para que ella sucediera a Nestor, y luego él volviera al poder, y se turnaran al menos por veinte años. No sé si eso era verdad o era un exceso de cocaína mal aspirada, pero la determinación estaba tomada y no podíamos perder la elección.
Partimos el aparato peronista por la mitad, pero Cristina se llevó los votos de la clase media que hubiera votado a cualquiera con tal de sepultar a los Duhalde. De alguna manera el relato había demostrado su eficacia, y hasta Aníbal admitió que habíamos tenido razón en apostar por la imagen, por el discurso y los negocios, y esconder detrás de los carteles a los barones del conurbano.
Entre tanto había comenzado una persecución invisible con Adriana, que ahora era funcionaria de Derechos Humanos de la mano de las Madres. Yo había creído que ella me había entregado, años atrás, para cumplir con alguno de sus perseguidores, pero durante años no supe por qué yo, por qué a mí, pudiendo entregar a los Montoneros que la habían descubierto. Durante años pensé que Adriana me había entregado porque habría acuerdos más profundos que los que yo razonablemente podía suponer. Aparte, yo era un perfecto perejil, un soldado de nadie. Es más, ni siquiera era un soldado.
Saber que me entregaron los Montoneros para vengarse de ella solo agregaba humillación a mi calvario, porque me adscribía una condición (¿aliado, amante?) que no tenía, y que al desmentirla me condenaba a la irrelevancia. Por alguna razón, sin embargo, intuía que ella me siguió siguiendo, y eso me resultaba siniestro y peligroso.
Ella, en cambio, parecía que no me había identificado las pocas veces que nos cruzamos en la Fundación. Sergio no volvió a hablar del tema, y por momentos me ilusionaba con que lo hubiera olvidado por completo. Pero no soy tan cándido. Esa mujer, Adriana, la tía de Schocklender, seguramente sabía de mí. Y sabía que estaba tras sus pasos. O tal vez no, tal vez me ignoraba por completo, y yo me estaba afligiendo inútilmente. Tampoco sabía qué era peor, si estar en la mira de una mujer que pertenecía a los servicios más oscuros, o haber sido completamente olvidado por ella, como un pañuelo descartable. Deambulaba entre la paranoia y el ego. Pensé que ése era un buen título para una novela psicológica o un libro de autoayuda para políticos en apuros.
Me tomé un día lluvioso de agosto para seguirla, cuando salía de la Fundación. Tomó el subte hasta Retiro, y allí caminó un rato, incómoda entre los paraguas, hasta que cruzó Libertador y entró en Juncal. Antes de la esquina con Esmeralda se detuvo un momento ante la fachada de un edificio elegante, abrió su cartera como buscando las llaves, y en un gesto rapidísimo giró hacia atrás para mirar en mi dirección. La intuición me llevó a esconderme, medio segundo antes, detrás de una camioneta con los cristales oscuros. La luz mortecina que derramaban los edificios era recortada por la sombra de los árboles. No me podía ver, pero sin dudas me había intuido. Se volvió hacia el edificio, pareció vacilar un segundo, y después corrió hacia la otra esquina.
No podía seguirla sin mostrarme tontamente ante ella. Tampoco podía volverme hacia Libertador para tomar un taxi sin darle la espalda, pero no tenía opciones. Decidí dar la vuelta a la manzana pero en sentido inverso: si la podía ver de frente tendría tiempo para esconderme o decidir qué hacer.
Me volví y caminé hacia Basavilbaso, el tercer lado de esa manzana irregular, mirando cada diez metros si no me seguía ella a mí. Entré por esta calle, en la que no vi rastros de Adriana. O se había vuelto hacia Juncal o había entrado en algún edificio. Sabía que volver a mostrarme en Juncal era una estupidez, pero tampoco tenía muchas opciones. Bien podía estar mirándome desde alguna ventana, aunque un paneo rápido no dio indicios de su presencia. Doblé la esquina y tuve la visión fugaz de una cabellera roja entrando en el edificio frente al cual se había detenido unos minutos antes. Si esa era su casa, ya la había descubierto. Si no, había caído en una trampa.
Tomé un taxi en ese momento, y apenas me senté me incliné hacia abajo como si se me hubiera caído algo en el suelo del auto. No me reincorporé hasta no estar seguro de que habíamos transitado un par de cuadras y doblado dos veces. El chofer habrá pensado que yo era un tipo más engañando a su mujer y evitando ser visto en plena trampa. Veinte minutos más tarde ya estaba frente a la Fundación. Vi a Sergio salir con el teléfono en la mano, cruzar Yrigoyen casi sin mirar, plantarse en medio de la plaza bajo la lluvia, sin despegar el aparato de su oído. Era obvio que sabía que la Fundación de las Madres estaba llena de micrófonos, pero, ¿quién los espiaba de ese modo?, ¿cuál era la relación entre Schocklender y su tía? Si ambos eran servicios, ¿para quién trabajaban?
Antes de responderme tomé otro taxi que me dejó a unas pocas cuadras de mi casa. Esa persecución estúpida y arriesgada me había puesto los nervios de punta, y ni siquiera yo sabía qué era lo que buscaba. Quise caminar esas cuadras, pero también quise impedir que un taxista al voleo conociera dónde vivía. Me surcaban las manos temblorosas los mismos miedos y los mismos cuidados que teníamos en los setenta.
- ¡La billetera, gato!
- ¿Eh?
- ¡La billetera, gil, mirá que ésta está cargada! ¡Dale, dale! ¡Y el teléfono, gato!
Tardé en reaccionar, pensé que por precaución nunca tenía documentos en la billetera y que no tenía nada que temer. Pero no podía darle el teléfono.
- Al teléfono me lo robaron ayer, ahí en la billetera tenés la denuncia... fijate.
El chico manoteó mi billetera y salió corriendo, sin dejar de apuntarme sin precisión ni foco: estaba completamente puesto. Imaginé que con “paco”. Corrí en sentido inverso, por si el chico se daba cuenta que le había mentido con lo del teléfono y volvía a increparme o directamente ajusticiarme. Llegué a la guardia de Le Parc transpirado, temblando y pálido, tanto que los encargados tardaron un momento en reconocerme y dejarme pasar.
De alguna manera ese chico que me había asaltado me había dado una buena excusa para estar en el estado en que estaba. Me encerré en el baño y vomité todo lo que había comido desde el almuerzo, después como pude me di una ducha, y cuando salí Roxy anunciaba la cena. Todavía pálido me acerqué a la cocina y conté lo del asalto. Después de la cena me encerré en la biblioteca con la computadora, pero no se me ocurrió una sola idea, y tampoco me ayudaron los cuatro o cinco vasos de whisky que tomé. Esa noche tampoco dormí.
Los días siguientes traté de obtener alguna información sobre Adriana sin obsesionarme por ella, ni llamar la atención de nadie. Para distraerme traté de ubicar a la gente con la que trabajé en “la pecera”, algunas vidas atrás. Algunos de ellos estaban muertos, pero el cura y una de las chicas habían seguido vinculados a la Armada, y se habían integrado como militantes de esa pantalla funesta que era el peronismo posmoderno. Lo curioso es que nunca en estos años los había vuelto a cruzar. Hoy eran funcionarios en el área de Derechos Humanos y en la Comisión de la Memoria. Concluí que a la vida le gustan los oxímoron, y nuestra historia era pródiga en ellos. No detecté que tuvieran conexiones con Adriana.
Las elecciones habían pasado y sólo tenía en mi agenda el juicio político que enfrentaría Ibarra por la masacre de Cromagnón, donde había estado mi hijo. Ibarra había sido un aliado fiel, y teníamos la directiva de tratar de salvarlo. Pero por las dudas, yo comencé a tejer algunos acuerdos con Jorge Telerman, el suplente que lo reemplazaría si Ibarra quedaba fuera del gobierno.
Volver a enfocarme en estas negociaciones me ayudó a salir del encierro mental que me provocaba Adriana, y obtendría de ellas mejores resultados que con esta ímproba inquisición de mi pasado. Además me concedía la humilde retribución de una venganza tardía: Ibarra era el joven fiscal que me humilló y casi me detiene en el copamiento de Aeroparque en el ´88.
Acordé con Telerman que me otorgaría la autorización para funcionar como inmobiliaria y el compromiso de participar en los emprendimientos y en los créditos del Banco Ciudad. No era mucho, pero era lo que necesitaba para crear una empresa legal que pudiera despegarme de la política, un refugio por si venían tiempos de retroceso. También el Banco me permitía girar a Suiza los dólares que les compraba a precio de amigos.
De mi parte alcanzó con que ayudara a financiar las movilizaciones contra Ibarra. A través del padre de una de las víctimas, el amigo de Robbie, les inyecté día a día la cantidad suficiente de dinero para mantener la indignación pública en el nivel preciso para que la Legislatura acorralara al jefe de gobierno.
- Quiero apoyar estas movilizaciones para que no ocurran nunca más los horrores que vivimos. Pero como yo estoy en la política no quiero aparecer para que no se mezclen las cosas.
El padre del chico aceptó de buen grado. Gasté unos cien mil pesos en esos pocos meses, pero gané negocios mucho más importantes, y un aliado que ya no podría oponerse a hacer y decir lo que yo le indicara.
Como había previsto, Ibarra fue destituido, injustamente crucificado en un juicio político en el que volaron las chequeras, los sobres y los contratos. Pero también él había dejado demasiados flancos débiles, y esos pecados políticos son imperdonables. Por mi parte, supe jugar a ganador cuando nadie apostaba por Telerman. Descorchamos juntos esa noche, y comenzamos a explorar algunos negocios en común. Volví a sentir que podía controlar mis cosas, mis negocios y mis intereses. Hasta que volví a ver a Adriana muy cerca de su casa.
El calor agobiante que precede a las tormentas de verano había embotado los sentidos y la intuición de todos los porteños, por eso me costó reconocer a Adriana que salía de su casa con un vestido liviano y ojotas. Yo estacioné el Megane que todavía usaba a unos diez metros, sobre la vereda opuesta. Los cristales oscuros de un auto anodino deberían haber llamado la atención de la mujer, pero simplemente compró algo (¿cigarrillos?) en un kiosco y volvió a entrar al edificio. Los espejos del palier delataron su figura cuando entró en el ascensor, y cuando éste se puso en marcha abrí la puerta de la calle con una tarjeta magnética universal que estaban probando en la SIDE. Funcionó. El ascensor se detuvo en el quinto piso.
Cuando comencé a subir por la escalera me di cuenta de que no me había fijado si había cámaras de seguridad. Ni siquiera cerré mi auto con llave. Lo que estaba haciendo era una estupidez fulgurante, porque ni siquiera sabía qué iba a hacer cuando llegara al quinto piso. Me detuve un piso antes para tomar aire y sacarme los zapatos, que dejé en un recodo de la escalera. Mis pies dejaban en el suelo una ligera huella de humedad, pero prefería refrescarlos así, de a poco, mientras pensaba qué hacer.
El quinto piso tenía dos departamentos. Uno de ellos, el que daba al frente, parecía a oscuras y vacío. Del otro emergía un bullicio callado, como de mucha gente trabajando en voz baja o de televisores prendidos. Sonó un teléfono allí adentro, que me sobresaltó. Escuché una voz de mujer joven que decía “estudio jurídico, buenas tardes”. Una intuición me hizo volver, apresurado, al hueco de la escalera. Desde allí escuché que se abría la puerta del departamento del frente, y unos pasos apenas audibles se acercaron al pasillo, se abrió una puerta lateral, luego un sonido sordo, y los pasos volvieron a dirigirse a la puerta del departamento. Alcancé a ver un talón desnudo, de un pie calzado con ojotas: Adriana había salido a dejar la basura en el depósito.
Por un momento estuve tentado de revisar la basura, pero me parecía inútil, arriesgado, y me generaba un asco incontenible. Me puse los zapatos y estuve por tomar el ascensor de nuevo, pero no quería cruzarme con algún vecino que pudiera reconocer mi rostro. Cuando llegué a la planta baja esperé que alguien que recién ingresaba entrara en el ascensor y marcara su piso. Cuando pasé frente al elevador reconocí el olor de Schocklender: Pino Colbert y cigarrillos negros.
Por una vez me alegraba de no haber cerrado el auto, porque pude subirme en segundos sabiendo que no sería visto. Partí de allí cuando caían las primeras gotas de una tormenta. Cuando llegué a casa ya comenzaban a anegarse las calles de Buenos Aires. Fue una bendición que Roxy me esperara para ir a hacer las compras de Navidad, así que me di una ducha, me cambié el traje transpirado por unas bermudas y una camisa de mangas cortas, y salí un poco más relajado, casi optimista.
- Mi amor, vamos a ir en el Mercedes.
- ¿Pero estás seguro? Mirá que con esto de los robos...
- No pasa nada, Roxy, lo dejamos en la playa del shopping y no hay peligro.
- Pero llueve...
- Y mañana lo mando a lavar. ¿Cuánto hace que no disfrutamos esas cosas?
Mi mujer me miraba sorprendida, pero aceptó de buen grado. En Alto Palermo nos encontramos con la esposa de Yabrán, a quien saludé con afecto sincero. Sentía que volvía de a poco a tener una vida sensata. Decidimos premiar a Robbie con una computadora portátil para que le sirviera en el colegio y me ayudara con la inmobiliaria, que lo había entretenido al principio como una distracción de su tragedia y luego como una responsabilidad que disfrutaba. Mi hijo se sentía útil y capaz, y ya no le interesaba lo que dijeran de él en el colegio. Hasta sus notas eran mejores. Compramos juguetes para Esperanza, ropa, libros y cosas de jardinería para mis suegros, y teléfonos nuevos para Roxy y para mí.
Fuimos a pasar las fiestas a Montevideo, al departamento donde había vivido Roxy en algún momento. Corcho había acondicionado también el suyo, y había organizado una cena temprana para que pudiéramos subir a la terraza a brindar y abrir los regalos después de los fuegos artificiales. Todo lo que me importaba en la vida estaba alrededor de esa mesa. Y mi vida, es decir, el resto de mi vida, ponía todo esto en peligro. Unas semanas en Punta del Este terminaron de ordenar mis ideas.
El año comenzó con apatía, y con la única misión de ordenar el tropel de dirigentes peronistas que comenzaban a abandonar sus anteriores denominaciones para encolumnarse en nuestro proyecto. Fue necesaria una sutil ingeniería para distribuir la representatividad, los negocios y los recursos entre los dirigentes que recién llegaban y los que estaban desde antes. Recordé una frase, acaso de Simone de Beauvoir, que decía que cuando un cuerpo era abandonado por el alma, no había beso capaz de insuflarle vida. Pensé en el duhaldismo declinante, que procuraría retener los escombros de uno de los aparatos electorales más formidables de nuestra historia. Después de las elecciones había entrado en un ocaso irreversible, que a la vez nos engordaba con los intendentes y la policía y la infinita cadena de eslabones de poder que estábamos consolidando.
Para cuando comenzamos a construir y entregar las casas del plan de las Madres, pudimos medir hasta qué punto los dirigentes que habían seguido a Duhalde con fidelidad canina ahora nos acompañaban a las inauguraciones y aplaudían en nuestros actos. No habían pasado más de cinco meses, y ya casi todo el aparato era nuestro.
Además, sin haberlo planeado, encontramos que el plan de las casas de la fundación nos estaban acercando a dirigentes sociales y de base que eran visceralmente antiperonistas, y que venían de enfrentarse con los punteros de los caciques en todas las provincias. Los mismos tipos que habían incendiado las provincias ahora se encolumnaban detrás nuestro, aun cuando no dejaban de enfrentarse a sus gobernadores, que también comenzaban a respondernos.
Sergio estaba exultante e hiperactivo, comenzaba a viajar a las provincias para controlar las obras y ya usaba el avión que habíamos puesto a nombre de Meldorek. Yo había logrado destrabar algunos pagos del Ministerio de Planificación y comenzábamos, también, a percibir las primeras ganancias. La visión de Schocklender sobre la construcción de casas por afuera del tradicional sistema de corrupción demostró ser audaz y efectiva, porque de ese modo optimizábamos la ganancia política de cada peso invertido. En este momento no necesitábamos más que eso, y era lo suficientemente redituable para que nadie nos molestara demasiado pidiéndonos coimas ni retornos.
Se perfilaba un año tranquilo, con un crecimiento de la economía que nos permitía estar a cubierto de sobresaltos y problemas. Pero era necesario consolidar la estabilidad política, porque Duhalde era un león herido y su poder de daño nunca podía despreciarse. Aníbal había comenzado el año anterior un proyecto que le acercaron los del Mossad, que consistía en utilizar un protocolo de recolección de información políticamente sensible y sistematizarlo en una base informática. Lo llamaron “Proyecto X”, pero lo estaban dejando fenecer porque Aníbal confiaba más en su red de punteros y buchones que en este protocolo informático.
Lo convencí de actualizarlo y agregarle herramientas de búsqueda, mientras entrenábamos más agentes para infiltrarse en las organizaciones. El objetivo del gobierno era predecir las maniobras de Duhalde con los piqueteros y sindicalistas. El mío era tener un mapa vivo de cada actor político de Argentina. No eran objetivos incompatibles.
Trabajé durante todo ese otoño en la actualización del protocolo. Pensé, con cierta ternura morbosa, en lo precarios e improvisados que fueron los militares para manejar información sobre la guerrilla: no obtenían información siempre confiable, dejaban demasiados rastros, no tenían protocolos profesionales para sistematizar esa información. Más bien procuraban nombres para aniquilar personas, pero creo que nunca llegaron a entender con precisión quién era quién: podían matar a un alto jefe guerrillero creyendo que era sólo un “perejil” más.
Logré tener en mis manos el poder de decidir cuál información se cargaba al sistema y cuál no: yo administraba el filtro de datos desde un programa invisible, sentado en el living de mi casa. La Gendarmería, que oficialmente conducía el proyecto, estaba más interesada en conocer las actividades de los piqueteros y sindicalistas de izquierda; Aníbal quería conocer las actividades de sus competidores en el mercado de la efedrina y otras sustancias; Nilda, la Ministra de Defensa, procuraba desmontar las intrigas palaciegas en la Casa Rosada. Yo comencé a monitorear a Adriana.
Detecté en su casa un sistema de contrainteligencia que le avisaría sobre cualquier intromisión en su computadora o su teléfono, y acusaría inevitablemente que el lugar desde donde la espiaba era mi departamento en Le Parc. Sólo el Mossad tenía esa tecnología, y era la segunda vez que la agencia israelí aparecía en este juego. Abandoné el monitoreo sin obtener casi ninguna información.
Me sirvió en cambio para tejer un nuevo marco de entendimientos con la mayoría de los políticos argentinos, que no sabían de dónde había conseguido yo la información que podía poner arriba de la mesa en una negociación. Lo de las amantes y los mancebos ya era una cosa menor, porque podía probar además la vinculación de varios de ellos, de todos los partidos, con la prostitución y el menudeo de drogas. Tenía suficiente información para enviar a un tercio del Congreso a la cárcel, y arruinarle la carrera a otro tercio. El tercio restante era tan inútil para los negocios como para la política, y eran por lo tanto irrelevantes. Era hora de un nuevo acuerdo con Moreau.
Esta vez invité a Macri, que declinó su resistencia cuando le envié copias de la información sobre el tráfico de cocaína alrededor de Boca Juniors.
-Yo ya no estoy más en el club, deberías saberlo, Julio...
- Pero tenés a los muchachos nombrados como asesores tuyos en la Cámara, y si querés te cuento qué cosas guardan tus muchachos en los armarios de tu despacho. Deberías saberlo, Mauri.
Yo tampoco lo sabía, pero un ligerísimo temblor de su bigote reveló que comenzaba a titubear. Para reforzar la idea le informé en detalle sobre las intimidades de los jueces que paralizaban las causas de contrabando que involucraban a su padre y su ensambladora de autos chinos en Uruguay. Para terminar de convencerlo le expliqué que en ese momento su hija podía estar detenida por fumar un porro en una plaza. Finalmente, para que supiera que no todas eran malas noticias, le informé que en el marco de ese acuerdo él sería Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. “¿Dónde firmo?”, concluyó.
Con Macri y los radicales adentro, solo quedaba la Carrió, pero bastaba con enfrentarla a Moreau y sus correligionarios para destruir cualquier acuerdo y dejarla sola. Para eso bastaba un poco de carne podrida: le dije a Moreau que ella lo investigaba por sus conexiones con Manzano, y salió enfurecido a atacarla. Si mantenía este armado por unos meses nos asegurábamos la reelección.
Telerman había cumplido, y me convertí en el administrador de una de las inmobiliarias más grandes de Buenos Aires, cuyo presidente en los papeles era Robbie. Ingresé al negocio de la construcción quedándome con la empresa de un tipo cuyos vínculos con el tráfico de pastillas yo había obtenido gracias al Proyecto X. Me entregó su empresa a cambio de su libertad, y presumiblemente su vida.
Hacia fin de año ya tenía los contratos para remodelar los hospitales públicos y algunas dependencias municipales. Me había convertido en un empresario legal, de riguroso bajo perfil, pero absolutamente incuestionable si alguien quería investigarme. Dejé a Corcho a cargo del “paco”, que estábamos liquidando para salir de ese mercado, y de la pasta base, que era un negocio ascendiente. Ese año por primera vez dejé de poner dinero en secreto para mantener los números de la cadena de heladerías de Roxy, y su incipiente ganancia era íntegramente de ella.
Tenía un poco olvidado el negocio de ropa de bebés que había montado Claudia, pero de a poco Robbie se iba interesando también en él: había comenzado a regalarles cositas a sus profesoras y preceptoras embarazadas, que súbitamente pasaron a adorarlo. La historia del negocio de su madre fallecida en un accidente terminó de darle un aura angelical que lo acompañaría durante el resto de su tránsito por el colegio. Su historia como sobreviviente de Cromagnón le generó el respeto de los pibes que antes lo despreciaban. En la Argentina ser una víctima del destino o del crimen convierte a cualquiera en poco menos que un santo, y Robbie tenía un talento excepcional para explotar su historia.
- Roger, sólo te falta almorzar con Mirtha Legrand...
Festejamos la ocurrencia de Corcho, pero de alguna manera era cierto. Había recompuesto mi presente, borrado detalles escabrosos de mi pasado, y proyectado un futuro medianamente honorable. Pero seguía obsesionado con Adriana, con lo que ella pudiera llegar a saber o intuir, o por lo que pudiera llegar a decir sobre mí la gente que me conoció trabajando para el Almirante.
Por momentos sentía que había creado un Frankenstein: la necesidad de potenciar el relato requería cada tanto exhumar el pasado procesista de políticos, sindicalistas, periodistas o empresarios, a medida que se enfrentaban al gobierno. También yo podía estar expuesto a ese mismo escrutinio si alguien contaba con información sobre mí, o si me reconocía como uno más de los que sobrevivieron a “la pecera” o a esa refinación del infierno que fue el Centro Piloto de París. Es cierto que mi apariencia había cambiado y que mi incipiente calvicie ayudaba a distorsionar mi imagen, pero también había aprendido que uno jamás olvida ciertos rasgos. Como los de Adriana, por ejemplo. Tal vez por eso era necesario saber quién era y en qué andaba.
Lo logré de la manera más estúpida: siguiendo su perfil de Facebook. Con su nombre verdadero y el apodo que usó durante su adolescencia pude ubicarla en el Chaco, su provincia natal. Entre sus pocos contactos familiares estaba Sergio, con un apodo siniestro, evocador y sugerente: “Coronado”. Hablaban de sus hijos, de reuniones y asados de cumpleaños en cuyas fotos se los veía como una familia argentina común y corriente.
Se quejaba de Cablevisión y de Movistar, de modo que tenía al menos un teléfono de esa compañía, y que no había detectado en los informes del Proyecto X. Envié cartas al consorcio haciendo saber que el personal técnico revisaría el cableado de todo el edificio. Al mismo tiempo contraté a un par de empleados de Cablevisión para que revisaran el edificio, después de que les diera un entrenamiento intensivo para la detección de cámaras e instrumentos de seguridad. Magnetto estaba feliz porque le habíamos permitido comprar esa empresa y no preguntaba por los detalles de los favores que le pedíamos.
Terminaba diciembre, cuando dos chicos tocaron el timbre en el edificio de Juncal. El encargado les abrió la puerta y los condujo a la azotea, donde revisaron los cables maestros. Allí fotografiaron antenas y satélites inusuales. Comenzaron a inspeccionar el cableado de cada departamento, y media hora más tarde estaban ingresando en la casa de Adriana. Chequearon su conexión de cable con parsimonia, mientras inventariaban con la vista otros equipos.
- Señora, ¿tiene un módem conectado? Porque acá parece que está todo bien, pero aparece interferencia en la imagen, ¿ve?
- Tengo, pero es de una empresa de internet de por acá cerca. No es una empresa de las grandes.
- Ah, ¿me lo puede mostrar? Para ver si la frecuencia es compatible o si la modificamos acá un poquito...
- ¿Y para qué lo querés ver?
- Porque si comparten la misma frecuencia va a tener mala señal de televisión y de internet. Pero le podemos correr los canales para que no se molesten entre sí...
La explicación era idiota, pero generalmente las excusas más inverosímiles son las que triunfan. Adriana les mostró el modem, el router, y los chicos vieron un decodificador satelital, todos ellos eran equipamiento del Mossad.
- Le voy a pedir que me los desconecte un par de minutitos mientras ajustamos los canales, ¿podrá ser?
- ...
- Un minuto nomás: si no, el coso éste no me toma el cambio de canales.
Fueron unos 45 segundos, suficientes para que yo pudiera ingresar al sistema de Adriana sin que me detecte su parafernalia de seguridad ni dejar ningún rastro. Los chicos le reconectaron los aparatos, le configuraron los canales de televisión, le aceptaron una limonada y le dejaron un remito con membrete de la empresa. A uno de ellos, Adriana lo invitó a volver esa noche. Desconozco si lo hizo. En realidad no: las imágenes que obtuve de la habitación de Adriana me mostraron las escenas que hubiera querido protagonizar yo, unos 30 años antes. El tiempo no había sido generoso con ella, de modo que mi ego no resultaba lastimado.
Por lo demás, el análisis de la información de Adriana me mostró una red tentacular de agentes que reportaban al Mossad y a la CIA. Algunos eran viejos topos conocidos, otros me sorprendían, todos ellos combinaban información verídica con las extravagancias más inverosímiles, exactamente como lo hacían los espías de las novelas de Osvaldo Soriano.
Me había estado monitoreando todo el tiempo, tal como intuí. Cada uno de mis movimientos, los de Claudia, Roxi y mis hijos estaban cuidadosamente detallados. Los de mi madre también, a pesar de que la veía muy poco. La conexión de los servicios israelíes y americanos con el Grupo Clarín me resultaron escalofriantes, porque determinaban hasta la agenda de los gobernadores provinciales. Sin embargo, me tranquilizó saber que esa información estaba compartimentada, es decir que formaba parte de la base personal de Adriana y no era compartida con otros agentes u otras redes.
La explosión fue controlada: cuando los peritos entraron al departamento de Adriana encontraron la llave de la hornalla abierta. Entre los restos chamuscados de equipamiento informático encontraron computadoras con cables pelados que podrían haber generado un cortocircuito. Adriana se había dormido exhausta después de retozar con su último amante, que antes de irse esa madrugada abrió la hornalla. Además, la combinación de whisky y pastillas garantizaría que no podría despertarse después de su tormentosa sesión de sexo con el chico de Cablevisión. No se sabe si la mató el gas o los vapores tóxicos de los plásticos que se quemaban, su cuerpo estaba intacto cuando entró la policía.
La gente de la Secretaría de Inteligencia constató que no faltaba ningún archivo, pero nadie advirtió que en una de las computadoras había sido eliminada una carpeta llamada “Roberto – Diario La Opinión”. En esa carpeta Adriana había recopilado la información digitalizada desde que me conoció en 1975 hasta un par de días antes de su muerte. Siempre tuvo muy claro quién era yo, aunque esta vez no le fue suficiente. Con ella terminaba el último capítulo de parte de una vida que había tenido, el último testimonio de una metamorfosis que casi nadie conocía. De una manera ambigua sentí que volvía a ser libre. Y me fui de vacaciones a México, donde había comenzado una de las etapas de esa vida.
Al regresar, hacia fines de enero, encontré los llamados de Sergio. Él sabía bien quién era yo, y yo sabía que él sospechaba que yo tuve algo que ver en el asunto. Fui a verlo, fingí estar apesadumbrado, y en cierta forma lo estaba. Veía a mi amigo (que a pesar de todo lo era) sufriendo una pérdida más en su vida, perdiendo una de las pocas cosas que lo anclaban a los afectos. Lo vi inmensamente solo, aunque su esposa y su hijo estaban con él. También para él había terminado una etapa de su vida, y ahora caminaba a la intemperie. Pero sabía que era un luchador que buscaría vengarse de la primera persona de la que sospechara algo relacionado con la muerte de su tía.
Con mucha cautela comenzamos a prepararnos para las elecciones. El plan de Nestor y Cristina para sucederse mutuamente por tiempo indefinido dejó de ser una quimera parida por la mente afiebrada de una secta patagónica: ya desde marzo estaba decidido que la candidata sería ella. Sólo debíamos elegir muy bien el entorno y el marco de su candidatura. Nestor se inclinaba por el PJ clásico, pero sabía que aún no le era completamente leal: debería dejarles jirones del poder a los gobernadores e intendentes peronistas y cederles más negocios de los que estaba dispuesto a ceder.
- Los tenemos que apretar desde afuera.
- ¿Desde afuera cómo?
- Mire, presidente, ha funcionado muy bien eso de la transversalidad, la gente lo compró. Si lleva un candidato a vice que no sea peronista, y muestra apertura hacia otros sectores, va a tener dos efectos simultáneos. Por una parte va a sumar votos que no tendría si fuera solo con el peronismo, y son muchos votos y muy volátiles. Por otra parte podrá ponerles un cerco a los muchachos para que sepan que no podrán pedir lo que quieran.
- ¡Pero estás loco, Julito! Se me van a empezar a abrir los muchachos.
- No creo, porque no tienen donde irse. A Duhalde ya lo liquidamos y es un piantavotos. El radicalismo se puede partir y así no llegarán a ningún lado. Lo podemos vapulear a voluntad. Macri se queda en Capital y no joderá el armado nacional. Scioli va a la provincia para que no se le encolumne ninguno atrás. Después, ninguno de los gobernadores llega solo. Y no se olvide de la cantidad de votos que sumaría si se despega del pejotismo. No menos del 30%, desde los piqueteros hasta los zurdos de Recoleta. Pasando por los radicales que no se bancan más a sus dirigentes, los socialistas con ganas de mojar alguna vez, los liberales que se vienen de UPAU.
- Julio tiene razón, Nestor. Lo que más se te ha elogiado son los cambios que te alejan del aparato justicialista. Y tiene razón también en que si armás una cosa más amplia los compañeros van a venir al pie. No pueden sobrevivir en la intemperie, y te seguirán hacia donde juntes poder y votos. Yo te ofrezco no darles tapa si alguno se te para al frente. O masacrarlos si hace falta.
Nuevamente Magnetto apoyaba mis posiciones. Cristina estaba encantada porque le permitiría darle un barniz más moderno a su candidatura, pero más aún porque despreciaba profundamente a los peronistas sudorosos y oscuros: no los quería cerca. Nuestro candidato tenía que ser un gobernador radical, para sumar votos y legitimidad. De los que estaban dispuestos, Zamora parecía el más fiel, pero Cobos tenía más votos y podía hablar de corrido, aunque resultara igualmente soporífero.
Acordé con Moreau los términos de la división, le garanticé que sus adversarios no tendrían cargos ni contratos, y que él seguiría siendo nuestro hombre de consulta en el radicalismo. Para terminar de definir los tantos le garanticé que los “radicales K” no tendrían más recursos que los que legalmente debían manejar, y que en todo caso él podría ubicar a su gente en cada uno de los espacios que tuvieran nuestros aliados de superficie. El resto de los miembros del Comité Nacional recibirían, como él, los cargos que necesitaran.
Si había algo para lo que los radicales eran buenos, era para jugar a salir segundos. Se conformaban con lo que les tirara en el plato, como un perro agradecido mirando un resto de tarta en su plato de comida.
Con Macri ya había acordado antes, sólo tuve que impulsar a Filmus para que perdiera contra él. Cuando se definían las candidaturas, los radicales y Macri comenzaron a agitarse con pruritos moralistas, pero los persuadí agitando el fantasma de Duhalde conspirando para voltear a Nestor antes del fin del mandato.
- Ustedes no entienden, estamos hablando de terminar con las interrupciones y los golpes como el del ´89 y el del 2001. Estamos garantizando normalidad, que un presidente termine su mandato. Y hoy el que lo pone en peligro, y lo hace desde hace quince años, es Duhalde. Yo sé que ustedes han tenido negocios con él (Moreau me miró furioso), pero también sé que no volverán a terminar ningún gobierno hasta que no nos lo saquemos de encima.
- Pero no nos estás garantizando que volvamos algún día. Querés que vayamos al pie, nomás. Si vos me garantizás que después de Cristina seguimos nosotros, aceptamos.
- Marciano, te lo firmo ya. ¿El candidato será Cobos, será Zamora, serás vos?
- …
- Si vos cerrás la boca y no le decís nada a Mauricio, yo te lo confirmo ya. Y acordamos, si querés, cómo serán las pautas para dentro de cuatro años.
- Eso es mucho tiempo. Si vos me garantizás que nosotros llegamos en el 2011 yo te firmo.
- No te puedo regalar la presidencia, Marciano, salgan ustedes a juntar votos. Pero sí te garantizo que será juego limpio. Y sea quien sea, terminará su mandato. Eso es más importante para ustedes que cualquier otra cosa. Planteáselo así a Alfonsín: ustedes volverán a terminar un gobierno.
- Que todavía no tenemos.
- Pero lo tendrán.

Capítulo 20: La Fuga del Paralítico

No alcancé a disfrutar del triunfo que estaba construyendo casi en soledad, porque me llamó Aníbal furioso.
- Decime, pelotudo, ¿fuiste vos?
- ¿Qué cosa? ¿Se puede saber qué te pasa?
- ¡Quiero saber si fuiste vos el que le armó la cama a Felisa, pelotudo!
- En primer lugar te vas a tener que guardar los improperios en el culo, Aníbal. En segundo lugar no sé de qué carajos estás hablando. ¿Qué cama? ¿Cuál Felisa, la ministra? ¿Me podes decir qué pasó?
- ¿Pero vos no leés los diarios?
- No consumo basura.
- Bueno, leelos y enterate.
- Dos cosas. Una: no tengo nada que ver con ninguna cama ni con nada que le haya pasado a Miceli, que ni la conozco. Dos: la próxima vez que me insultes antes de saludarme te cago a trompadas donde te encuentre.
- ...
- Avisame si necesitás una mano con algo. Buenas tardes.
En una inspección de rutina le encontraron a la Ministra de Economía una bolsa llena de dólares escondida en un placard de su baño. Me pareció increíble que un ministro pudiera hacer algo así, pero más extraña era esa inspección. Por más que indagué, no encontré nada que me hiciera sospechar de una maniobra para perjudicar a la ministra.
- Aníbal, ¿cómo estás? Estuve averiguando lo de Felisa.
- ¿Y, pudiste saber algo?
- Sí, que es una imbécil. Los bomberos revisan todos los meses el Ministerio de Economía desde 1980, cuando le pusieron una bomba a Martínez de Hoz. Lo siguieron haciendo hasta ahora, no se sabe bien por qué. Todos los putos meses pasan a revisar el edificio íntegro. Desde hace 26 años, ¿me seguís?
- ...
- Bien. Como todos los meses, la revisación estaba agendada en el ministerio. Desde principios de mes Felisa sabía que iban a ir los bomberos el día 24. Si se olvidó es una imbécil. Si no lo sabía es una imbécil. Ahora, decime vos qué clase de persona guarda plata sucia en el baño de su oficina y el día que la van a ir a visitar.
- Una imbécil...
- Exacto. Ahora tienen que atajarla, porque está haciendo estupideces. En dos horas ya dio tres versiones distintas sobre el origen de ese dinero, y fue hasta el cuartel de los bomberos para sacarles el acta del secuestro del dinero. Esta mina no sirve ni para jugar con barro.
- ¿Vos estás seguro? ¿Y qué hizo con el acta?
- No sé, se la acaban de dar porque apretó a todo el mundo. Amenazó a los tipos que revisan el ministerio hace quince años, ¿te das cuenta? O la paran a tiempo o la van a tener que echar. En ese caso, más vale que lo hagan rápido, antes de la campaña.
- Gracias Julio, y perdoname las puteadas.
- Está bien Aníbal, no hay problema. Pero muévanse rápido, que esta mina es un pato criollo. Un paso, una cagada.
Para evitar que siguiera hablando convinimos en pedirle la renuncia y mandarla a la Fundación de las Madres de Plaza de Mayo. Al menos así la blindábamos ante la prensa relativamente progresista, y los pocos diarios opositores tampoco la investigarían tan duramente.
Minimizamos el daño, y mientras tanto fue decantando la figura de Cobos, el gobernador mendocino, como acompañante de Cristina. El tipo aportaba el mismo tipo de prestigio gris que De la Rua quiso imponerle a la política argentina: escucharlo era aburridísimo, pero a diferencia de aquél, Cobos era un tipo confiable. Entendía las jugadas mucho más que lo que su rostro estólido permitía imaginar.
Mientras definíamos el armado territorial en cada provincia, logré tener el acuerdo de Moreau y el Coti para que nos acompañe una parte del radicalismo. La otra parte los insultaría un poco para la televisión y tal vez hasta los expulsaría del partido, pero cobrar, cobraban todos. Los radicales eran maestros en eso de pelearse para las cámaras, debía reconocerles al menos ese talento. Ayudó que Alfonsín compró el discurso del blindaje institucional, tal vez porque había sufrido en carne propia no uno sino dos golpes dados por el peronismo, y estaba dispuesto a dar el alma al diablo para evitar que eso le pase a otro radical.
Lagavna ya se había ido del gobierno hacía un tiempo. El ministro de Economía que había ayudado a Kirchner a salir del infierno se resistía a ser un subordinado; cierta razón tenía, porque era uno de los pocos miembros del gobierno que tenía peso propio. Además, no quería defenestrar a Duhalde, que había sido su amigo y aliado. No duró mucho en el llano, les sugerí a los radicales que reflotaran su condición de funcionario de Alfonsín cuando advirtieron que ninguno de sus candidatos podría superar el 5% de los votos. Su prestigio de economista también diluía el pánico que generaban los radicales a una clase media que ya había sido golpeada por la hiperinflación y el corralito. Y era, fundamentalmente, un candidato que jamás diría nada comprometedor contra nosotros.
La candidatura de Lavagna por el radicalismo fue el segundo elemento del enroque con ese partido, después de la candidatura de Cobos; el tercero consistió en acordar con ellos cada una de sus listas de diputados en todo el país para evitarnos sorpresas en el Congreso. Accedieron a casi todo, incluso pautamos cuáles de ellos serían los más críticos, y que sólo nos correrían por derecha.
Descontábamos que saldrían segundos porque habían dejado sola a Carrió, o mejor dicho, ella los había repudiado como a un marido adúltero. La campaña fue un trámite, pero sirvió para fortalecer mis contactos con dirigentes del interior, por si alguna vez los necesitaba.
Sólo un episodio alteró la tranquilidad del gobierno: en un procedimiento de rutina detuvieron a uno de los valijeros de Hugo Chávez que traía casi ochocientos mil dólares. Era la tercera de cinco entregas que Kirchner había acordado personalmente con Chávez a cambio de carne congelada: les enviábamos la carne como “regalo de estado”, y ellos nos enviaban dólares para la campaña. Casi habíamos silenciado el tema, cuando dos días después el valijero apareció en el acto en que los dos presidentes firmaron un acuerdo petrolero. En esos días se supo que en el avión lo acompañaban funcionarios argentinos y venezolanos, y los dirigentes de la petrolera venezolana.
Cuando la jueza que intervino vio la lista de los pasajeros de ese avión decidió apartarse del caso, antes incluso de que yo la llamara. Pocos días después el segundo juez también se apartaría en tiempo récord, y le devolvería el caso a la jueza que había comenzado la investigación. Los jueces funcionan de una manera rara: su primera reacción ante casos como éste es apartarse y volver a sus penumbras; la segunda reacción, es venir a negociar de inmediato con los funcionarios implicados. A cambio de algunos favores esta jueza acordó dilatar cualquier medida comprometedora hasta después de las elecciones, luego el tiempo se devoraría el caso y se volvería una anécdota más.
Mi única función en este tema consistió en sacar al valijero de Chávez de Argentina, pero esta vez no lo llevé a “El Entrevero”. No tenía ninguna confianza en este tipo, y no podía entender cómo dos presidentes le habían confiado tantos negocios a un tipo tan torpe. Sólo en el último año Antonini Wilson había ingresado trece veces a Argentina, a veces por menos de un día. Su ostentación de relojes y cadenas de oro lo volvía repulsivo, el mismo tipo de colorinche tropical que me hacía despreciar a los mexicanos amigos de Corcho. Lo escondí en el hotel Konrad, que tenía el estatus de una embajada para tipos como Antonini.
El tramo final de la campaña fue relativamente tranquilo, aunque el único sobresalto fue notar que Carrió había superado a los radicales y se acercaba a Cristina. Negocié con Magnetto que congelara a la chaqueña, que súbitamente desapareció de los programas de televisión.
Habíamos acordado con los radicales y Macri que ganaríamos con el 50%, pero cuando comenzamos el conteo de votos descubrimos que no llegábamos al 45%, y que Carrió estaba a menos de diez puntos. En esa situación deberíamos ir a segunda vuelta, con un resultado imprevisible. Constaté, en esos primeros minutos, que Nosiglia y Alfonsín ya había llamado a Carrió, y no me quedaban dudas de que en una segunda vuelta los radicales pensaban traicionarnos. El escenario era completamente incierto: si los radicales se aliaban con Carrió en una segunda vuelta podían ganarnos, y eso no había estado en los cálculos de nadie.
En una maniobra desesperada logramos ajustar al gobernador de Córdoba para que nos ayude a modificar esos números. De la Sota estaba perdiendo la elección a manos de Luis Juez, un tipo peligroso que contaba buenos chistes pero había sido un pésimo intendente de la capital de la provincia. Para el gobernador cordobés eso significaba el final de su carrera y la cárcel cercana, porque Juez también tenía información que vinculaba al goberndor con negocios duros.
- Gallego, sé que no me querés, y yo tampoco te quiero, pero estás en el horno y solamente yo puedo darte una mano.
- ¿Qué querés, hijo de puta?
- Así no. Comencemos bien. Estás perdiendo la provincia y sabés que terminás con los dedos pintados, si es que tus socios no prefieren silenciarte.
- ...
- Te digo lo que vamos a hacer. Te damos cinco puntos en el escrutinio, y vos nos das diez para Cristina.
- ¿Ustedes también están en problemas? ¿Y me querés apretar a mí?
- Nosotros estamos ganando, pero preferimos estar seguros. Vos ya perdiste. Hoy estás muerto. Soy el único que puede resucitarte. Te doy cinco, me das diez. Repartí los votos de Carrió entre Cristina y Lavagna. Que gane Lavagna, para disimular.
Tuve conversaciones como esta con Macri y los mendocinos, donde no se sabía quién había ganado todavía. Les di cinco puntos más a cada uno en la Ciudad y en la provincia. Macri llegó mucho más fuerte al ballotage y le aseguré una victoria rotunda en la segunda vuelta.
Aproveché para castigar al grupo de radicales mendocinos que habían repudiado el acuerdo con nosotros. Les saqué ocho puntos que fueron para consolidar la victoria de Celso Jaque, un contador de la derecha peronista, y los relegué al cuarto lugar en las elecciones. Al cabo de dos horas de negociaciones febriles pudimos comenzar a publicar los resultados oficiales, ya sabiendo que superábamos el 45% y que con una diferencia de más de veinte puntos los radicales abortarían cualquier plan de irse con Carrió. Llegamos, extenuados, a evitar la segunda vuelta.
- No sé qué es lo que hiciste, Julito, pero te lo agradezco. Cristina estaba loca con los resultados.
- Nestor, algún día voy a escribir una novela con mis memorias, cuando me jubile.
- Vos llegás a contar estas cosas y yo te mato.
- Perdé cuidado, flaco, pienso vivir muchos, muchos años.
El único problema que tuvimos fueron las denuncias de Luis Juez en Córdoba, pero De la Sota se había encargado de arreglar con los radicales cordobeses para que confirmaran en el recuento de votos los porcentajes que habíamos acordado por teléfono. Juez inició un tour de denuncias que lo convirtió en una figura nacional, pero Magnetto de encargó de ridiculizarlo hasta convertirlo en un monigote más que los cordobeses arrojaban al escenario nacional. La justicia electoral terminó de liquidarlo.
De la Sota me debía la gobernación y también la libertad, y acaso la vida. Jaque también me debía la gobernación de Mendoza, que hubieran ganado los radicales de Cobos. Macri me debía menos, apenas la tranquilidad de una ventaja cómoda que le permitiera gobernar tranquilo la ciudad, tal como habíamos acordado. Y supe, además, que nunca más podría confiar en Moreau y Nosiglia.
Mi familia en pleno asistió a la asunción de Cristina desde la tercera fila de asientos. Yo preferí pasar desapercibido entre los funcionarios amontonados a un costado del palco, para que ninguna cámara me registrara. Hice lo mismo en la asunción de Macri, con quien tenía que renegociar los contratos para la construcción de obra pública. Compré las acciones de otras dos empresas contratistas, y hacia fin de año ya era el dueño de casi la mitad de las obras pagadas por la Ciudad.
El día antes de salir de vacaciones falleció mi madre, a quien no veía desde hacía meses. Mi hermana y ella desconocían mi vida, y creían que andaría en algo raro porque les prohibía decir mi nombre verdadero.
- Roberto, ahora que la vieja se fue, ¿se puede saber en qué estás metido? ¿Cómo puede ser que hace treinta años te desapareciste de la faz de la tierra por años enteros, y después estuviste entrando y saliendo como si tu familia fuera gente extraña?
- No hay mucho que contar, Marcela. Estoy en el gobierno, trabajo de asesor y estoy rodeado de hijos de puta. Lo último que quiero es que sepan de ustedes, porque ahí ni yo les podré garantizar nada.
- ¿Pero vos me estás diciendo que es todo una mafia? ¿Y por qué otros políticos aparecen en público con la familia?
- Porque esos no son los que cortan el queso. Son el decorado. Las decisiones se toman en otro lado.
- Mirá, no sé si me estás agarrando de pelotuda o si te pusiste paranoico o si estás en alguna mafia. Pero tenés que saber que le cagaste a tu madre los últimos años de su vida.
- Acá tenés mi teléfono Marcela, llamame para lo que necesites.
- Mejor andate a...
Mi hermana no pudo terminar la frase, comenzó a llorar cuando mi cuñado la abrazó y se la llevó. Me subí al Megane, porque no quise ir al velorio de mi madre en el Mercedes. De alguna manera había perdido a mi madre, a mi familia y a mi vida hacía muchos años. Nunca supe si hubiera podido manejarme de otro modo, creo que tampoco tuve muchas opciones. Supe, al llegar a mi casa, que esa noche tampoco dormiría.
Robbie manejó hasta Montevideo, donde descansamos un día en lo de Corcho antes del año nuevo. Terminaba herido en lo personal, pero no podía hablar de eso ni siquiera con Roxy. Volví a tener problemas para dormir, y pasé tres semanas de infierno que mi familia atribuyó al duelo por la muerte de mi madre. Sólo podía dormir de a ratos, cuando me desmoronaba en una reposera en la playa. Por lo demás, era un zombi más caminando por Punta del Este.
Desde febrero comenzaron algunas operaciones cruzadas porque se hablaba de un nuevo impuesto al campo, pero no había nada demasiado claro. Yo había venido prestando atención a las tensiones que crecían entre Nestor y Magnetto. El santacruceño quería quedarse con parte del Grupo Clarín, del mismo modo que se había quedado con varias constructoras, empresas de viajes, petroleras y casinos: prometiendo negocios fuertes a cambio de la mitad más uno de las acciones. Los dueños de las empresas perdían el control accionario pero se aseguraban ganancias extraordinarias por un par de años antes de quedar totalmente expulsados de ellas.
Nestor había permitido la fusión de las operadoras de televisión por cable, convirtiendo a Clarín en el dueño absoluto de la información en Argentina. Magnetto no cumplió su promesa de entregarle una parte sustancial de las empresas, y consideró saldada su deuda con una serie de panegíricos en los titulares y la televisión que ayudaron a consolidar la imagen del gobierno el año antes de las elecciones. Nestor mismo intentó abofetear a Magnetto en su última cena en Olivos, pero fue contenido por los custodios del empresario, lo que a su vez generó la reacción de los custodios del presidente.
- Fue tragicómico, Julio, casi se cagan a tiros entre ellos. Paré a los gritos a los custodios y lo separé a Nestor, que lo tenía agarrado de la solapa a Magnetto. Estaba pálido el tipo, no sabés cómo temblaba...
- ¿Y Cristina?
- No estaba, no le gusta dejarse ver en esas reuniones. Prefiere que Nestor arregle con cualquier patasucia del partido, o con los empresarios. Ella no se mezcla.
- Pero te pregunto, ¿no apareció con semejante quilombo?
- No, si quilombos así tienen todos los días...
- Che, pero estamos en problemas si se pelearon con Magnetto.
- Nah, ¿qué puede pasar? Casi se mea encima ese viejo. Ni gritar podía.
Magnetto había sido operado por un cáncer en la garganta, y efectivamente no podía gritar. Tampoco hablar. Además había quedado sumamente débil después de sus quimioterapias. Atacar a un hombre tan vulnerable físicamente, pero tan refinadamente perverso, sólo podía conducir al peor de los desastres. Aníbal Fernández, y el resto del gobierno, creían que podían amedrentar con esas bravatas a un tiburón de aguas profundas. Supe que algo iba a ocurrir pronto.
Alentados por las encuestas de popularidad de Cristina, los funcionarios del Ministerio de Economía aprobaron una resolución que elevaba las retenciones impositivas a la exportación de soja del 35% al 44%. Según me contaría luego un funcionario expulsado, alguien les había dicho que las entidades agropecuarias estaban de acuerdo con la medida, pero nunca supieron quién fue en realidad el que les dijo eso. Lo cierto es que las cuatro entidades que agrupaban a la gente del campo reaccionaron con furia y coordinación, con una minuciosa puesta en escena que incluyó cortes de ruta en lugares selectivos y movilizaciones en algunos lugares donde la medida pudo haber tenido más impacto. El gobierno nunca entendió dónde se había metido, y sólo lo descubriría bastante tiempo más tarde.
Alguien le dio a Cristina el consejo idiota de confrontar a los sojeros con un discurso propio de una tilinga de ciudad. En ese mismo momento la protesta se hizo masiva, con “la gente del campo” bloqueando las rutas nacionales y con protestas cada vez más masivas. Alguna mente iluminada creó un slogan imposible: “el campo somos todos”; y en poco tiempo los tilingos de ciudad opuestos al gobierno se sumaron a una protesta sectorial en contra de una medida que en realidad los beneficiaba.
- Esto es de locos, Julito. ¿Me querés decir cuándo mierda a la gente del campo le importó lo que pasaba en la ciudad? ¿Alguna vez los viste siendo solidarios cuando en la ciudad pasó algo? Yo no entiendo a esta gente. Hasta los pelotudos de la FUA están ahí con los sojeros...
- Bueno, es comprensible, en los últimos años los únicos pendejos del interior que pueden ir a estudiar son los hijos de los sojeros. O de los que viven de los sojeros. Me dan pena los troskos, que con tal de enfrentarse con ustedes terminan apoyando a la Sociedad Rural.
- No sabés las ganas que tengo de salir a cagarlos bien a palos...
- Ya está D´Elía en eso.
- ¿El gordo D´Elía salió a repartir palos? Paramelo, Julio, ese tipo es un animalito.
Fue demasiado tarde. Los piqueteros que le respondían al dirigente barrial atacaron a los manifestantes, y la imagen apareció en todos los medios. El escenario había sido demasiado perfecto para ser casual. La sucesión de los hechos, los informes con los que se manejaba el gobierno, el manejo mediático de la situación, todo ello sugería una venganza sutil y sádica. La torpeza de Nestor y Cristina hizo el resto.
El gobierno terminó tirando la toalla. Accedió a llevar el tema al Congreso confiando en que lograría una aprobación rápida de la resolución, ya convertida en proyecto de ley. Uno de los jueces de la Corte Suprema llamó personalmente a Nestor para avisarle que si alguno de los tantos amparos contra la resolución llegaba a la Corte, seis de los siete jueces votarían en contra de ella. El trámite legislativo serviría para aliviar tensiones y tratar de sumar alguna adhesión, porque el gobierno terminó prometiendo que usaría ese dinero extra para construir hospitales y escuelas. Una promesa ridícula que nadie creyó.
La Cámara de Diputados aprobó la resolución, en una sesión cargada de escándalos y acusaciones, con fisuras en el bloque oficialista y un clima social cada vez más tenso. Cuando el nuevo gobernador cordobés se puso al frente del rechazo a la ley, entendimos que no había nada más que hacer. El problema es que nadie en el gobierno sabía cómo manejar la situación. Cristina renunciaba dos o tres veces por día y Nestor la presionaba cinco o seis veces para que no se le ocurriera hacer públicas sus renuncias. No podían recular, aunque quisieran. En el Senado se perdería la votación, y por lo tanto la ley no sería aprobada. Sería un desastre mayúsculo porque mostraría que los mismos senadores que acababan de asumir con Cristina ahora le daban la espalda. No llegábamos a un tercio de la Cámara.
- Nestor, tengo una solución, pero es arriesgada.
- Decíme, Julito. Más vale que sea buena.
- Mirá, esa ley no puede salir. Si la llegan a aprobar se incendia el país con ustedes adentro. Si reculan y retiran el proyecto quedarán golpeados; encima ahora ya tiene media sanción, y la gente ve un diputado en la calle y lo caga a palos. Hay que pararla en el Senado, pero de una manera digna y que no te parta el bloque. Sobre todo, que no se pierda la mayoría en el Senado. Tiene que decidir alguno que no sea senador.
- No entiendo.
- Necesitamos llegar a la mitad de los votos y que desempate Cobos como presidente del Senado. Y que vote en contra.
- ¿Vos te volviste loco?
- No. Simplemente no tenemos otra salida. Si hacemos esto, mantenés el bloque unido, seguís siendo el dueño de la mitad de la Cámara, y le podes echar la culpa a otro. Acusalo a Cobos de traidor, bardealo un poco para la gilada. Dentro de tres meses nadie se va a acordar de quiénes votaron a favor de la ley y quiénes en contra. Si se aprueba, ninguno de esos senadores puede volver a su provincia. Si perdemos por goleada, como va a pasar, no llegamos a fin de año. Pero si nuestros senadores tienen la certeza de que aún si votan a favor, la ley no sale, te puedo asegurar que nos acompañan.
- Vos te volviste loco...
- No, Nestor, no nos queda otra. Fijate en el escenario. Aun apretándolos a los senadores no lograremos más que dos o tres votos más. Perdemos por mucho, y Duhalde o el que sea tratará de capitalizarlo. Y a los que apretemos no tendremos forma de mantenerlos adentro. La ley no va a salir, y vamos a perder por todos lados. Lo que te estoy proponiendo es reducir los daños.
- ¿Y después, cómo carajo gobernamos después?
- Retomás la iniciativa, mandás al congreso alguna ley importante mientras la gilada festeja, cambiás el clima, marcás la agenda. Instalás alguna discusión que te ponga por encima de la oposición y te puedo asegurar que levantás un montón de puntos en un par de semanas. La oposición se va a dormir, Nestor. Primerealos con algún proyecto progre de esos que presenta la Carrió. Sueldo básico universal, o el casamiento para los gays, una cosa así. Mientras la oposición sigue aplaudiendo que se cayeron las retenciones, vos ya recuperaste la iniciativa con un proyecto al que nadie se te va a poder oponer, y los llevás de la nariz para donde quieras.
- Vamos a quedar muy golpeados...
- Pero vas a demostrar que sos el único que se puede levantar después de una cosa así. Los vas a sorprender a todos. Estuve viendo cuatro o cinco temas que planteó la oposición y que nosotros hemos cajoneado. Agarrá alguno de esos y llevalo como bandera. En dos meses tenés a todo el mundo hablando del sueldo universal o de lo que puta sea, nadie se va a acordar de la 125.
- ¿Y por qué Cobos?
- Porque no es peronista, porque es un tipo leal y que entiende las jugadas, y que está dispuesto a apagar este incendio. Podes acordar con él, no te va a cagar. Entiende muy bien la situación.
- Pero entonces se va a volver un héroe...
- No creas, es un tipo que no saca los pies del plato. No se va a ir con Magnetto como sí harían la mitad de tus ministros. Si le asignás ese rol, el tipo te va a cumplir. Acordás con él que lo van a putear un poco para los medios, que hará la plancha hasta el fin del mandato, y que no aprovechará la movida que le generen alrededor. Cualquier otro te traicionaría, porque lo van a endiosar. Cobos no.
- Creo que Julio tiene razón, Nestor. Es un poco la historia de Judas, que Jesucristo le pidió que sea él quien lo venda a los romanos. Quedó para la historia como un traidor, pero en realidad ejecutó a la perfección la estrategia de Jesús...
- Chino, ¿desde cuándo un comunista sabe tanto de la Biblia?
Zanini miró a Nestor, bostezó en su cara. Se levantó de la mesa y le ordenó a Alberto Fernández, que esperaba afuera, que llamara a la Presidenta.
- Pero pidió que nadie la moleste...
- Llamala, pelotudo.
Cristina entró demacrada, sumida en una nube de Alplax. Zanini le explicó a grandes rasgos mi plan, ella me preguntó algunos detalles menores, y se retiró a dormir.
- Julito, ¿vos hablás con Cobos? ¿Para cuándo lo podes hablar?
- Llamalo. Que se venga ya mismo.
El vicepresidente comprendió la gravedad de la situación y conocía como nadie la encerrona en que se había metido el gobierno. Cuando le expliqué el plan, y cuál iba a ser su rol, miró desencajado a Kirchner.
- Mire Nestor, usted me está pidiendo que vote en contra del gobierno. No puedo hacer una cosa así.
- No hay otra Julio. Acá tu tocayo es el único que vino con una idea en la mano. No nos queda otra que agarrar viaje. Si no, volamos a la mierda, ¿entendés?
- Pero voy a quedar como un traidor.
- Ya está, doctor. Ya una parte de los radicales lo ve como un traidor. Eso estaba calculado cuando acordamos que iríamos todos juntos, y usted aceptó ese arreglo.
- Sí, pero esto es distinto, me van a matar...
- Julio, no te calentes. Yo te garantizo que no te va a pasar nada. Ni a vos ni a tu familia. Te putearemos para la tribuna porque esto tiene que ser creíble, pero te aseguro que nadie, pero nadie, se va a meter con vos. Vas a llegar al final de tu mandato, vas a conservar todos los cargos que tenés. Lo único que te voy a pedir es que no te subas al carro del hijo de puta de Magnetto, que te va a tratar como si fueras el salvador de la patria.
- Me extraña, Nestor. Sabe que soy leal.
- Sí, por eso te planteo esto que nos propuso Julito Carré. Y te voy a pedir que no seas candidato en el 2011, que ahí se pudre todo. Después, del 2013 en adelante, hacé lo que quieras.
- ¿La doctora sabe?
- Sí, Cristina está al tanto. Y está de acuerdo. Otra cosa, después de la votación te vas de Buenos Aires. Te encerrás en Mendoza hasta que pase la tormenta.
- ¿Y el partido?
- Te van a apoyar. Y vas a ir limpiando tu nombre por si querés ser candidato en el futuro. No antes del 2013. Total, esto de la transversalidad nunca dejó de ser una boludez.
Cobos firmó el acuerdo y salió meditabundo de la residencia presidencial. Conservaría ese cariz durante toda la sesión en el senado, que comenzó al otro día. En esas pocas horas logré convencer, sin dificultad, a diez senadores oficialistas que pensaban votar en contra del proyecto. Todos ellos, sin excepción, llamaron a Cobos para corroborar que el acuerdo era cierto, que había que llegar al empate y que el vicepresidente desempataría.
- Mire que he visto roscas insólitas en el Senado, pero como ésta, ninguna. Si esto sale bien, le van a tener que hacer un monumento, Julio.
Tomé las palabras de Antonio Cafiero como un cumplido. Era el único que conocía parte de la trama, aparte de los directamente implicados. Tuve que contarle para que me ayudara a quebrar la resistencia de un par de senadores. El viejo dirigente seguía siendo un tipo influyente y respetado en el peronismo, pero aún más en el Senado de la Nación. Disfrutamos la sesión compartiendo champagne y sandwiches de miga.
Para cuando Julio César Cleto Cobos, Vicepresidente de la Nación, Presidente del Senado, dijo “mi voto no es positivo, mi voto es negativo”, yo ya estaba borracho y Cafiero se había quedado dormido. Lo despertaron los aplausos y abucheos. Fuimos las únicas personas a las que Cobos recibió en su despacho apenas terminó la sesión.
- Don Julio, usted le acaba de hacer un gran favor al gobierno, y un mayor favor a la patria.
Mi saludo fue más escueto, en parte porque me avergonzaba estar un poco borracho en ese momento. Atiné a decirle que era un tipo leal, y que yo me encargaría de cuidarlo. Se lo notaba verdaderamente apesadumbrado, a pesar de que entendía que le había devuelto la vida a un gobierno que agonizaba prematuramente.
- Tengo que dejarlos, me espera el coche abajo. Me voy a Mendoza.
- Buen viaje, Julio. Sepa que ha hecho lo correcto.
- Eso espero...
Me despedí de Cobos con un apretón de manos exagerado, y de Cafiero con un abrazo cansado. Cuando llegué a casa dormí durante un día y medio. Al despertar, el gobierno había salido de una crisis terminal.
- Julio, me tenés que dar una mano urgente.
- ¿Eh, qué pasó?
- No te puedo explicar por acá. Venite a mi despacho.
- Pero son las once de la noche...
- ¡Venite, carajo, que es grave!
Terminamos en la azotea del Ministerio. La gente de Aníbal acababa de asesinar a tres empresarios de Quilmes vinculados al tráfico de efedrina. La orden era asustarlos para disciplinarlos, pero los matones de Fernández estaban demasiado drogados y terminaron matándolos. Escondieron los cuerpos un par de días en una cámara frigorífica, hasta que se animaron a contarle a su jefe, que los buscaba desesperado para conocer las novedades. Finalmente los cuerpos aparecieron en General Rodríguez, apenas a una media hora del lugar donde los mataron. Se movieron de manera tan torpe que dejaron rastros por todos lados.
Cuando encontramos a los hermanos Lanatta, los asesinos, estaban tan asustados y perdidos que apenas podían balbucear. Me había cruzado con ellos mil veces, en el Ministerio, en la campaña, cuando andábamos por Quilmes, hasta en los asados en la quinta de Aníbal. Me espantó pensar que esos chicos, que me parecían una bandita de inútiles sin destino, podían ser capaces de matar a tres personas como si fueran perros moribundos. La decisión indeciblemente torpe de guardar los cadáveres en una heladera del club evidenciaba el nivel de idiotez de estos muchachos, estragados por la cocaína y la ambición.
- Vamos a tener que entregarlos, Aníbal. Yo me encargo de que no hablen, averiguo sobre sus familias, lo que sea. Les garanticemos que en un año salen y los mandamos lejos. Si no, vamos a tener que boletearlos antes de que salgan de la cárcel.
- ¡Pero son como mi familia, conozco a estos pendejos desde hace años!
- Son ellos o vos. Reducción de daños. Las familias de los pibes muertos no van a levantar la perdiz, estaban los tres completamente sucios. Capaz que hasta los deudos terminan en cana. Pero vos vas a tener que despegarte de todo esto, te salpica muy de cerca.
- ¿Y cómo hago, Julio, cómo mierda hago?
- Busquemos algún cabezón que esté dispuesto a hacerse cargo del tema. Plantamos indicios para armar una causa y me lo llevo a Uruguay, unas semanas encanutado y después a Miami, fuera de circulación por unos años. Esto te va a costar plata, pero necesitamos inventar un sospechoso creíble.
- ¿Quién?
- No sé. Hablo con Corcho que está en el negocio. Alguno vamos a encontrar.
Encontramos a un traficante venido a menos que había tenido negocios con Forza, uno de los muertos. Bastó una reunión breve con este hombre, agobiado por las deudas y la adicción, para que entendiera que no podía negarse a ayudarnos. Mandé a Corcho a acondicionar “El Entrevero”, que no lo había usado nunca en pleno invierno. Acordé con Pérez Corradi, el traficante, que respetaría su vida y la de su familia. Para convencerlo le mostré una buena cantidad de fotos, no todas decentes. También, le aseguré que durante dos años su familia recibiría un sueldo de diez mil pesos por mes, suficiente como para alquilar una casa lejos del conurbano. A Pérez lo tendría durante unos días, acaso una semana, en mi refugio de Uruguay hasta que Aníbal me consiguiera los documentos para enviarlo a Miami.
Allí quedaría en custodia de los mexicanos amigos de Corcho, que le conseguirían algún trabajo legal y lo tendrían monitoreado. No podría volver a Argentina en los próximos ocho o nueve años, hasta que desapareciera el recuerdo del crimen en el que plantaríamos su nombre. Esa misma tarde el hombre hizo un par de bolsos y se despidió de su familia. Corcho lo llevaría a Uruguay, mientras yo me encargaba de explicarles a los fiscales lo que tenían que hacer.
Lo más espeluznante de todo esto es que pude reconstruir la muerte de Ricardo, el “sobrino” de Aníbal. Al chico lo habían detenido en el marco de una causa armada para presionar a la gente de Quilmes. En algún momento los policías que lo investigaban comenzaron a torturarlo para que les dijera quién era el jefe de la organización, para marcarles el territorio. Se les murió en las manos. Tuvieron que fraguar un suicidio, atándolo a una canilla que estaba a unos setenta centímetros del suelo.
El juez comprendió el escenario y se apresuró a declarar que esa muerte, colgarse a menos de un metro del suelo, era caso típico de muerte por mano propia. Lo que yo no había entendido al principio es que los asesinos también eran del entorno de Aníbal, que comprendió tarde que alguien de su confianza estaba tratando de quedarse con su organización.
En esos meses comenzaron a caer de a uno los eslabones de la cadena que podían conectar las piezas del rompecabezas: uno de los chicos que había sido socio de los empresarios muertos apareció “suicidado” arrojándose al vacío desde un noveno piso. El chico quiso esconderse en la casa de sus padres cuando vio que lo esperaban en su departamento, pero cuando llegó a la casa familiar se encontró con tres hombres que lo golpearon durante media hora. Cuando creyó que iban a dejarlo y olvidarse de él, lo tomaron del cuello y lo arrojaron al vacío. Otro de los integrantes fue arrollado por un tren, y ningún investigador se percató de que sus ropas estaban casi intactas.
- Me tiraron tres muertos, Julio...
- Te tiraron más que eso. Si a esos chicos no los mataron los Lanatta, hay alguien que te quiere dar algún mensaje. Alguien que te está pidiendo entrar en algún negocio. Ese alguien está muy cerca tuyo, pero todavía no puedo saber quién es.
- ¿Vos tenés alguna idea?
- No. Pero Corcho me dijo que vio por acá a la gente de Sinaloa. Tienen cocinas de metanfetaminas y necesitan cantidades industriales de efedrina. Me parece que vienen por eso.
- ¿De Sinaloa? ¿Estás seguro?
- Corcho los conoce desde los ´70, eran colegas. Ahora, ¿me querés decir qué hacen los mexicanos acá?
- ¿Cómo mierda querés que sepa?
- No te hagas el boludo conmigo, Aníbal. Vos sos el que maneja todo. Los aeropuertos, el RENAR, la aduana... Pero además explicame cómo todos esos pibes muertos pusieron plata para la campaña de Cristina.
- Mirá, el tema de los mexicanos lo maneja la SIDE, la ex-SIDE. No es tema mío. Y ese tema reporta a Olivos, yo no tengo nada que ver.
- Ahá...
- Me mataron a mi sobrino, pelotudo. Mataron a unos pibes que laburaban para nosotros, me metieron en la mierda hasta el cuello. ¿Vos creés que yo puedo estar metido en eso?
- No, no necesariamente. Pero vos tenés la información que necesitás. Sabés quiénes son y sabés qué quieren.
- Pusieron mucha plata los mexicanos. Mucha plata.
- Cuidate Aníbal.
Volví a casa pensando en que Argentina siempre podía convertirse en algo cada vez más siniestro. Pensé en Robbie, un adolescente expuesto a una infinidad de tentaciones, y con mucha plata en el bolsillo. Pensé en Esperanza, que comenzaba la escuela con una sonrisa enorme todas las mañanas. Pensé en Roxy, como una flor que nació y vivió entre la mierda acumulada de dos países enfermos. Pensé en mí, pero tenía que seguir corriendo hacia adelante.
Aproveché que las fiestas de fin de año se nos vinieron encima como un tren descarriado para adelantar nuestro viaje a Montevideo. Aproveché para hablar muy seriamente con Robbie para plantearle que debíamos irnos de Argentina, que la mierda literalmente estaba siempre por taparnos y que no quería perderlos a manos de ninguno de los grupos mafiosos que se disputaban los territorios a los tiros.
- Pero vos estás en el gobierno, viejo. ¿No podes hacer nada?
No tenía respuestas para una pregunta tan obvia. A Roxy unos pibes desmembrados por el paco le robaron el Palio poco antes de salir de vacaciones, incluso gatillaron un par de veces al aire, lo suficiente como para que mi mujer se tirara al suelo y los escuchara irse con su auto. Resultó fácil convencerla. Sobre todo porque en Montevideo podía encontrar una buena escuela para Esperanza.
Teníamos claro que nuestra vida recluida en Le Parc y Nordelta no nos ponía a salvo de la marea oscura que se acercaba a Argentina.
Robbie dudaba, porque quería comenzar la universidad con sus amigos del colegio. Le costaba entender que aún la gente poderosa era vulnerable. Decidió quedarse en Buenos Aires, viviendo conmigo hasta que yo pudiera alejarme de la política y los negocios con el gobierno. Sergio me prestó el avión de Meldorek para que fuera y viniera a Montevideo todas las semanas, de jueves a martes. Robbie me acompañaba fin de semana de por medio.
Debíamos comenzar la campaña electoral con anticipación, porque después de la payasada de la Resolución 125 que nos había paralizado el país la imagen del gobierno estaba por el suelo. Y nuestros aliados habituales de la oposición se relamían imaginando que podrían mordisquear porciones más interesantes del poder que les prestábamos. Pero no teníamos ningún candidato.
Los que habían sido fieles durante estos seis años tenían cada vez menos votos, los peronistas arrepentidos del Frepaso sabían leer y escribir, pero nadie los tomaba en serio, nuestros socios del conurbano bonaerense tenían los votos pero eran demasiado impresentables. Además, coqueteaban con cualquier otro candidato peronista, en parte para poner huevos en todas las canastas y en parte para extorsionarnos. Los únicos dirigentes propios que tenían intención de voto eran el propio Nestor, el gobernador Scioli y Sergio Massa, que venía de una buena gestión del sistema de jubilaciones. Medimos algunas figuras del espectáculo para ver si podíamos replicar el milagro de Menem, cuando inventó figuras votables del mundo del espectáculo y los deportes como “Palito” Ortega, Carlos Reutemann y el mismo Scioli.
- La única opción que veo es que sean candidatos.
- ¿Candidatos quiénes?
- Ustedes, Nestor. Vos y Daniel, y Sergio Massa.
- No hables huevadas, Julito.
- No hablo huevadas. Van a tener que ser candidatos, son los únicos que garantizan encolumnar a los intendentes y que no se vayan con De Narváez.
- Pero eso es poco serio, mirá si Daniel o Sergito van a dejar la provincia o el municipio.
- Pero después si quieren no asumen. Siguen en sus puestos y listo, ¿quién les va a venir a reclamar nada?
- ¿Pero eso se puede? Nadie se lo va a bancar.
- Claro que se puede, anoche estuve con el Chino estudiando la ley electoral y el reglamento del Congreso, no hay ningún impedimento legal. Después, la oposición va a patalear, pero más que nada porque les sacás el dulce de leche. Pensá nomás en que el colombiano pensaba quedarse con todo, y que Moreau le anda rondando para ir juntos. Si vos te presentas los dejás con las manos vacías. Los recontra cagás, Nestor.
- Pero la gente no se lo va a bancar.
- Y a vos te chupa un huevo, cuando hagamos un par de buenas movidas nadie se va a acordar. Y de paso vas vos al Congreso a marcar la cancha. Eso es inédito en la política argentina. Vos vas a ser el referente en el Congreso, para apuntalar desde ahí a Cristina. ¿Vos creés que con vos en una banca alguien se va a animar a sacar los pies del plato?
- ¿Y Daniel?
- Daniel no asume, renuncia a la diputación antes de asumir y sigue en la gobernación de la provincia. Y que les tiren los perros, nadie puede hacer nada.
- ¿Y vos decís que eso va a funcionar?
- Depende de para qué. No creo que ganemos las elecciones, pero podemos quedar muy cerca y con capacidad de reacción para sorprender a todo el mundo. Si no, estamos al horno. ¿Querés la listita de intendentes del conurbano que cerraron con el colombiano y con Macri? Si me preguntás, hasta Daniel está en eso.
- Ese manco hijo de puta...
- ...pero si sos candidato y le pedís que sea tu número dos, no va a poder decirte que no. Y sumás todo lo que él sume, que no es poco. Y partís al medio al colombiano y a Magnetto que le está dando rosca por detrás.
Nestor se quedó pensativo, sopesando la jugada. Lo motivaba más el daño que pudiera causarles a Scioli y a Magnetto, que la propia posibilidad de la victoria, improbable aún para los más fanáticos. La idea de encolumnar la tropa por la razón o por la fuerza era una tentación demasiado importante, especialmente si la encolumnaba por la fuerza. Del menú de opciones que le ofrecí para diluir el impacto de De Narváez prefirió, con sadismo torpe, la de vincularlo al tráfico de efedrina. Es cierto que no estaba completamente al margen de ese negocio, pero no dejaba de ser un jugador menor en un mercado que manejaba Aníbal.
El primer paso se cumplió con rigurosidad: no habían terminado los calores del verano cuando comenzó a difundirse que el colombiano estaba siendo investigado por la Aduana por su conexión con el tráfico de efedrina.
En realidad la operación fue burda y simple, pero efectiva: manipulamos desde la SIDE uno de los casi dos mil teléfonos que pertenecían a De Narváez para conectarlo con un viejo conocido de los tribunales bonaerenses, un contrabandista de bajo nivel de apellido Segovia. El teléfono era usado por un peón de un campo del colombiano, que nunca logró entender cómo habían aparecido llamadas hechas a un tipo que él no conocía. El peón vivió unos meses de zozobra, acechado por los tiburones bonaerenses que reportaban a nosotros o a su jefe.
El colombiano era un hombre previsor, que había comprado una red de medios de prensa apenas comenzó su carrera política en 2005. En aquél momento fue candidato de Duhalde, pero oscilaría durante todo su mandato entre las distintas versiones del peronismo. En realidad era uno entre tantos que había llegado a la política para hacer negocios, sólo que, tal como Macri, eran de los pocos que podían jactarse de haber sido empresarios millonarios desde antes de llegar a un cargo público.
Sin embargo, a medida que pasaba el tiempo De Narváez continuaba creciendo en las encuestas y nuestras candidaturas “testimoniales” no dejaban de sumar rechazos. Frenéticos, lo único que podíamos hacer era adelantar las elecciones, porque si esperábamos hasta octubre no sólo saldríamos terceros sino que perderíamos el control de ambas cámaras. Cristina sería un pato rengo con un triste final.
Esta vez no hizo falta mucho para convencer a Nestor, que terminó ordenando el adelantamiento de las elecciones para disgusto de Cristina. Otra vez el hombre clave para convencer a la presidenta fue el Chino Zanini, la única persona de la mesa chica de Nestor a la que Cristina escuchaba, después de que Alberto Fernández saliera eyectado con la crisis del campo. La discusión terminó con Nestor a los gritos, hasta que el Chino le apoyó una mano en el hombro a la presidenta y le habló con voz suave.
- Cristina, Nestor tiene razón, no hay forma de repuntar. Si perdemos el Congreso no llegamos al 2011, vamos todos en cana. Olvidate de la calidad institucional y esas boludeces. Vamos en cana, Cristina.
Las elecciones fueron trajinadas por impugnaciones cruzadas a los candidatos y con una campaña inusual en pleno otoño. Correspondiendo al clima otoñal conseguimos un resultado pálido, perdiendo la elección por muy pocos votos. Francisco De Narváez había ganado, confirmando que Duhalde seguía activo y con posibilidades de hacernos daño. En términos nacionales, al menos podíamos decir que habíamos ganado las elecciones por un manojo de votos, pero era bien claro que tendríamos dos años de mucho trabajo para reconstruir lo perdido. Esta vez no tuve que correr por cada provincia repartiendo cheques, porque me asignaron a la provincia de Buenos Aires.
La reacción fue rápida, tal como estaba previsto. A las pocas semanas de las elecciones presentamos un proyecto de ley para controlar los monopolios mediáticos. Con la excusa de impedir la concentración de medios en manos de grupos empresarios comenzamos una guerra de zapa contra Magnetto para despojarlo legalmente de lo que Nestor había intentado obtener por la fuerza: la ley ordenaba que si una empresa tenía canales de aire, no podía tener canales de cable, o radios. Hasta ese momento sólo el Grupo Clarín tenía esa concentración, pero en adelante lograríamos consolidar grupos amigos, como el de “Chupete” Manzano y Daniel Vila.
Necesitábamos recuperar algo de aire, y propuse armar un simulacro de debate para que todo el mundo dijera algo sobre la ley. Que tomáramos en serio esos aportes era otra cosa. Por lo tanto, cuando terminó ese circo republicano y deliberativo, al proyecto de ley no le tocamos una coma. El único punto que generó algunas dudas fue que permitiríamos que Telefónica siguiera siendo dueña de canales de televisión por cable, pero eso fue un negocio de Nestor que no podíamos tocar.
Al mismo tiempo comenzamos a impulsar un viejo proyecto de Elisa Carrió que aseguraba un ingreso universal que fuera reemplazando a los planes asistenciales. La agitación por este tema determinó que Carrió insistiera en sus proyectos, pero decidimos sacar el tema del Congreso y presentarlo por decreto para concentrar el mérito en la presidenta y explotar el impacto político.
Con las dos medidas ganamos el aplauso tibio de parte de la progresía argentina, que necesitaba desesperadamente creer en cualquier cosa que le sacudiera la frustración perenne. En el Congreso la oposición logró unirse para tratar de imponer algunos temas en la agenda y quedarse con la presidencia de las comisiones, pero sus propias desinteligencias terminaron por desmembrar ese acuerdo incipiente y torpe. Ni siquiera tuvimos que operar fuerte, más allá de entregarle un par de valijas a un puñado de diputados.
El 25 de octubre era el día en que Cristina había fijado originalmente las elecciones, y al que hubiéramos llegado completamente derrotados si no las adelantaba y si el mismo Nestor no se ponía al frente de la lista junto a Daniel Scioli y Sergio Massa. Ese día Cristina había recuperado casi la totalidad de la imagen positiva que tenía cuando llegó a la presidencia.
- Creo que no nos fue nada mal con mis consejos, ¿no?
- Sos un hinchapelotas, Julito, pero tengo que reconocer que tuviste razón. Si le daba bola a estos dos pelotudos ahora estábamos bajo tierra...
Los pelotudos eran Aníbal Fernández y Daniel Scioli, que tragaron saliva por separado y sonrieron al unísono. Ambos se habían opuesto al adelantamiento de las elecciones y a las candidaturas testimoniales, que aceptaron muy a regañadientes.
Ese mismo día volví con Robbie a Montevideo, después de varias semanas sin poder ir. Me encontré con Roxy hecha una furia, porque casi no había estado disponible para ella en varios meses. En sus planteos resonaba el eco de los reclamos que me había hecho a principio de los noventa, cuando me dejó y se fue a Miami: entendí que estábamos acercándonos de nuevo a ese campo árido del abandono mutuo. Ya había atravesado ese infierno y no quería hacerlo de nuevo. Pero tenía claro que si quería una vida normal debía olvidarme de la política, esa infernal carrera hacia adelante en la que nunca había podido detenerme a pensar si realmente quería seguir en ella.
Yo ya estaba agotado, el poder me interesaba cada vez menos porque ya no lo necesitaba para sobrevivir. Confiaba en que viviendo como un empresario legal en Uruguay podría alejarme de todo y disfrutar a mi familia y el dinero que había acumulado, mucho más que lo que jamás había soñado. Dediqué esos últimos meses a organizar mis negocios para quedarme en Montevideo todo lo que pudiera.
Deslindé en Corcho todos los negocios que pudieran comprometerme, porque los negocios inmobiliarios eran lo suficientemente rentables como para garantizar unos ingresos generosos para mi familia y para invertir también en Uruguay. Robbie nunca abandonó el negocio de ropa para bebés, y lo hizo crecer tanto que comenzó a pensar también en abrir otro local en Montevideo.
Nos tomamos un buen tiempo antes de volver a Buenos Aires con Robbie. El 2010 se presentaba sin mayores dificultades, y el hecho de que no fuera un año electoral me permitiría comenzar a retirarme sin demasiados sobresaltos.
Pero el destino no me lo haría tan fácil, porque Nestor fue elegido presidente de UNASUR y tuvimos que sortear la oposición del gobierno uruguayo. Tabaré Vázquez rechazaba a Kirchner porque éste había apoyado a los ambientalistas que bloqueaban un puente sobre el río Uruguay. Durante esos primeros meses del año tuve que dedicarme a atender una compleja red de negocios, acuerdos políticos e institucionales entre los dos países, para lograr lo que Nestor quería. Finalmente la asunción de Pepe Mujica resolvió todo, porque apoyó la candidatura de Kirchner y terminó el conflicto. Al menos en ese tiempo la mayoría de las gestiones eran en Montevideo, y hasta podía ir y volver caminando a mi casa.
El problema es que Nestor no quería dejarme ir. Yo le había resuelto varios problemas que su gente de confianza no había podido resolver. Por otra parte yo no confiaba en los ministros ni en la mesa chica de los Kirchner, ese curioso ensamble entre duhaldistas arrepentidos y santacruceños por adopción. La convivencia “cama adentro” sería imposible, y tampoco podía exponerme como una persona pública. Esperé a que se instalara en Uruguay para asumir en el Parlasur, antes de insistir en mi apartamiento. Pero fue en vano.
Ese invierno se profundizaron los conflictos con Hugo Moyano, a quien habíamos convertido en el gremialista de Estado que nos permitía contener los sindicatos y presionar a los empresarios. Pero Moyano nos presionaba también a nosotros. Alguien lo había persuadido de que podía llegar a ser candidato a algo, y hasta se había ilusionado con alguna candidatura en las elecciones pasadas. Incluso planteaba que si en Brasil había un presidente sindicalista, también podía haber uno en Argentina. Ese delirio solamente buscaba desafiar la conducción de Kirchner sobre el peronismo.
Como parte de ese delirio había llegado a apersonarse en la casa de los Kirchner en El Calafate, interrumpiendo una cena a los gritos para exigir negocios y espacios de poder. Su irrupción evidenció que la seguridad presidencial era absolutamente permeable, y para cuando los guardias pudieron reducirlo y enviarlo de nuevo a Buenos Aires ya había generado un daño en la imagen de la pareja que podía ser incalculable. La única manera de detenerlo era demostrando que alguien tenía más fuerza que él: sus reflejos de gremialista le indicarían que debía aliviar su embestida, y sus recuerdos de camionero le indicarían que estaba por quedarse sin frenos.
- Negro, te lo voy a decir una sola vez. Acá lo tengo a tu hijo en un sótano, a Facundo. Si no te dejás de romper las bolas, y si no te olvidás para siempre de lo que acabás de hacer en Santa Cruz, te juro que lo vas a tener que ir a buscar al Riachuelo.
- ¿Qué mierda estás haciendo? ¿Qué te metés con mi hijo?
- Sé muy bien lo que estoy haciendo, y vos también lo sabés. Ahora te vas a ir a tu casa, te vas a encerrar por 48 horas, no vas a atender ningún llamado ni vas a llamar a nadie, y si hacés lo que te digo, en 49 horas Facundo aparece. Vivo.
- ¿Pero vos te creés que me podes apretar a mí? ¿Vos sabés con quien te metiste, hijo de puta?
- Sé muy bien con quién me metí. Te acabo de mandar una foto de Facundo, que está acá escuchando la conversación. La pistola que tiene apoyada en la cabeza es la mía. Y la va a tener ahí solamente por 49 horas si hacés todo bien. Si no, todo esto va a durar mucho menos. Y lo vas a tener que ir a buscar con un traje de madera. En este momento está yendo mi gente a buscar a tu mujer, a ver si te ayuda a entrar en razón.
- ¡Con la Gringa no, eh! ¡Con la Gringa no!
- Negro, me decepcionás. Estás dispuesto a que le desparrame los sesos a tu hijo pero te ponés loco si menciono a tu mujer... eso no es de buen peronista. Lo lamento mucho por Facu que tiene que escuchar todo esto.
Cinco minutos más tarde Moyano estaba en su casa, enclaustrado, tratando de salir del atolladero en el que se había metido. Tuvo que retroceder y mantenerse callado. Largué a Facundo solamente porque me conmovió la desesperación primero, la decepción después y finalmente el asco que vi en sus ojos. El chico no era un monje, pero mantenía una fibra humana que yo acababa de destruir enrostrándole la miseria de su padre, que no dudó en transarlo por su mujer. Ya no podía soportar estas cosas. Tenía que alejarme.
- Vos no te vas a ningún lado, Julito. Te necesito conmigo. Y me importa un carajo eso que me decís.
- No te vengo a pedir permiso. Vengo a informarte que me voy. Se terminó para mí.
- Vos no entendés nada. Si yo quiero te meto en cana a vos y a tu pendejo. Y te voy a buscar a Montevideo o a la China. No te estoy pidiendo que te quedes. Te lo estoy ordenando.
La salud de Nestor estaba comprometida por sus problemas cardíacos. Su dormitorio era una unidad coronaria sofisticada y rondaban por la casa de Calafate una docena de médicos y enfermeras. Le habían ordenado no ofuscarse porque nunca había terminado de recuperarse de la última operación del corazón. Hice un intento más.
- Nestor, a mí nadie me presiona. Ni vos ni nadie. Yo sobreviví a los milicos cuando vos brindabas con ellos. Cuando vos te llenabas de guita con la 1050, yo estaba secuestrado en la “pecera” de la ESMA. Yo transité todos los campos minados. Hice cosas que nadie se animó a hacer. Te serví lealmente. Te salvé las papas, a vos y a Cristina. Ya no puedo más, no puedo garantizarte que las cosas me saldrán siempre bien. Lo que pasó con el chico de Moyano me puso muy al borde del desastre. Vos no estuviste ahí, siempre tuviste alguien que meta las patas en el barro por vos.
- ¿Ves esta carpeta? Acá tengo información tuya, de tu mujer, de tu suegro y hasta del chico tuyo. ¿Sabías que se droga? ¡Mirá que puede caer en cana el chico tuyo!
El primer golpe fue directo al pómulo y lo tiró al suelo. Como en un loop del destino, me di cuenta de que estaba por pegarle una trompada cuando ya le había pegado. Intentó levantarse, más perplejo que dolorido. Tres patadas en el estómago lo detuvieron. La cuarta, más fuerte, fue en el pecho. Cayó de espaldas con los ojos desorbitados, intentando tomar aire, agitando los brazos en vano. Cuando se quedó quieto comenzó a formarse una mancha de orina en su pantalón de franela. Yo levanté la carpeta, que efectivamente tenía información sobre mi familia y sobre mí, y salí de la habitación. Nadie entraría en esa oficina hasta que el mismo Nestor diera por terminada la reunión. Saludé a Lázaro Báez, que jugaba al truco con Cristina en el living.
- ¿Y? ¿Me vas a vender “El Entrevero”, o no?
- Creo que sí, Lázaro. Ya no creo que me sirva más esa casa.
En el camino al aeródromo me crucé con la primera ambulancia que iba a la casa de los Kirchner. Subí al avión de Meldorek y cuatro horas más tarde estaba aterrizando en San Fernando. Corrí a casa, busqué más documentación y fui a esconder todo al monoambiente de Belgrano. Cuando Robbie llegó de la facultad lo esperé con su bolso listo.
- Nos vamos a Montevideo ya mismo. Te cuento en el camino.
Mientras íbamos a San Fernando a tomar el avión que nos esperaba, comenzaba a moverse una marea humana que reptaba hacia la Casa de Gobierno. Caía la tarde del miércoles, y había banderitas por todos lados.